Gobernar para todos

(Columna de María Victoria Murillo y Julia Rubio -Universidad de Columbia-)

Cambiemos debe demostrar que una coalición no peronista puede tener capacidad de gobernar

Argentina vivió el domingo 22 su primer balotaje. Por definición, el balotaje produce un resultado decisivo y permite a los electores votar estratégicamente. En la primera vuelta, un quinto de los votantes prefirió a Sergio Massa. Daniel Scioli ni Mauricio Macri llegaron al 40% de los votos. El 22-N, el margen fue más ajustado que lo anticipado por la mayoría de las encuestas, que nuevamente generaron expectativas de diferencias mayores que las obtenidas. La polarización, reflejada en una diferencia menor al 3%, tiene consecuencias para pensar la gobernabilidad después del 10 de diciembre.

Gobernar para todos fue la promesa de Cambiemos. La polarización del voto y la distribución territorial de poder político tendrán un impacto importante sobre su capacidad de cumplir con esa promesa: sea desde “gobernar” o desde “todos.” La polarización del voto ha sido vinculada al nivel socioeconómico de los votantes e incluso a su grupo etario: mayor educación y edad tendrían un impacto positivo en la probabilidad de votar por Macri. Este corte demográfico sugiere límites a las políticas distributivas de Macri dado el contexto económico. El corte territorial del voto genera límites electorales y legislativos. Argentina quedo dividida en dos, cortada por una franja amarilla que pasa por Mendoza, San Luis, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y la ciudad de Buenos Aires. La Pampa y Buenos Aires fueron muy reñidas, y Jujuy y La Rioja parecen tener su propia lógica local al haberle dado la victoria a Macri. Sin embargo, la Argentina más rica del litoral fue clave en la victoria de Macri, incluso en aquellas provincias –como Santa Fe o Córdoba– que no están gobernadas por la coalición que representa Cambiemos, mientras que el norte, el sur, y el conurbano contribuyeron decisivamente al caudal de Scioli.

La provincia de Buenos Aires, donde el resultado fue 51% a 49% a favor de Scioli, refleja la polarización territorial como espejo del país. La división entre el conurbano, donde Scioli cosechó apoyos de hasta dos tercios de los votos en muchas municipalidades (especialmente en la Tercera Sección), y el interior, donde Macri logró su mayor caudal electoral, fue clave para lo ajustado del resultado electoral. El apoyo a Macri en la pampa gringa se reflejó especialmente en Córdoba pero también en Santa Fe, Entre Ríos y el norte de Buenos Aires. Ahí fue donde la pelea por la resolución 125 había sido más aguda y sus legados, más fuertes. Y, tal vez por ello, la cantidad de hectáreas sembradas con soja en cada una las 135 municipalidades de la provincia de Buenos Aires es un excelente predictor del caudal de votos de Cambiemos en la elección del domingo 22.

Las estrategias de los votantes se imponen a los intereses de intendentes. Las preferencias por Scioli o Macri en la primera vuelta tienen un mayor poder predictivo que el color del intendente sobre quien ganó el balotaje en cada municipalidad de la provincia. Los 83 municipios que Macri había ganado en primera vuelta lo eligieron como Presidente el 22-N. De los 50 municipios donde Scioli se había impuesto en la primera vuelta, perdió 7 en el conurbano (en general por poco margen) y 13 en el interior (por mayor diferencia). La elección de intendentes tiene menor influencia en el resultado del balotaje: en 6 de las 65 intendencias donde se había impuesto Cambiemos en octubre, Scioli ganó el balotaje. En 33 de las 55 municipalidades donde el FpV había ganado la intendencia, Cambiemos se llevó la victoria el domingo. Reiteramos, como en nuestro análisis de la elección a gobernador, que los votantes demuestran tener capacidad estratégica para separar la política local y nacional.

Macri, como presidente, tendrá los poderes del Ejecutivo Nacional y el apoyo de dos gobernadores de su mismo signo en provincia de Buenos Aires y Ciudad de Buenos Aires. Sumando a los legisladores radicales podría lograr una mayoría en Diputados pero no en el Senado. Esto debebería obligarlo a cuidar su alianza con los radicales –que tienen una lógica política diferente al PRO y con quienes no ha habido oportunidad para consolidar una coalición que supere lo electoral–, e impondrá la necesidad de sumar apoyo peronista. El peronismo, cuando pierde la elección nacional, suele pasar por un proceso de renovación en busca de liderazgos alternativos a los “mariscales de la derrota”. Ese proceso incluiría a toda la familia peronista, más allá del FpV y sus propias facciones internas. Mientras que dicha división permitiría a Macri negociar el apoyo peronista a sus proyectos legislativos, el impacto de dicha negociación sobre la interna peronista puede también hacer el juego complicado para el nuevo presidente, especialmente a medida que los tiempos electorales se aceleren. Los nuevos liderazgos peronistas que vayan decantando deberán demostrarse como alternativa a Cambiemos para el próximo proceso electoral.

Más allá de los partidos, Cambiemos ha sugerido un proceso de concertación social para garantizar la gobernabilidad. Su pasado empresario pone a Macri cómodo frente al sindicalismo pese a la histórica militancia del mismo en defensa de condiciones laborales que pueden ser difíciles de sostener en el futuro inmediato y el fracaso de las experiencias anteriores de concertación con presidentes no peronistas. Sin embargo, dos actores claves son más difíciles de sentar a una mesa concertacionista: los movimientos sociales de índole local y los votantes. Los primeros no responden necesariamente a liderazgos partidarios sino a demandas de sus bases, que se pueden agudizar en contextos de contracción económica, y más aun con un presidente en quien probablemente no confíen. Los segundos –aquellos que votaron a Macri y los que no– tienen expectativas que puede hacer más compleja la tarea de gobernar en una Argentina donde la opinión pública ha sido decisiva en términos de políticas públicas durante los últimos años. Especialmente importante, en ese sentido, es pensar en la distancia entre las expectativas de desempeño económico de los votantes y de quienes se harán cargo del próximo Gobierno dadas las políticas económicas actuales. Finalmente, las políticas económicas pueden buscar una audiencia externa, cuya sensibilidad a los mensajes (se pudo ver en la reacción de los mercados al resultado electoral del domingo), puede generar aún más complicaciones para las políticas económicas del próximo Gobierno.

En resumen, será un desafío para Macri gobernar dada la distribución de poder territorial y la fragmentación de liderazgos opositores y, más complejo aun, hacerlo para todos, dadas la diversidad de audiencias, la autonomía de los votantes, y los costos distributivos que el contexto económico presenta para el futuro cercano. Macri ha creado el primer partido político de derecha democrático en la Argentina con capacidad de ganar elecciones, lo cual no es menor. A futuro, su desafío implica mostrar no solamente que el peronismo puede perder (ya lo hizo hace 16 y 32 años) sino también que Cambiemos puede sostener una coalición no peronista con capacidad de gobernar.

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