Ciudad de pobres corazones

(Publicado en la edición nº36)

Filmus tiene motivos para celebrar esta pequeña epopeya de su derrota victoriosa.

Daniel Filmus inauguró y cerró en cuatro años el sueño de un kirchnerismo triunfante en la Ciudad de Buenos Aires. Quisieron el destino, Néstor y Cristina Kirchner o el propio Filmus con su tenacidad y convicción, que sea la misma persona la encargada de oficiar de telonero de este sueño de la razón que terminó engendrando su propia pesadilla; aquella que tanto se invocó como contraimagen en esta historia.

Macri era el adversario que más querían y ahí lo tienen, triunfante. No podía ser otro mejor que Fito Páez quien le pusiera algo de letra y música a esta sinfonía tanguera, la del sueño de un amor imposible: lo que comenzó con “Yo vengo a ofrecer mi corazón” allá por el 2007, terminó en esta “Ciudad de pobres corazones”, cuatro años más tarde.

La que pudo ser reconocida a aquellos ojos como la ciudad más progresista de América Latina, se transformó en una metrópolis encantada por los aires de la antipolítica y más preocupada por gozar de los beneficios de la prosperidad económica brindada por un Gobierno Nacional, al cual de manera ingrata le retacean su voto. ¿Cómo pudieron cambiar tanto las cosas en tan corto tiempo?

Repasemos la historia y los números de esta trayectoria. En 2003, Macri-Rodríguez Larreta sacaron en primer vuelta un 37,5% frente al 33,5% de Ibarra-Telerman. En segunda vuelta ganó Ibarra con el 53% frente al 46% de Macri. En 2007 el kirchnerismo decidió presentarse con Filmus-Heller –una alianza entre el justicialismo y sectores de centroizquierda– obteniendo un 23 % frente al 20 % de Telerman-Olivera, que representaban a lo que quedaba de la coalición gobernante en la Ciudad.

Juntos podrían haber opuesto resistencia a un Macri que terminó, sin embargo, ganando por el 45 %. La segunda vuelta refrendó el triunfo de Macri frente a Filmus por 60 a 40. Es cierto, en el medio había pasado de todo: Cromañon, el juicio político y destitución de Ibarra, la ruptura con Telerman, que al sucederlo se jugó a una “tercera vía”, y un Macri que se fue abriendo paso como alternativa de algo diferente, renovador para la gestión porteña.

Algunos pudieron leer que el electorado porteño había girado hacia la derecha. Otros, simplemente, vieron una alternancia entre una gestión afectada por el desgaste y los desaciertos por un lado, y por el otro lado, una propuesta que prometía un cambio.
Astuto, Néstor Kirchner prefirió dejarle el terreno libre a Macri antes que construir una transversalidad amplia en la Ciudad con quienes ya venían gobernándola.

Eligió polarizar el mapa político porteño entre “la derecha neoliberal” y “el proyecto nacional y popular” barriendo las expresiones intermedias y soslayando a las fuerzas partidarias más importantes. En estas elecciones se encontraron en la escena los mismos actores, sorprendidos por números que no son sino los que cabía esperar a partir de las lógicas que ellos mismos aceptaron.

El kirchnerismo confió en que su proyecto político nacional ya estaba maduro para desembarcar triunfante en la Capital. Y se topó con que en todo caso estaba tan maduro como el del contrincante, que tanto subestimó y al que contribuyó a alimentar en estos cuatro años. Pero si Macri logró capitalizar el voto no kirchnerista fue menos por sus propios méritos que por los esfuerzos del kirchnerismo y los desméritos ajenos, a los que en todo caso supo aprovechar con el concurso de su hábil consultor Jaime Durán Barba.

Uno de los columnistas regulares del diario kirchnerista Tiempo Argentino explica de este modo por qué “no hay lugar para terceras opciones”: “En la Argentina, incluida Buenos Aires, está en juego la felicidad relativa a la que puedan aspirar bajo el capitalismo las clases subalternas, o la supremacía plena de las elites dominantes. Pareciera que el proceso latinoamericano termina de fraguar recién cuando alcanza
a construir sus enemigos y los vence…” (Demetrio Iramain, Tiempo Argentino, 14/7).

Más pragmático, otro columnista explica en el mismo diario por qué la espontánea coalición conservadora que votó a Macri no es tan distinta de la que votará a Cristina en octubre: “Gran parte del electorado de la Ciudad de Buenos Aires votó por Macri y votará por Cristina (…) Los porteños, dueños de ciertos beneficios adquiridos, no quieren poner en juego el status social alcanzado. Muchos saben que se lo deben a las políticas nacionales (…) la gran mayoría se inclinará, en defensa propia, por Cristina Fernández” (Víctor Ramos, Tiempo Argentino, 18/7).

Frente a la derrota electoral en la Ciudad, el kirchnerismo puede repasar los errores cometidos y rumiar broncas y desdenes, redescubriendo las características del ingrato y esquivo electorado porteño. O puede celebrar la coherencia con la que llegaron a estos buenos resultados y repensar sus estrategias de llegada a esa parte de la sociedad a la que no logran seducir con su mensaje. Después de todo, aun perdiendo, como bien apuntó Filmus, el Frente para la Victoria realizó aquí “la mejor elección de toda su historia”.

Parece ser el destino del peronismo en la Capital. Mientras Arturo Jauretche, en sus últimos tiempos, recordaba el medio pelo de la tilinguería porteña, en aquellos días de euforia camporista llegaron a presentar como candidato a senador a alguien tan
“progresista” como Marcelo Sánchez Sorondo; a tal punto que no sólo le dieron al radicalismo su único triunfo en aquellas elecciones del ‘73, sino que transformaron en “progresista” al vencedor, Fernando de la Rúa, que iniciaba entonces su larga marcha hacia la Presidencia. Por eso es que Filmus tiene razones para celebrar esta pequeña epopeya de su derrota victoriosa.

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