Otro lenguaje, otra época

(Columna de Gonzalo Sarasqueta)

Diálogo, consenso, lucha contra la corrupción y división de los poderes republicanos fueron los ejes estructurantes de su alocución.

Mauricio Macri es el nuevo presidente de los argentinos. Después del cambalache que bailó con Cristina Fernández por la banda y el bastón presidenciales, el líder de Cambiemos realizó el correspondiente ritual democrático de asunción. Allí desplegó su primer discurso como máxima autoridad del país. Diálogo, consenso, lucha contra la corrupción y división de los poderes republicanos fueron los ejes estructurantes de su alocución.

“Convoco a todos a aprender el arte del acuerdo”, fue una de las frases que retumbó en el hemiciclo del Congreso. Y uno de los puntos en los que conviene colocar los reflectores analíticos. ¿Por qué? Sencillo: el ex jefe de Gobierno porteño pretende suturar la –supuesta– grieta social que abrió el kirchnerismo. Por eso la insistencia en “la unidad nacional”. El nuevo jefe del Ejecutivo asimila la reconciliación como un capital político que dejaron en bandeja Cristina y Néstor Kirchner después de imponer el conflicto como único motor de la democracia. La sociedad quiere paz. Basta de confrontación. ¿El costo? Por ahora, parece no importar.

A esta deducción la acompaña su adhesión al pluralismo: pilar fundamental de la tradición liberal. Macri no embiste contra los poderes fácticos: empresas multinacionales, prensa, sector agropecuario, Iglesia, etcétera. Supone que esos ataques pondrían en riesgo los sensibles equilibrios económicos, políticos y sociales del país. El reduce la disputa al sistema de partidos. Dentro de esas arenas emplea una diferenciación de baja intensidad, tratando de diluir las fronteras ideológicas con la oposición para articular acuerdos transversales. La propuesta dialógica parece tentativa. Pero esconde cierto grado de ficción. Cualquier transformación –regresiva o progresiva– produce tensiones en los diferentes pisos del edificio social. Por ende, tarde o temprano, si desea avanzar en reformas, se topará con resistencias que, inevitablemente, provocarán fricciones.

Lo que subyace a este lógica dialógica es una interpretación instrumental de la democracia. Lectura históricamente vinculada al liberalismo. Poner atención sobre los engranajes de la democracia: reglas claras, respeto a la Constitución y las instituciones (entendidas como arenas neutrales), división de los tres poderes republicanos, rendición de cuentas (vertical y horizontal) y la prensa como contrapeso de poder político (no como actor político, decodificación perteneciente a la cosmovisión kirchnerista). En otras palabras: esta perspectiva se concentra en los procesos del sistema político, no en sus fines. Al revés de la óptica sustantiva –representada históricamente por los diferentes envases del peronismo– que prioriza el bienestar de la mayoría, dejando en un plano secundario –o hasta anecdótico– el cómo o las formas de proceder.

Siguiendo esta estela, es comprensible la preeminencia que le dio a la autonomía de la Justicia. “No existe Justicia ni democracia sin Justicia independiente. Debemos acompañar a la Justicia a que se limpie de vicios políticos”, fue uno de los enunciados que picó fuerte. Mensaje doble: explícito, los jueces necesitan libertad para cumplir con su función democrática, e implícito, no detendrá las investigaciones por casos de corrupción que aquejan a los funcionarios del Gobierno saliente. Habrá que prestar atención si la vara es la misma cuando aparezcan denuncias contra empleados de su gestión.

“Voy a seguir siendo el mismo. Alguien que esté cerca, que escuche, que les hable sencillo, con la verdad, que comparta sus emociones y que recuerde siempre que no es infalible”, deslizó Macri. Aquí también activó el contraste externo con el kirchnerismo. El nuevo Presidente es, supuestamente, “un hombre sencillo, de carne y hueso, con defectos como cualquier otro”. Nada de mesianismos ni líderes que oficien de significantes vacíos para aglomerar los diversos intereses de “los de abajo”, como sostenía el politólogo argentino Ernesto Laclau. El flamante ocupante de la Casa Rosada, fiel a su estirpe liberal, deja sentado que el poder en su gestión estará disperso. Será algo dinámico, difícil de localizar en un actor. Volátil. Tarea ardua en un modelo hiperpresidencialista como el argentino, en el cual todas las cámaras se posan en el sillón presidencial. Pero esa es su intención: demostrar que el timón del país lo lleva un equipo de profesionales y no “una mente suprema”. Esa imagen intentará difundir mediante la publicidad oficial (ya lo hizo en CABA), los discursos (breves y de escaso calado, otra diferencia con CFK) y los contactos con la prensa (acompañado de sus tres cartas fuertes: María Eugenia Vidal, Horacio Larreta y Marcos Peña).

Por último, el sujeto discursivo. Otra fractura comunicacional de calibre con el kirchnerismo. “El país”, “los argentinos” y “la ciudadanía” fueron los destinatarios que usó Macri para interpelar. Cambio semántico de importancia respecto a Cristina, que prefería la entelequia “pueblo”. El salto lingüístico implica una mudanza ideológica, que refuerza su impronta liberal. Mientras CFK utilizaba la palabra “pueblo” como elemento discursivo para confrontar con “los de arriba”, “las corporaciones”, “la oligarquía”, “los buitres”, Macri prefiere entidades discursivas con escasa densidad emocional, cultural e histórica para borrar todo atisbo de dicotomía, construir un relato armonioso. ¿Utópico? Puede ser. Los hechos tienen la última palabra.

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