Civilización o saqueos

(Columna de Fernando Casullo)

GRANDES MIEDOS CUIDADOS

Julio de 1789 es conocido por la serie de sucesos que culminaron propiciando la Revolución Francesa y tuvieron, con la toma de la Bastilla del 14 de ese mes, su clímax. Pero también fueron días donde en las zonas alejadas de París (asoladas por el hambre desde hacía meses) comenzaron a circular rumores de revanchas de la aristocracia contra los sectores populares. Se decía entonces que los ricos, caídos en desgracia, estaban contratando ejércitos de bandidos, extranjeros y mercenarios para poder consumar su revancha.

La frontera de varias regiones del interior francés (Provenza, Normandía, Aquitania, Lemosín) quedó así dibujada como una terra incógnita repleta de enemigos acechantes. En pocas semanas, producto de esta acumulación de imágenes sociales atemorizantes, del pánico se pasó a las revueltas: los campesinos armaron sus propias milicias y salieron a la búsqueda de aquel supuesto ejército oligárquico. Por supuesto, nunca encontraron tal cosa pero ahí, en un giro por demás curioso, pasaron a afirmar que los rumores eran lanzados por los propios nobles para sembrar el pánico y la confusión. Así, la evidencia contraria a lo buscado solo sirvió -paradójicamente- para fortalecer sus temores y condensar sus experiencias de clase. A partir de allí la revuelta generalizada se hizo más violenta y culminó con el ajusticiamiento de los señores, disturbios generalizados y demás escenas de un truculento clasismo. La sucesión de eventos, difícil de explicar con matices, pasó a la fama como “El Gran Miedo”.

Todavía hoy no hay acuerdo entre los historiadores sobre cuánto impactó la noticia específica de los sucesos de París en la génesis de dichos sucesos, pero está claro que conflictos de tal tamaño se cuecen a fuego lento durante décadas. El humus para estos acontecimientos se había originado mucho antes: una mezcla explosiva que contenía la asimetría de una sociedad de Antiguo Régimen y sus privilegios, el hambre y también, por qué no, la presencia de ladronzuelos de a pie.

Ahora bien, parece que desde el 2001 la Argentina en diciembre detenta una alta posibilidad de sufrir grandes miedos en dosis homeopáticas. En efecto, anotadas todas las diferencias posibles (y evidentes) con la Revolución Francesa, la imagen sigue siendo potente. En nuestro país los recientes finales de año calientes también mezclaron fenómenos de larga data con distintas coyunturas de plazo más corto. Y muchas veces los acontecimientos ocuparon -como en 2001 o 2012- esa intersección compleja y matizada entre emergentes puntuales y odios de clase que se llevó puesto a Luis XVI.

En el caso de la versión 2013, el último hasta ahora que no se quedó en el rumor, la excepcionalidad estuvo dada por los reclamos salariales de distintas policías provinciales. Un peligroso raid nacido en Córdoba –provincia no casualmente cuna del Navarrazo, una de las sublevaciones policiales más importantes de los ‘70- y que terminó de forma escandalosa, principalmente en Tucumán. En la mitad una larga lista del horror: desavenencias entre los poderes ejecutivos provinciales y el nacional, liberación de zonas para el ataque de la versión conurbanera de los galos, violentos emergentes en las redes sociales (tanto para anunciar festejar saqueos como para el insólito pedido de ayuda de un gobernador a las 4 de la mañana por Twitter) y, en definitiva, una perturbadora sensación de que tuvimos la ruptura del pacto social a la vuelta de la esquina. Todo el combo en la semana que la democracia cumplía 30 años.

El hecho, se recordará, se resolvió con una tanda más o menos desordenada de aumentos salariales a los agentes en cuestión (que tenían un considerable retraso, por otro lado) y un blindaje bastante autoconsciente para el diciembre del 2014. Sin embargo, hasta para los agentes entonces beneficiados por los aumentos hubo pocos de final feliz. Casos como el de la policía tucumana que fue increpada por estar usando su celular en la calle al grito de “para eso desprotegieron al pueblo” se amontonaron en los meses siguientes. Como sabe cualquier hijo de vecino sin tener que aplicar mucha teoría social, las relaciones entre el Estado y sus agentes y la sociedad civil no son sencillas y de explosiones como las del 2013 no se vuelve a foja cero con facilidad. Baja la maroma y el monte se llenó de peligrosas criaturas.

ES EL LARGO PLAZO, ESTUPIDO

Uno de los legados del 2001 es la sospecha permanente sobre las instituciones, cualquiera sean. Sin embargo, tal vez las crisis de saqueos de 2013 muestra cierto agotamiento de aquel clima de época. El “que se vayan todos” resultó siempre bastante más aplicable con un actor difuso como “los políticos” que con agencias dispuestas a salvaguardar -o no- nuestra más básica cotidianeidad. Si algo legan los últimos saqueos –con sus motos, sus grupos de Facebook y su territorialidad expansiva- es que deberemos asumir que nos hemos convertimos como bestia social en algo más complejo que hace 14 años atrás cuando comenzó aquella metodología. Los actores con peso específico son más, y sus expectativas también. Asombrarse de la capacidad de impacto de una huelga policial (¿por qué no negocia el Gobierno así con los maestros, los judiciales y/o los médicos?) no deja de tener cierto tono contradictorio. La seguridad es un valor que ha crecido en importancia la última década y ha marcado a fuego las expectativas de ascenso o descenso de la movilidad social. Así habrá que preguntarse si no somos nosotros los que tenemos más miedo de perder “la seguridad” que la educación o la salud pública (como bien mostró el último tramo de la efectiva y desquiciada campaña de Sergio Massa proponiendo intervención militar en las villas contra el narcotráfico).

Llevamos como sociedad unos cuantos lustros en la paradoja de una espera exagerada en la reacción de instituciones a las que, por otro lado, creemos débiles, corruptas y poco dignas de nuestro respeto. Pedimos al Estado que nos garantice paz social pero estamos acechando sus errores para el grito exaltado y la explosión sin freno. La reformulación de una agenda de la seguridad democrática no puede perder de vista la permanente y cotidiana negación del otro que muchas veces hemos adoptado como dinámica de resolución del conflicto social. Basta ver cualquier foro de participación de lectores sobre estos temas en los diarios para observar cómo flotan prejuicios y visiones sesgadas. Sin mucho preparativo aparecen las acusaciones cruzadas de “mano dura”, “garantismo”, “chorros” y “corruptos”, conceptos que a esta altura dicen poco. Si diciembre y sus saqueos permite afirmar que “el pueblo está cansado”, ya no queda claro de qué ni siquiera quién es el pueblo: si se encuentra saqueando, autoacuartelado o es víctima de todo eso.

Hay que entender que las agencias de seguridad son espacios donde también se dirimen conflictos, se los sistematiza, se los institucionaliza Y se los hace más manejables para la política. La sindicalización de las fuerzas policiales debería pensarse (de forma lenta y prudente, desde ya) en este sentido. Otra discusión para poder dar en un corto plazo es la de la multiagencialidad y los protocolos que deben resultar de la misma. Si en algo ilumina la nada feliz discusión sobre el retardo de la presencia de Gendarmería en Córdoba en el 2013 (una de las facturas que al kirchnerismo le cobraron al contado en esta elección, por otro lado) es lo poco que se ha protocolizado al respecto. No debemos olvidar que las agencias de seguridad justamente funcionan en una frontera desdibujada, donde el peso de las normativas se aliviana y hace más fácil correrse de su espíritu. Es tanto más urgente poder poner en claro cómo y cuándo debe actuar cada una.

DICIEMBRE 2015

Resta esperar si los asuntos pedestres del cambio de Gobierno (y la posible luna de miel) le permitirán gozar al macrismo de su propia pax in securitas. Parece ser que sí (y la última minicrisis sobre el aguinaldo y el Impuesto a las Ganancias tiende a mostrar negociaciones en tal sentido). Sin embargo, hay que atender con cierta alarma cómo algunos temas de fondo del conflicto del 2013 no tuvieron al día mayor avance como, por ejemplo, la sindicalización policial o la posible coordinación entre las diferentes agencias provinciales. En la cancha se ven los pingos, pero en principio esta coexistencia de gobernadores del PJ con el trípode unitario de Nación, CABA y PBA puede resultar problemático a la hora de articular políticas de seguridad en el corto y mediano plazo. Todo un poco precario para el inicio de un ciclo político.

¿Y en el largo plazo? En el largo plazo todos estaremos muertos supo decir Keynes, pero medio escupiendo un asado conceptual, hay que decirlo. El largo plazo importa y en el caso de las políticas de seguridad debe funcionar al menos como el framework sobre el que montar las reformas para no quedar del todo pegado a los siempre cambiantes humores sociales (que en los próximos meses serán bastante impredecibles). Las discusiones sobre seguridad son complejas y poco elegantes, pero sin ellas nunca podremos garantizarnos de verdad que de la Revolución Francesa vamos a imitar más eso de “Libertad, Igualdad, Fraternidad” que los pánicos que sufrió.

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