El 22N y los ejes estructuradores de la política argentina

(Columna de Pierre Ostiguy)

Es probable que la orientación del Gobierno de Macri no sea muy distinta de la de su Gobierno municipal.

Hay un viejo adagio peronista (atribuido a Perón) que dice que “un verdadero peronista le pasa la banda presidencial a su mujer o a un no peronista pero nunca a otro peronista”. Otra vez se ha cumplido. Pero a pesar de los unánimes pronósticos, los resultados electorales fueron bastante parejos: cada candidato recibió doce millones de votos “y un poco más”, y la diferencia fue menor a los 3 puntos. El Gran Buenos Aires y la provincia (pero ahí, con poco), volvió a ser peronista, en contraste con los resultados anómalos del 25 de octubre, en los que la candidata del PRO se impuso al candidato peronista, incluso en la Primera Sección Electoral. El centro del país sigue siendo, en su mayoría, esquivo al FpV mientras las periferias sur y norte son su fortaleza.

El sombrío pronóstico que hacía de Argentina un país en vía a tener un sistema de “partido dominante”, a la PRI de antaño, pase lo que pasare en la coyuntura, se rompió. También se evacúa este clisé algo insultante de que el tercio menos rico de la población vota de manera automática e irreflexiva (por los aparatos, el clientelismo, etcétera) al peronismo y al “candidato que sea”.

En términos de los dos ejes que estructuran simultáneamente la política argentina (izquierda-derecha y alto-bajo), no cabe duda de que Macri proviene del cuadrante altoderecha, aun si suavizado. Macri, María Eugenia Vidal, Gerardo Morales y el equipo de Cambiemos gobernarán desde lo que yo llamo el “alto moderado” (en contraste con lo “extremo alto” de Fernando De la Rúa o de Elisa Carrió), lo que es razonable. Y gobernarán desde el centroderecha. En ese sentido, es probable que la orientación del Gobierno de Macri no sea muy distinta de la de su Gobierno municipal. La pregunta interesante, más bien, es cómo se acomodarán políticamente en los restantes tres cuadrantes. Esa es la pregunta, y siempre la ha sido para cualquier oposición en Argentina.

Primero la campaña, y luego el futuro próximo. No hay duda que los últimos meses de estas elecciones nacionales no fueron ordenados políticamente por los dos ejes que han estructurado simultáneamente el espacio político argentino, sino más bien por uno –y uno solo–mucho más simple y a la vista de todos, que fue el eje ordinal a cerca del “cambio”. De la continuidad pura del modelo en un extremo al cambio total (en algún momento) en otro extremo, pasando verdaderamente y de modo dinámico por todos los matices entre esos dos polos. Ahí jugaron las principales fuerzas en contienda: Macri, que se movió del “cambio” al “cambio justo” (de Sergio Massa) y al “cambio con continuidades” (del Scioli original), y Scioli, quien fue “cambio” y “no cambio” al mismo tiempo. La palabra “cambio” pasó a ser, de hecho, el gran “significante vacio” (a lo Laclau) de la campaña, contribuyendo con su cadena de equivalencias (entre demandas) y como pantalla de proyección (para “vivir mejor”) de modo particularmente irónico a derrotar al kirchnerismo populista.

Otro autor famoso vindicado más de la cuenta es Anthony Downs: Macri, como no peronista, mostró la mayor simpatía posible con el peronismo y su fundador (en estatua y dogmas); como político de derecha, se hizo completamente de centro, con simpatías hacia medidas sociales claramente de centroizquierda; como líder de un partido distrital muy porteño, cerró su campaña en Humahuaca; como gran burgués, se hizo lo más popular posible y, como persona fría, se hizo cálido. Para alguien ubicado naturalmente en el cuadrante altoderecha, Macri logró exitosamente correrse lo más al centro posible de los dos ejes estructuradores de la política argentina. El que tuvo problemas fue Scioli, quien prometía en cierta medida hacer lo mismo, desde el cuadrante inverso, pero que –especialmente antes del 25 de octubre– no lo pudo hacer por el miedo en el kirchnerismo militante que su victoria–descontada en aquel entonces– implicara una significativa dilución del “modelo”. Esas precauciones terminaron en buena parte impidiendo el mismo resultado que se quería condicionar.

El paralelo con 1999 es fuerte. Un(a) líder fuerte del peronismo saboteó parcialmente la estrella propia del “sucesor-a-regañadientes”. Ese(a) líder fuerte tenía un proyecto ideológico fuerte mientras el sucesor era más bien un peronista gestor y no excesivamente ideológico. Le fue mal a Eduardo Duhalde en 1999 y Scioli no logró ganar en 2015. El lado no peronista creó una coalición amplia, particularmente en la dimensión izquierda-derecha. El líder de dicha coalición se ubica a la derecha del centro de gravitación de su alianza.

Sin embargo, hay diferencias grandes: Macri es líder indiscutido, como nunca lo fue De la Rúa; la UCR de hoy en día no tiene la fuerza política que tenía el Frepaso y la desviación estándar izquierda-derecha dentro de Cambiemos es menor a la de la Alianza. Pero queda para saber hasta dónde y hasta cuándo los radicales más progresistas y todos los progresistas no (o anti) peronistas acompañarán a Macri. Ahora es todo globos alegres, pero queda para ver si no habrá descontento en Cambiemos desde la no derecha igual a la que caracterizó la gestión del otro altoderecha. Sin embargo, la gran pregunta es sobre los dos cuadrantes restantes, es decir concretamente, sobre el futuro del peronismo después de la victoria de Macri. Ahí tomará plena vigencia otro adagio peronista famoso: “Los peronistas son como los gatos. Cuando todos piensan que se están peleando, en realidad se están reproduciendo”. Obviamente, las fuerzas asociadas a la gestión de Néstor y Cristina Kirchner se ubicarán en la oposición izquierda y baja (nacional y popular, en el sentido de nacionalista y populacho) militante. Pero eso es una parte no más del cuadro peronista. Hay muchos gobernadores, intendentes y fuerzas importantes que querrán aprovechar la derrota del kirchnerismo y la salida de Cristina, La Cámpora y otros gestores afines del Gobierno para volver a tener un peronismo más clásico. La primera etapa será la desaparición gradual de la sigla FpV y su paulatino reemplazo por el histórico (y eterno) Partido Justicialista. Habrá una reaparición más frecuente de frases como “somos peronistas” (en cambio de “kirchneristas”).

En el peronismo opositor, De la Sota (influyente como pocos en Córdoba) nunca escondió su intención de volver a armar un peronismo más afín a su imagen y posición política. Seguramente, Massa preservará su organización propia, pero es posible pensar que el Frente Renovador a su vez pueda querer apropiarse con el tiempo del peronismo “en esos nuevos tiempos”. O sea, la famosa pelea reproductora de gatos. No me atrevo, hoy, a predecir un ganador (un “matador”) en los próximos años. El peronismo muchas veces nos ha sorprendido con líderes fuertes que no eran los esperados (Menem, frente a Antonio Cafiero o Kirchner, primero contra Menem y luego contra Duhalde). Lo más probable es que una liga de gobernadores e intendentes justicialistas haga frente a Cambiemos. Las fuerzas militantes vinculadas a Cristina seguirán presentes (incluso en el Congreso) y vocales como siempre, pero con una cuota de poder bastante disminuida y jugando la carta de la nostalgia si “las cosas salen mal”. Y, como siempre, habrá que mirar a Massa que, por olfato y determinación política, es capaz de cualquier jugada.

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