¿Nuevo relato pos–ideológico en Argentina?

(Columna de Mario Riorda)

Hace rato que se quiso instalar en el mundo occidental la idea de la desaparición de las ideologías. Y hubo momentos en donde la premisa arremetió con fuerza. Los 50’s, con Daniel Bell, los 70’s con Joe McGginniss y, más tarde, en los 90’s con Francis Fukuyama. Y la tesis siguió vigente cuando la política empezó a seguir el estilo que la TV de entretenimiento le imponía, en paralelo con las agendas gubernamentales copadas por el pensamiento neoliberal.

Sin embargo, coincidiendo con Istvan Mészaros, la propia tesis de la desaparición de las ideologías es un término en sí mismo absolutamente ideológico pues plantea que puede existir un mito de la neutralidad ideológica o bien una imposición de un Estado de ideología única y ello no es real.

Además, hay veces que cuando se matizan los rasgos ideológicos, se lo hace en referencia a un mojón ideológico que representa otro espacio. Lo otro es el punto de referencia desde el cual me paro. Aún sin asumir explícitamente la posición, sí claramente se asume que no se es lo otro.

¿Inherente a la comunicación política?

Se tenga una visión optimista o pesimista de la ideología, inicialmente se puede afirmar que todo el lenguaje político tiene una función ideológica. Lo ideológico es inherente a la comunicación política y siempre aparece, aun bajo recurrentes contradicciones, sea de manera explícita o implícita.

Por eso creo que todavía es una incógnita como hará Mauricio Macri y su espacio político Cambiemos para darle forma concreta a la curva de aprendizaje que tuvo durante el proceso electoral. Su criterio de oportunidad fue importante. Pararse en el punto de aprovechamiento de quienes querían castigar el estilo K y desde ahí captar el voto desde una lógica de second best option (segunda mejor opción o lo menos malo) para quienes no lo votaron en primera vuelta.

Ahí pareciera pos-ideológico porque, habiendo escuchado estratégicamente, es evidente que entendieron que la sociedad deseaba descansar un rato de un modelo puramente confrontacional, pero tampoco quería –ni quiere- volver a los 90’s. No hablo de toda la sociedad, pero sí de un caudal importante de votantes que le permitieron un triunfo en segunda vuelta.

Y hasta ahora ese equilibro está bien logrado. Por eso, Macri transitó un sendero discursivo apostando a las expectativas de optimización personal, donde hacía explícitos la enumeración de negativos a los que hay que vencer. “Somos distintos”, dice Macri y repite su equipo. Casi una puesta en escena de la política actuando como prédica evangélica, como nos relata Byung-Chul Han.

La expresión “revolución de la alegría” es su expresión más contundente para entender esto. Pero todavía no hubo políticas públicas ni actos simbólicos concretos. Habrá que esperar. La ideología siempre aflora necesariamente en las políticas públicas. Ellas se explican desde aquella. Y es lo que pasa cuando se gobierna.

El mito de gobierno condensa el relato ideológico

Sin embargo no es sencillo gobernar sin un discurso de ideas que representen la narrativa o el relato político. No se puede o, al menos, se dificulta.

Los gobiernos que plasman su relato en políticas públicas transforman su proyecto de gobierno en un “mito de gobierno”, una vez que aquel ha sido apropiado por la ciudadanía. Visión general, proyecto general de gobierno, norte estratégico y rumbo de gobierno, aluden a lo mismo. Sin embargo, el concepto de mito los incluye y más aún, trasciende, en tanto representa exactamente lo mismo que los sinónimos descritos, sólo que incluye la condición de apropiación desde la ciudadanía.

El mito de gobierno es la herramienta de la comunicación gubernamental que permite crear consensos, en tanto que vincula al ciudadano con el gobierno y lo hace sentir parte de él.  El mito de gobierno es, en comunicación política, un elemento unificador que simboliza la dirección, la voluntad y la justificación de las políticas aportando sentido social y político. Tiene la función de generar esperanza y que, una vez instalada, puede alimentarse a sí misma siempre y cuando exista coherencia entre la narrativa esbozada y las políticas públicas implementadas que, aunque en términos de demanda no sean perfectas o no generen satisfacción ciudadana plena, sean vistas como contributivas al direccionamiento que el mito esboza.

Su poder de abstracción radica en que representa el ejercicio coherente de lo propuesto discursivamente como contrato de gestión en la faz electoral y la actualización de lo mejorable de ese contrato, una vez que se es gobierno. Supone una importante combinación de hechos y valores, algunos apelando a la más pura emotividad, pero otros marcados con la inmediatez de lo cotidiano y racional para una buena gestión. Presupone que la visión del devenir político de un gobierno, debe no estar tan guiada por la actualidad de los hechos sino por la narrativa del mito de gobierno. Es la “metapolítica”, el “núcleo”, lo que permanece mucho más rígido, con menor variabilidad, lo que no quiere decir inmutable. Pero no hay mito infinito. Las narrativas, a modo de abstracción, se sustentan en las políticas públicas coherentes con ese relato. Si las políticas fallan, el mito de gobierno constituido cruje. Por eso se trata de un fenómeno de abstracción desde la comunicación política, pero cuya vida depende de la política misma.

Cambiemos no ha asumido todavía. Hasta aquí hizo las cosas bien. El 10 de diciembre comienza otra etapa y con otra magnitud en los desafíos.

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