¿Una remake de la resistencia peronista?

(Columna de Gonzalo Sarasqueta)

Fiel a su maña retrospectiva, el kirchnerismo echó mano –una vez más– al bolsón de la historia.

Uno de los emblemas de la resistencia peronista (1955-1973), John William Cooke, decía con cierto tono épico que “una revolución requiere partido revolucionario, jefes revolucionarios y mito revolucionario, por un lado, y la ocasión, por el otro”. La frase aguda, precisa y certera del intelectual justicialista sirve de disparador para analizar el constructo simbólico, “la resistencia”, que está erigiendo el kirchnerismo para atravesar estos años de sequía (relativa). No tanto por la veta maximalista ni por los dos primeros elementos –partido y jefe revolucionarios–, sino por los dos últimos: el mito y la ocasión. Ambos son piezas fundamentales para decodificar el presente del FpV.

El kirchnerismo ha tenido un vínculo especial con el pasado. En él ha visualizado algo más que una sustancia irreversible, una materia sensible a la resignificación o una sede de la nostalgia. En él ha encontrado una fuente inagotable de recursos simbólicos y materiales para proyectarse en el presente. Una cadena de subjetividades, valores, rituales e imaginaros para interpelar. Un repertorio de contextos históricos listos para ser extrapolados al presente e inclinar el tablero político a su favor.

Y sobre este último punto vale la pena detenerse. Después del (ajustado) traspié electoral, muchos opositores y aliados circunstanciales se esperanzaron con un repliegue del kirchnerismo. Pensaron que Cristina, La Cámpora y el resto de la mesa chica del movimiento iban a disolverse en el peronismo. Es decir, a licuar su identidad en la siguiente versión del justicialismo. Desde allí adentro sobrevivirían “al llano”, esperando que algún dirigente emergente y piadoso les brindara refugio. Ilusionismo puro y duro.

Fiel a su maña retrospectiva, el kirchnerismo echó mano –una vez más– al bolsón de la Historia. Repasó la cronología peronista, husmeó en sus páginas más sufridas y encontró material de sobra en esos 18 años de exilio, proscripción, persecución y fusilamientos, que la historiografía peronista recuerda como “la resistencia”. De ahí extrajo los márgenes para redefinir su presente. De ahí obtuvo la fórmula semiótica para martirizarse e intentar ser algo más que un simple perdedor del juego democrático. De ahí generó la centralidad que las urnas le habían negado.

Queda claro: el kirchnerismo mantiene intacto el principio de iniciativa que lo caracterizó durante estos doce años. La única diferencia es que ahora no cuenta con el músculo estatal. No es un detalle menor, porque el kirchnerismo nació como fuerza política en las entrañas del Estado. Dentro su andamiaje institucional cobró forma, volumen y potencia. Desde la intimidad del poder estructuró su red de alianzas, su estrategia discursiva y su lógica polarizante. Ahora, sin los recursos estatales, cambia el mapa de relaciones. Hay nuevos amigos. Y también enemigos. Dos ejemplos notables: la solidaridad de fuerzas de izquierda, como el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), en el reclamo por Milagro Sala y, en sentido contrario, la fractura expuesta del peronismo, que promete un nuevo contingente de contrincantes.

Pero volviendo a la remake de la resistencia peronista: el kirchnerismo ya creó su ocasión. ¿Cuál es el guión? Sencillo y al pie: “La fuerza popular combate desde la soledad de la oposición, sin más armas que sus convicciones y el sudor de su militancia, a un gobierno reaccionario, autoritario y enemigo de los intereses de la mayoría”. La piedra basal de este encuadre es la adversidad, la condición sine qua non para que se produzca el regreso a Balcarce 50 en un futuro. Sin sufrimiento, no hay redención. No hay motivos para salvar al pueblo. Siempre debe haber un desafío, un obstáculo, un reto. Una excusa que le inyecte suspenso al relato.

Y, justamente, esa incertidumbre es una de las distancias abismales entre el marco histórico de la resistencia peronista y el de la resistencia kirchnerista. El proceso de “desperonización” llevado a cabo por la autodenominada Revolución Libertadora implicaba la disolución del Partido Justicialista (decreto 3855), la inhibición de todos sus miembros para ocupar cargos en la Administración Pública (decreto 4.258) y la prohibición de sus símbolos partidarios y de mencionar públicamente los nombres de Perón y Evita (decreto 4.161). Tres leyes netamente represivas de una dictadura militar que ponía en jaque la subsistencia del peronismo. Nadie sabía, en ese momento, el final de la película. La trama era poderosa porque el miedo era real, concreto, evidente. Sustancial diferencia con el kirchnerismo, que está inserto en un escenario democrático donde rige, con sus respectivas sombras, el Estado de Derecho. Llegar con chances a la próxima cita electoral es una responsabilidad exclusiva del FpV. De nadie más.

Faltaría tejer el mito. Y en esto, por lo visto, Cambiemos está dispuesto a tenderle una mano al kirchnerismo. Los despidos masivos en el Estado (la limpieza de la “grasa militante”, según Alfonso Prat-Gay), el encarcelamiento de Milagro Sala, el silenciamiento de voces fieles al imaginario K y la intervención de la AFSCA y la AFTIC, entre otros atropellos, le están dando letra de sobra al kirchnerismo para escribir su epopeya. Son acciones funcionales a su proceso de mitificación. Operan como refuerzo del puente alegórico que intenta establecer el kirchnerismo con la resistencia peronista original. Le dan una base empírica al relato, que adquiere –paulatinamente– materialidad, credibilidad y veracidad.

La originalidad (o contemporaneidad) que aporta el kirchnerismo es la ocupación de las plazas como ícono de resistencia. En la Argentina, la plaza –enclave de la política espontánea, visceral y popular– es un instrumento angular en la disputa por el poder simbólico y material. Es una institución más en el juego democrático. Tener la plaza es tener las cuerdas vocales del pueblo, las riendas de “la calle”. La plaza otorga una legitimidad que ningún procedimiento formal (elecciones) o cuerpo legal (Constitución) puede brindar.

El kirchnerismo apuesta a mantener viva la llama mediante este tipo de representación informal. La plaza será su trampolín. Viene fácil el asunto: tanto Cambiemos como el peronismo republicano –encarnado en Sergio Massa y Juan M. Urtubey– descreen que, en esos circuitos, fluya algún germen de poder. Por ende, no presentan batalla en dichas latitudes. Consideran que son herejías de una minoría. Pataleos innecesarios. Artificios populistas. Como las batallas culturales. Como los mitos. Como la resistencia. El tiempo tiene la última palabra.

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