Redes sociales y agendas

En “El poder de la agenda. Política, medios y público” (Editorial Biblos), Natalia Aruguete recorre 50 años de historia de la teoría de la “agenda setting” y, en ese marco, el nuevo escenario mediático a partir del surgimiento de los medios digitales, que analiza en este texto.

(Columna de Natalia Aruguete)

Las redes sociales en manos de ciudadanos corrientes invitan a transitar una nueva esfera pública, en la que se da una ferviente disputa por la agenda, enfrentando a los medios de elite como al discurso estable de la dirigencia política. Allí se observa un giro irreversible en el diálogo político-cultural, contenido en una narración singular que –combinando micro-historias de vida con panoramas políticos, estadísticas con análisis estructurales e históricos- promociona temas no acogidos por las normas rutinarias de coberturas centralizadas y moviliza protestas sociales y desobediencias civiles, por poner algunos ejemplos elocuentes. Este nuevo escenario llama a revisar la vieja relación entre medios y público, en especial cuando el discurso público queda expresado en estas nuevas formas de relato. Este vínculo tenso es el que se pone en discusión en “El poder de la agenda. Política, medios y público” (Editorial Biblos).

La pregunta medular de los teóricos de la agenda setting ha sido si aquel puñado de temas que los medios seleccionan y proponen como importantes y universales luego son repetidos por la opinión pública. Este efecto poderoso de tipo cognitivo se da por descontado desde aquel estudio seminal de finales de 1960, realizado en base a periódicos y noticieros de TV, hasta las actuales contrastaciones con espacios virtuales, en las que se mantiene la hipótesis de que los medios tradicionales proveen los asuntos que posteriormente serán discutidos en los foros ciudadanos.

A medida que se sumaron nuevas indagaciones, la premisa convencional del establecimiento de la agenda comenzó a perder asidero. Fundamentalmente porque la mayor heterogeneidad de los usos mediáticos por parte de las audiencias cuestiona la idea de que sean vistas como consumidores homogéneos y pasivos. En efecto, el hecho de que las coberturas de los grandes medios aparezcan como un insumo fundamental no da cuenta de una influencia generalizada y monolítica de los viejos medios sobre las redes sociales. El agite ciudadano virtual se compone de audiencias singulares con capacidad de interpretar, rechazar y desafiar a los medios; desde allí recrean un circuito de información distinto al propuesto por las agendas de elite.

Desde una lectura más general, no observamos un escenario optimista y romántico, ya que los “temas que importan” se instalan reticularmente, de modos imperceptibles. La mentada fijación de la agenda se logra cuando ese temario aparece como legítimo para un amplio sector de la sociedad, que lo incorpora sin resistencia y –más grave aún- lo hace propio sin preguntarse cómo germinó. Para alcanzar tal naturalización es imprescindible que se dé una fuerte consonancia de la agenda propuesta por los medios masivos. Dicha homogeneidad es un mecanismo cuasi-defensivo, inherente a las rutinas profesionales de periodistas ávidos de probarse que conocen la “noticia real”. Una actitud que cobra mayor fuerza en momentos en los que su capacidad de demarcar la percepción pública de manera monolítica se ve amenazada.

Ahora bien, dicha conformidad temática no es producto sólo de una coincidencia entre medios sino que incorpora otros mecanismos discursivos que circulan en una sociedad. En este sentido, la homogeneidad al interior del sistema de medios se alimenta también de la relación endogámica que éstos mantienen con el poder político, plasmada en coberturas espectacularizadas y banales que identifican a los buenos y los diferencian de los malos, y que saben ubicar a las víctimas y a los demonios populares en los extremos opuestos de sus relatos.

La circulación de información en los medios sociales puede ser estudiada como expresión de la opinión pública, pero también como un instrumento del sistema político para dar forma a la cobertura noticiosa. Tampoco aquí la mera presencia de información tomada de la cuenta de un dirigente político o un referente sindical o una destacada personalidad da cuenta de una influencia real. Dicha influencia se vislumbra en la capacidad de configurar una cobertura de forma tal que sirva y apoye el sentido de la agenda de ciertos actores. Es en este punto neurálgico donde queda configurada una agenda de elite limitada, que atiende a los intereses de los grandes medios y los poderes político y corporativo. Como contrapartida, las cuestiones que importan a la población no accederán a la agenda tradicional y, si lo logran, tendrán una atención mediática sesgada, tanto en la instancia de selección como de descripción de los eventos.

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