Dos desafíos de supervivencia en el mapa político argentino

(Columna de Hernán Toppi, politólogo FSOC/UBA)

El proceso electoral que acaba de concluir ha sido histórico. La razón se encuentra en el nivel de alternancia registrado a nivel subnacional y nacional. No obstante, el cambio de color político a nivel gubernamental implica para los diferentes actores políticos (gobernantes y opositores) un escenario de desafíos que, dependiendo del resultado con que se encaren los mismos, determinará gran parte del futuro mapa político de Argentina.

Centrándonos en la arena nacional, los desafíos (si bien de afrontarse lo serán desde diferentes arenas) involucran un mismo fin: la supervivencia. Y decimos que deberán ser afrontados desde diferentes arenas pues, por un lado, tenemos la gubernamental y, por el otro, la partidaria/opositora. Dos arenas que en la historia reciente del país no han distado de contar con ejemplos de inestabilidad y de ausencia de supervivencia, los cuales se manifestaron en momentos en los que los actores que las ocuparon tuvieron características similares a la de aquellos que lo harán desde diciembre: un Gobierno de coalición y partidos opositores con origen personalista.

Una supervivencia para la gobernabilidad

Al Gobierno Nacional llegará la coalición Cambiemos, la cual está integrada por el PRO, la UCR y la CC. Ahora bien, en el presidencialismo una cosa es la coalición electoral y otra (potencialmente distinta) es la coalición gubernamental. La primera fue un éxito. La segunda debe fortalecerse y es aquí donde está el primer desafío a enfrentar. La razón es simple. Si bien la fórmula presidencial es puramente PRO (Mauricio Macri y Gabriela Michetti), este partido cuenta, de manera aislada, con una presencia minoritaria en el Congreso (4 de 72 senadores y 41 diputados sobre 257), lo cual demuestra la relevancia central que sus socios políticos (fundamentalmente, el radicalismo) tendrán para alcanzar un mayor peso en la arena parlamentaria para así afrontar un marco de negociación con las demás fuerzas políticas tanto para el quorum como para la aprobación de proyectos. Esto es así pues en coalición los números recién mencionados se incrementan a 15 legisladores en la Cámara de Senadores y 88 en la Cámara de Diputados.

De lo anterior se deriva un segundo desafío a enfrentar desde el Gobierno de coalición. Dichos números sirven para incrementar poder parlamentario pero no para imponer. Indefectiblemente, al menos por los próximos dos años, frente a ellos tendrán un colectivo de legisladores opositores que va a ser mayoritario, por lo que el arte de la negociación tendrá que recuperar terreno en el Congreso argentino. El desafío está en no caer (siguiendo en la tipología diseñada por Gary Coy y Scott Morgenstern) en un escenario recalcitrante (que lleva a una parálisis legislativa y obligue al Gobierno a tomar medidas mediante el decreto) sino más bien negociador (donde las diferentes partes se prestan a un debate sobre la política en cuestión), lo cual puede alcanzarse con el peso parlamentario que otorgaría la continuidad de la coalición Cambiemos en el Gobierno y en el Congreso. De este modo, la supervivencia de la coalición puede transformarse en un factor importante para la gobernabilidad del país.

Una supervivencia para la estabilidad partidaria

El desafío de la supervivencia también alcanza a los partidos que, próximamente, formarán parte de la oposición. Una característica que se ha repetido en las diferentes elecciones presidenciales desde 1995 hasta (al menos) el reciente proceso electoral es que prácticamente ninguna de las fuerzas “relevantes” derrotadas se presentó de la misma manera en la siguiente elección: desaparecieron o mutaron en una nueva alternativa política expresada en una coalición (que, valga el dato, no se mantuvo de la misma manera a la siguiente elección). Así pues, el sistema partidario ha sido en términos de la oferta al votante en elecciones presidenciales, bastante inestable.

Es interesante el hecho de que desde 2003 a la fecha, la única alternativa en la arena nacional (y siguiendo la misma lógica de comparación entre elecciones presidenciales) que logró sobrevivir en el tiempo fue la del FpV, tal vez porque nunca conoció la derrota y porque como resultado de lo anterior, sus referentes principales (Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner) se mantuvieron en la primera plana. El punto pasa por saber que ocurrirá ahora con el cambio hacia un panorama que ubica al FpV sin poder en la Nación ni en ninguna de las provincias más determinantes, algo inédito para los que forman parte de dicho espacio.

Si el desafío es sobrevivir y, desde ahí, posicionarse como alternativa de Gobierno, tanto el FpV como el Frente Renovador (siendo estas las dos fuerzas que mejor quedaron posicionadas dentro del arco opositor) tienen tarea por delante. Durante los últimos tiempos, ha quedado de manifiesto que estas agrupaciones se encuentran altamente ligadas y, por ende, son dependientes de sus líderes (Cristina y Sergio Massa, respectivamente). En el FpV, el ex candidato presidencial Daniel Scioli no logró (a pesar de sus intentos) despegarse de la figura de Cristina, siendo puesto en tela de juicio el liderazgo del primero, justamente cuando intentó mostrar independencia de la segunda. El FR experimentó una fuga masiva de dirigentes cuando el liderazgo de Massa aparentó una pérdida de competitividad en la futura elección presidencial. El no poder mostrar independencia del líder y el salir de la agrupación cuando el referente pierde competitividad son dos de los indicios de estar ante partidos “sin sentido propio” (parafraseando a Angelo Panebianco), dependientes de la figura de sus “líderes” y cuya continuidad en el tiempo se encuentra ligada a la de estos últimos. De aquí entonces se deriva el desafío de supervivencia, con dos caminos posibles: la apuesta por la continuidad de los liderazgos actuales con expectativas de que los mismos aspiren al poder en un futuro o sigan determinado las direcciones de la agrupación, o la apuesta por nuevos dirigentes que se sientan ligados no solo al referente sino también al partido (otorgándole al mismo un sentido propio), lo cual significa una apuesta que vaya más allá de los primeros. Ambos caminos pueden llevar a la supervivencia, aunque el primero siempre ha sido el más riesgoso e inestable.

En definitiva, el mapa político argentino poselectoral se encuentra en un escenario donde los actores, dependiendo del lugar que ocupen, se encontrarán con sendos desafíos en pos de su supervivencia y fortalecimiento. Las decisiones que adopten serán fundamentales para ello.

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