Los límites y los logros de Evo

(Columna de Tomás Múgica)

Los triunfos y la popularidad del Presidente incentivaron las tendencias hegemónicas, que ahora han encontrado un límite.

El referéndum constitucional mediante el cual el presidente de Bolivia, Evo Morales, buscaba la posibilidad de una nueva reelección terminó en derrota para el oficialismo, la primera desde que Evo accedió al poder en 2006. De acuerdo a las cifras oficiales, el NO obtuvo el 52,6% frente al 47,3% del SI, con una participación del 87%. El Gobierno fue derrotado en 6 de los 9 departamentos.

El resultado ciertamente expresa un desgaste de la gestión de Evo, reelecto en 2010 y 2014. Las acusaciones de corrupción dirigidas a su gestión han sido parte importante de esa declinación. Recientemente, el Presidente se vio afectado de manera personal por una acusación de tráfico de influencias que involucra a Gabriela Zapata,una antigua pareja de él,con quien tuvo un hijo. Zapata es la actual gerenta de la compañía china CAMCE, que habría sido favorecida para conseguir importantes contratos estatales. A ello se suma la muerte de seis personas en la represión de una protesta frente al municipio de El Alto, tradicional bastión oficialista.

Al mismo tiempo, sin embargo, si adoptamos una mirada que trascienda la coyuntura, el resultado de la consulta muestra el alto nivel de apoyo que conserva el antiguo líder cocalero, después de diez años de gestión. Ello no debería resultar extraño: los años de Evo han estado marcados por la estabilidad política, el crecimiento económico y una significativa reducción de la pobreza, tres logros que Bolivia no obtenía desde hace mucho tiempo. Menos aún de manera simultánea y en un contexto democrático. A lo cual se suma la fuerte carga simbólica de ser el primer Presidente de origen indígena de un país en donde la mayoría se considera indígena. Sería raro que en esas condiciones Morales no continuara en el Gobierno y conservara un importante nivel de popularidad. Su derrota marca un límite a sus aspiraciones personales y tal vez a la posibilidad de consolidar un sistema de partido dominante en Bolivia. Pero también muestra la medida en que su Gobierno ha reconfigurado el mapa político de ese país.

Al igual que otros gobiernos de la región, Morales utilizó la renta de los recursos naturales –fundamentalmente, el gas– para consolidar su base de apoyo, traduciendo recursos econó- micos en poder político.El primer paso –decisivo y fundante– de su gestión fue la nacionalización de los hidrocarburos en torno a la refundada empresa estatalYPFB (Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos). La medida, que originó roces diplomáticos con España y Brasil, por los intereses de REPSOL y Petrobras en el sector energético boliviano, permitió al Gobierno y su partido MAS (Movimiento al Socialismo) contar con los recursos indispensables para darle realidad a su discurso.

Favorecido por el ciclo de auge de los commodities a nivel mundial, y políticas macroeconómicas prudentes, Bolivia se encaminó a un ciclo de fuerte crecimiento económico a un ritmo aproximado del 5% anual. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, entre 2005 y 2015 su PBI pasó de US$ 9.574 millones a US$ 33.765 millones, mientras que el PBI per cá- pita creció de US$ 1.137 a US$ 3.122. Aunque golpeada por la caída en el precio del petró- leo, al cual va atado el precio del gas, se espera que la economía boliviana crezca este año 4,4% de acuerdo a la CEPAL.

Gran parte de los recursos captados por el Estado se utilizaron en programas de transferencias de ingresos y subsidios a los sectores más vulnerables y en una fuerte expansión de la inversión pública. La “Renta Dignidad”, una pensión no contributiva para mayores de 60 años y el “Bono Juancito Pinto”, dirigido a los estudiantes, son ejemplos de políticas de inclusión inéditas en el contexto boliviano, que han contribuido a generar un piso de ingresos para los sectores más vulnerables de la población. A ello se suman los subsidios, como la “Tarifa Dignidad” para los más pobres en la energía, el agua potable y el transporte y un crecimiento notable de la inversión estatal en caminos, vivienda y otras obras de infraestructura bá- sica. Estos programas, en un marco de crecimiento económico y expansión del empleo, han contribuido a mejorar significativamente las condiciones sociales: la pobreza extrema cayó del 38% al 17% y la no extrema bajó del 63% al 45% desde 2002 hasta 2014, ampliando la antes escuálida clase media boliviana.

El éxito económico y las mejoras en las condiciones materiales de las mayorías cimentaron un fuerte cambio político. Morales fue capaz de desplazar a las élites políticas tradicionales, cuya legitimidad estaba seriamente cuestionada, como había quedado de manifiesto en el final anticipado de las presidencias de Gonzalo Sánchez de Lozada (2002-2003) y Carlos Mesa (2003-2005). En su lugar, a partir de un conjunto de movimientos sociales, tradicionalmente fuertes en Bolivia, Evo consolidó el MAS, fuerza sobre la que ejerce un liderazgo indiscutido y centralizado y poco abierto a las disidencias, secundado por su vicepresidente Alvaro García Linera y un reducido conjunto de dirigentes.Elección tras elección, Evo fue consolidando su poder, hasta obtener el 61% de los votos en la elección del 2014, venciendo en 8 de los 9 departamentos incluyendo la antes adversa Santa Cruz.

Frente a ese panorama, la oposición no ha logrado articular una propuesta viable. Se encuentra dispersa entre diferentes fuerzas y liderazgos, algunos de ellos una clara expresión de la “vieja” (es decir pre-Evo) Bolivia, como el ex presidente Jorge “Tuto” Quiroga. Tampoco el empresario y dos veces candidato presidencial Samuel Doria Medina y el gobernador de Santa Cruz de la Sierra y dirigente agropecuario, Rubén Costas, han logrado instalarse como una alternativa a Morales.

Los triunfos electorales y la popularidad del Presidente incentivaron las tendencias hegemónicas –empezando por el deseo de perpetuarse en el poder- que ahora han encontrado un límite. Pero también es cierto que los logros sociales han dotado de mayor legitimidad al régimen político. Según el Latinobarometro, el apoyo a la democracia en Bolivia se ha estabilizado en torno al 60%, por encima del promedio de la región. El Gobierno de Evo ha dotado a la democracia boliviana, hasta entonces una fachada para la dominación de una elite minúscula, de un renovado apoyo popular.

El desafío de la democracia boliviana consiste en todo caso en realizar una sucesión ordenada y avanzar en la dirección de un mayor pluralismo y un ejercicio más limitado del poder, pero sin retroceder en los logros obtenidos. Faltan casi cuatro años de mandato, pero podemos afirmar que Evo Morales ha logrado reconfigurar el tablero político y económico de Bolivia. En adelante, nada será igual: aunque todavía muy pobre e injusta, Bolivia es más rica y más justa que lo que era antes de llegada de Evo al poder. Bolivia es, sobre todo, una sociedad en la cual las grandes mayorías se han sentido, por primera vez en mucho tiempo, escuchadas. El que suceda a Evo deberá tenerlo en cuenta.

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