Cuando el peronismo volvió a ser mayoría

(Publicado en la edición nº36)

Luego de las derrotas sufridas en 1983 y 1985, el peronismo, de la mano de la renovación, derrota a los candidatos de un gobierno que enfrentaba dificultades.

Las elecciones de 1987 serán recordadas como aquellas en las cuales el peronismo retomó su condición de partido mayoritario luego de las derrotas de 1983 y 1985 y conservaría esa posición en los 24 años siguientes con excepción de un breve interregno entre 1999 y 2001. También recuperaría la gobernación de la provincia de Buenos Aires, que conserva desde entonces.

Si bien el segundo semestre de 1985 y 1986 había sido el mejor tiempo del alfonsinismo, a comienzos de 1987 comenzaron a observarse algunos signos de agotamiento. A principios de ese año se le incorporan más cambios al Plan Austral y el Gobierno produce un cambio significativo en su estrategia política al acercarse al sindicalismo tradicional.

La designación del dirigente gremial del llamado Grupo de los 15 Carlos Alderete al
frente del Ministerio de Trabajo, no fue una decisión fácil de aceptar para la coalición social que había llevado a Raúl Alfonsín al Gobierno. Precisamente uno de los puntos más altos de su campaña electoral había sido la denuncia del pacto militar-sindical y luego, a poco de asumir, envió la ley de reordenamiento gremial, que fue aprobada en Diputados pero rechazada en el Senado, y obligó al Gobierno a modificar su estrategia.

Al designar a Alderete, Alfonsín procuró cerrar el frente de conflicto que tenía abierto con buena parte del movimiento obrero que ya había convocado a varios paros generales contra su política económica.

A su vez, el Presidente desconfiaba de la capacidad del peronismo para sostener el proceso democrático y creía que habría un sistema político más estable si existiesen dos grandes corrientes: una popular y la otra conservadora. Alfonsín aspiraba a que la primera la liderase el radicalismo, pero era consciente que necesitaba allí la presencia de trabajadores.

Mientras que otros sectores del peronismo con fuerte inserción en las provincias irían a engrosar una alternativa conservadora. Poco tiempo después de la incorporación de Alderete, se produjo la crisis militar de Semana Santa, que dejó un saldo favorable para el país en el largo plazo (por el masivo respaldo a la democracia) pero negativo para el Gobierno en el corto. Su secuela fue la ley de Obediencia Debida, que molestó a muchos; a unos por considerarla una claudicación, a otros porque la vieron innecesariamente tardía.

Hacia mayo de 1987 la situación política y económica no era cómoda para las pretensiones electorales del oficialismo y comenzaba a percibirse una demanda de cambio en la orientación política del país. De todas maneras, entre las principales
figuras del radicalismo –basándose en el éxito obtenido en las dos elecciones anteriores– existía la convicción de que se podía revertir la situación.

Otro dato que influyó en las estrategias políticas fue la necesidad de adelantar las elecciones. Por una disposición constitucional, la provincia de Santa Fe no podía elegir sus autoridades más allá del 6 de septiembre. Frente a esa situación, el Gobierno nacional realizó una consulta con los partidos y se acordó unificar la fecha de las elecciones en todo el país manteniendo lo que hasta entonces había sido la tradición argentina.

LA OPOSICION

Mientras tanto, en el peronismo ya se había consolidado el dominio de la renovación que había comenzado dos años antes. En casi todas las provincias los candidatos a gobernador respondían a la nueva línea mayoritaria del partido.

Con resultados más o menos previsibles en muchas provincias, la gran incógnita era lo que sucedería en la provincia de Buenos Aires, que se convirtió en la elección clave para determinar el rumbo del proceso político. Inicialmente, la competencia entre Antonio Cafiero, y Juan Manuel Casella parecía muy pareja, pero a medida que se acercaban las elecciones se fue haciendo evidente que se estaba consolidando un deseo de cambio en la sociedad.

Eso, plasmó en las urnas y Cafiero obtuvo 46% de los votos, y Casella el 39. A su vez, ganó la gran mayoría de las gobernaciones. En las elecciones de legisladores, en el total nacional el PJ se recuperó de las derrotas sufridas en 1983 y 1985 y cosechó el 41% de los votos contra el 37% de la UCR. Si bien el resultado era previsible, el Gobierno sintió el golpe. Hubo, incluso, sectores minoritarios del oficialismo que plantearon la conveniencia de anticipar las elecciones presidenciales previstas para 1989.

Pero aunque ese tipo de propuestas no tuvieron eco, sí hubo conciencia de que cualquier proyecto de reforma constitucional que habilitase la reelección de Alfonsín, que todavía algunos alentaban, había quedado totalmente descartado el 6 de septiembre. Lo mismo podía decirse de aquellas iniciativas que apuntaban a reconfigurar el mapa político argentino.

Alfonsín decidió producir varios cambios en su gabinete para enfrentar una nueva etapa e intentar recuperar la iniciativa mientras que en el radicalismo se instaló el debate sobre las causas de la derrota. Para unos, fue producto del deterioro de las condiciones económicas (la tasa de inflación se había duplicado con relación a la año anterior), mientras que para otros, la explicación debía buscarse en algunas iniciativas políticas que no habían sido aceptadas por los sectores sociales que le habían permitido ganar las dos elecciones anteriores.

El gobernador reelecto de Córdoba, Eduardo Angeloz, uno de los pocos radicales
que no había sido derrotado, fue visto, rápidamente, como el único candidato presidencial que podía tener el partido. El peronismo comenzó a prepararse para
volver al poder pero no lo haría de la mano del gran triunfador del 6 de septiembre, que fue Antonio Cafiero, sino de la de Carlos Menem, que se convirtió así en el principal heredero de las elecciones de 1987.

En la madrugada del 7 de septiembre de 1987, la ciudad de Buenos Aires apareció empapelada con afiches con la cara del gobernador de La Rioja y la leyenda “Ahora Menem”. En ese momento fue considerado un oportunismo simpático y transgresor. Menos de dos años después, se comprobó que fue mucho más que eso.

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