El gerente de la política

Biografía de Mauricio Macri escrita por Adriana Balaguer en «Los Presidenciables» (el estadista, 2015)

Desde mediados de los años ’90, Mauricio Macri había decidido íntimamente hacer su propio camino, lejos del paraguas familiar. Para algunos el desencadenante fue su secuestro, en agosto de 1991. Para otros, sencillamente, demostrar que se podía valer por sí mismo.

Ese incidente tan dramático de su vida quedó encerrado en su recuerdo. Pasaron 23 años hasta que sintió que estaba en condiciones de exponer algunos detalles desconocidos de lo que vivió en esos 14 días de cautiverio. Fue en agosto de 2013, durante un relajado reportaje televisivo con Mariana Fabbiani en el que se presentó con su esposa Juliana Awada y su hija Antonia. La charla  dio para todo. Y dio detalles de cómo habían sido esos días de encierro y soledad:

– “Me sacaron la ropa y la tiraron por la ventana. Y me metieron en un féretro que estaba en el baúl del auto”.

– “Fue una banda de ex comisarios que estaban organizados, fui como el séptimo u octavo secuestro que hicieron”.

– “Fue una pesadilla, duró 14 días, en una cosa de un metro por un metro, encadenado al piso, en una caja de madera grande, con una cama adentro”.

–  “Empecé a forcejear con ellos y uno me empezó a ahorcar, casi me mata”.

– “Cuando estaba encerrado me decía, ‘no me tengo que volver loco’. Me dejaron un montón de pastillas para dormir y no tomé ninguna. Dormí bastante cuando estaba encerrado, pero lo más loco es que cuando salí tardé más de un año en volver a dormir cinco horas seguidas”.

– “Otro momento jodido es cuando vas a salir, estaba encerrado hace 14 días en esa caja. El día que el tipo me dice que me iba, es el momento en que pensás que si te van a matar, el momento es ahora”.

– “Nunca vi a los secuestradores. Con uno hablaba mucho, hablábamos de lo que hablan los hombres, de futbol y de mujeres. Le dije que era fanático de Boca y me dijo que él también. Es como en las películas, hay uno malo y uno bueno”.

El secuestro fue una bisagra en la vida de Mauricio. “Lo marcó en su carácter, lo volvió muy desconfiado.  Lo convirtió en un tipo que vive a la defensiva”, explica uno de sus amigos y colaborador. Cualidades o defectos, depende cómo se lo mire, que son un plus para quien elige moverse en un terreno tan hostil como la política.

De aquel sentimiento de indefensión, Mauricio salió fortalecido. Su hoja de ruta comenzó a tener otras marcas, que respondían más a sus deseos personales que a la herencia corporativa que le trazaba su apellido. Su primera escala fue Boca Juniors, el equipo de sus amores. Y cuando se sintió listo, llegó la política.

Hubo miedos, sin embargo, que tardaron en irse. Cuando ya se había lanzado a la arena electoral y de repente en un acto de campaña se veía rodeado de personas, Mauricio volvía a ser un hombre en peligro. Entonces tiraba del saco de algún colaborador y juntos iniciaban una carrera hacia algún lugar donde hubiera menos gente. Quienes lo vieron en esa situación no dudan en definir que lo suyo era claustrofobia pura. Macri hace terapia desde el secuestro con el mismo analista.

Hoy, la confianza parece haber regresado. O al menos hay situaciones que así lo evidencian. En gira proselitista por el interior del país, ya reelecto jefe de gobierno porteño y en incipiente campaña por la presidencial, acababa de abordar un avión privado que lo trasladaría junto a algunos de sus funcionarios de Bahía Blanca a La Pampa. El piloto de la aeronave se acercó para avisarles que los radares anticipaban que iban a tener que volar entre dos tormentas. Y que solo levantarían vuelo si alguien lo autorizaba.

Sin dudarlo, Mauricio dio el OK. Pero varios de sus acompañantes empezaron a interpelarlo en voz alta, tratando de impedir que fuera su jefe político, cuyo conocimiento sobre los peligros de volar con más clima era nulo, quien decidiera por sus vidas. ¿Hasta dónde les iba a pedir que lo acompañaran? ¿Qué riesgos estaban dispuestos a correr por él?

Más allá de las quejas, y ante las risas del jefe de gobierno porteño, el avión despegó. Y aterrizó sano y salvo después de haberse sacudido como una coctelera durante gran parte del viaje.

Del fútbol en Boca a la política

Mauricio Macri es un acuariano de ley. Nació el 8 de febrero de 1959 en la bonaerense ciudad de Tandil, pero fue criado en San Isidro. Sus padres lo inscribieron en el Colegio Cardenal Newman, ubicado en La Horqueta, una escuela a la que concurría ya por entonces lo más patricio del poder económico porteño. Sin embargo, aunque también venía de una familia poderosa, sufría por ser hijo de “un nuevo rico”, como consideraban en ese entorno a Franco Macri, un italiano naturalizado argentino que hizo fortuna con Sideco, una empresa dedicada a la construcción. Fue tal vez entonces cuando empezó a sufrir aquello de ser el “hijo de”.

Conserva de esa época, sin embargo, a muchos de sus mejores amigos, algunos de ellos hombres de confianza en la política:

Nicolás Caputo: casi ingeniero, empresario y vicepresidente del PRO con quién Macri fundó en 1983 una empresa de aire acondicionados, Mirgor, que hoy se amplió a otros rubros y fabrica en Tierra del Fuego desde microondas hasta celulares. Son amigos desde primer grado, y cuando Nicki se casó, armó su viaje de luna de miel compartido con Mauricio e Ivonne, su primera mujer. Después lo acompañó en Boca, integrando un fondo de inversión desde el que compró jugadores para el club. Y en el 2007, con su amigo en el poder, fue asesor ad honorem del gabinete porteño, cargo al que renunció para poder seguir siendo contratista de la Ciudad de Buenos Aires. Tiene una de las empresas constructoras más grandes de la Argentina. Fue quien llevó el dinero (estimado en 6 millones de dólares) para pagar a los secuestradores. También quien ofició de testigo, en noviembre de 2010, de su casamiento con Juliana Awada. En el 2008,  quedó envuelto en una polémica relacionada al negocio del juego cuando Gabriela Michetti se negó a convalidar un polémico convenio entre la Ciudad y el Gobierno, que favorecía a Cristóbal López, empresario ligado a Néstor Kirchner. Las versiones indicaban que Caputo y José Torello habían sido los negociadores, en nombre de Macri, frente al Ejecutivo nacional.

José Torello: figura clave de Compromiso para el Cambio. Fue presidente del Pro y actualmente es su apoderado.

Pablo Clusellas: abogado y actual secretario Legal y Técnico del gobierno porteño. Es el hombre al que Macri más escucha a la hora de tomar decisiones vinculadas a nombramientos en la Justicia porteña. Su nombre ha sonado más de una vez para la Fiscalía General de la Ciudad.

Despegar de la familia

Con apenas 26 años, recién recibido de ingeniero civil en la Universidad Católica Argentina (UCA), Macri hizo una primera experiencia laboral en el Citibank y un año más tarde se incorporó al holding familiar, Socma, en el que pasó a desempeñarse como gerente general a partir de 1985, supervisando negocios tan diversificados como la construcción, a través de Sideco; la recolección de residuos con Manliba o la telefonía celular, rubro en el que empezaron a participar en 1989 a través de Movicom.

En 1992 pasó a ocupar la vicepresidencia de Sevel, y dos años más tarde, a los 35 años, se convirtió en su presidente. La compañía, que representaba la sociedad de Fiat y Peugeot para América latina, era la automotriz más importante de la Argentina.

Para todos, Mauricio era el “heredero”. Pero en su fuero íntimo, él no estaba tan seguro. Franco lo había empezado a llevar a obras de construcción desde los 5, a la oficina cuando tenía 12 y en viajes de negocios desde los 13. Le dio una formación y una carrera, pero nunca le delegó el poder real.

“Si papá me hubiese dado el espacio que yo necesitaba, seguramente me hubiera quedado en la empresa. Si los 30.000 empleados me hubiesen dicho ‘vos no te podes ir porque sos nuestro líder’, hubiera estado jodido. Pero éramos incompatibles, él empezó a destruir todo lo que yo hacía”, le confesó a Alejandro Rozitchner en el diálogo que prologa el libro “Estamos”, en el que junto a Marcos Peña (actual secretario general del gobierno porteño) compila historias de vida de los principales dirigentes del PRO, al cumplirse 10 años de su fundación.

La independencia del mandato familiar y la vocación por lo público tuvieron una primera gran escala en la presidencia de Boca Juniors, cargo que ocupó entre 1995 y 2007, pero del que no se despegó del todo. De hecho, el actual titular, Daniel Angelici, fue tesorero durante sus gestiones. Y si bien últimamente el jefe de gobierno porteño ha tratado de despegarse de los vaivenes futbolísticos (un consejo de su gurú electoral Jaime Durán Barba), en La Bombonera aseguran que sigue siendo el padre de la criatura.

“Mauricio no pensaba en Boca como un puente a la política. Quería conseguir algo por sí mismo. Y qué mejor que intentarlo en Boca, el club de sus amores. Intimamente seguro que moría por refregárselo a su padre, que siempre lo menospreciaba. Quería correrse de los mandatos familiares, quería hacer su propio camino”, explica una de las pocas personas con las que Macri sostiene lazos afectivos dentro de su círculo político más íntimo.

Durante su gestión al frente de Boca Juniors, el equipo obtuvo 17 títulos lo cual lo convirtió en el presidente del club que conquistó más títulos, desplazando al histórico Alberto J. Armando al segundo lugar, con doce. Boca fue considerado el mejor equipo de la década 2001-2010 en América del Sur según la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol.

Macri supo capitalizar políticamente estos éxitos. También mostrar que un club de fútbol no tiene por qué ser deficitario y vivir del financiamiento externo. Con todo este marketing encima, presentándolo casi como un postgrado de buen administrador, se decidió a trasladar esa experiencia a la administración pública. Además, él mismo reconoció que fue su mejor escuela: “Todo lo que sé de política lo aprendí en Boca”.

La primera derrota

A finales de 2001, la Argentina estalló en mil pedazos. La crisis que tumbó a la convertibilidad y se llevó puesto al gobierno de Fernando de la Rúa, provocó una fractura social y también una enorme desilusión con los partidos políticos. Mientras en la calle solo se escuchaba el clamor popular para que “se vayan todos”, Mauricio Macri decidía concretar su desembarco en la política.

Intuyó que no iba a haber un cambio real que dejara atrás ese abismo sin un compromiso individual. Su fantasía de hacer algo por la sociedad, dejando atrás la esfera privada para llegar a lo público y masivo no era nueva. “De chico ya me había enganchado con esto, leyendo la biografía de Mahatma Gandhi a los 17 años. A partir de allí empecé a leer la historia de hacedores de distintos momentos y lugares”, y en esa lista se sumaron personajes como Domingo Faustino Sarmiento, Winston Churchill y Charles De Gaulle, rememoró ante Rozitchner.

Si bien ya había simpatizado con la Ucedé, primero, y el menemismo, después, su primer paso concreto en la política fue el lanzamiento de la Fundación Creer y Crecer junto a Francisco de Narváez, un empresario que también tenía ambiciones políticas. De ese primer espacio de pensamiento macrista participaron José Torello, Pablo Clusellas, Jorge Azcarate, Doris Capurro y quien terminaría siendo la “sombra” de Mauricio y su eterno vocero, Ivan Pavlovsky. Desde este think tank se construyó su candidatura a jefe de gobierno, y empezaron a formarse los cuadros técnicos que darían sustento a su postulación, que recién hizo pública a  fines del 2002. Luego se fueron sumaron otros profesionales que terminarían nutriendo su gestión, como Néstor Grindetti, Gregorio Centurión (quien llegó a ser secretario de Medios y al que se vinculó con desmanejos con la pauta publicitaria), Daniel Chain, Eugenio Burzaco, María Eugenia Vidal, Mariano Narodowski, Soledad Acuña, Jorge Macri y Juan Pablo Schiavi, entre otros.

Pero como para hacerla realidad hacía falta un partido político, creó  Compromiso para el Cambio. La campaña electoral lo puso a prueba. La política no era lo mismo que el fútbol. Para acompañarlo en el debut el elegido fue Horacio Rodríguez Larreta.

A su compañero de fórmula lo había conocido en Los Nogales, la quinta que la familia Macri tiene en la localidad bonaerense de San Miguel. Allí los fines de semana se jugaba un campeonato de fútbol y el joven economista con posgrado en Administración de Harvard era de la partida.

“En los torneos de Macri se buscaba mantener cierto nivel”, recuerda alguien que participó en esas tenidas y que explica que para entrar había que ser expresamente invitado. Los Nogales tenía por entonces dos canchas de once y unos vestuarios dignos de un equipo grande de primera división.

Había dos campeonatos: el de Mauricio Macri, que jugaba de 9, y el de Mariano, su hermano. Los famosos, actores y futbolistas retirados, se nucleaban entorno del flamante político. Horacio ya venía trabajando en política hacía tiempo, había armado la fundación Grupo Sophia, y vio la oportunidad para arrimarle su gente. Estrategia que fue todo un éxito, a juzgar por el lugar que terminó ocupando en la fórmula. Y finalmente, en el gobierno.

Por entonces, la Argentina estaba a un paso de tener nuevo presidente. Carlos Menem y Néstor Kirchner estuvieron a punto de batirse a duelo en un ballotage que nunca sucedió. Un día antes de que el riojano decidiera bajarse de la segunda vuelta, Macri, incluso, le dio su apoyo a Kirchner. Una postura difícil de racionalizar en 2014, pero que entonces parecía obedecer a la cercanía del macrismo con el ex presidente Eduardo Duhalde, principal promotor del santacruceño. Si hasta hubo algunos dirigentes justicialistas que fantasearon con convertir al macrismo en el Frepaso del peronismo.

Resuelta la presidencial, llegó el turno de la ciudad. Compromiso para el Cambio tenía una alianza explícita con un sector del PJ porteño pero a último momento, instrucciones de Casa de Gobierno, pusieron a Alberto Fernández, jefe de gabinete y hombre K en Capital, a trabajar junto a su tropa para Ibarra.

En la elección del 24 de agosto de 2003, Macri obtuvo 37,55% de los votos, mientras que la fórmula por el entonces jefe de Gobierno Aníbal Ibarra y Jorge Telerman sumó 33,54%. Al no haber mayoría absoluta, hubo que ir a segunda vuelta. Y desde la Casa Rosada, Kirchner forzó la división del partido y apoyó a la dupla Ibarra-Telerman, que finalmente se impuso por 53,48% de los votos contra 46,52% de Macri.

La luna de miel de ese segundo mandato duró poco. El 30 de diciembre de 2004, durante un recital de la banda de rock Callejeros, un incendio en la discoteca República de Cromañón provocó la muerte de 194 personas. La Legislatura de la Ciudad no tardó en iniciar el juicio político contra Ibarra por considerarlo responsable político de la tragedia.

“Nos juntábamos todos los días en su oficina de Chacabuco al 800 a seguir el juicio contra Ibarra. Mauricio nunca se lo había bancado, odiaba que siempre que podía dijera que él era un outsider, y lo único que repetía era que ‘había que destruirlo’, recuerda un colaborador que participó de esos encuentros.

El enjuiciamiento terminó con la suspensión de Ibarra en noviembre del 2005 (recién renunció en marzo del 2006) y fue reemplazado por el vicejefe de gobierno, Telerman, quien se hizo cargo del sillón municipal. Macri estuvo entonces a favor de un pacto de gobernabilidad para que pudiera terminar el mandato.

A “aburrirse” al Congreso

Con la mira puesta en las elecciones legislativas del 23 de octubre del 2005,  Macri creó junto con Ricardo López Murphy, presidente del partido Recrear para el Crecimiento (que había salido tercero en la presidencial), la alianza electoral de derecha Propuesta Republicana, para la cual el publicista Ernesto Savaglio acuñó el nombre PRO. Con este sello se presentó a candidato a diputado nacional por la Capital, compitiendo contra Elisa Carrió y Rafael Bielsa. En esta elección Macri obtuvo el 33,9 % de los votos, mientras que Lilita obtuvo el 21,9% y Rafael Bielsa el 20,3%.

Para ese entonces, se sumó un personaje clave en la carrera política de Mauricio: el politólogo ecuatoriano Jaime Durán Barba, quien lo llevó a definir su identidad partidaria por una vía diferente. PRO empezó primero por identificar la demanda electoral, para definir en una segunda instancia sus alianzas. “Es más importante ver qué querés representar, qué querés ser, y después ver a quiénes sumás”, precisa hoy uno de los estrategas macristas.

Durante el año 2006, alternó su actividad como diputado en el Congreso Nacional con la presidencia de Boca Juniors.

Aunque de acuerdo al parte de asistencias del Congreso, todo indica que pasó más tiempo en el club. Según consta en los diarios de la época, en 2006, concurrió a 32 de las 51 sesiones y solo estuvo en 36 de las 280 votaciones. Y en el año 2007 se encontró ausente en todas las sesiones y votaciones de la Cámara de Diputados.

“Es un sitio en el que no se debaten ideas, las leyes son paquetes cerrados que envía el oficialismo y los legisladores son solo “levantamanos”, dijo tratando de justificarse.

Sin embargo, lejos de aburrirse de la política, fantaseaba con nuevas metas. Quería ser presidente. El problema era que Ricardo López Murphy, también. Y que, por entonces, Macri no “despreciaba” como el economista liberal al peronismo.

El 11 de julio del 2007, finalmente, oficializaron. A medias. Los líderes de Propuesta Republicana presentaron el plan de gobierno con el que aspiraban a ganar las elecciones de ese año. Inseguridad, crisis energética, necesidad de fortalecer las instituciones, fueron algunos de los ejes de su propuesta. Pero estaban pendientes las candidaturas.

Unos días más tarde, ya arrancado agosto, Macri  blanqueó su decisión de no ser candidato a presidente. Y presentó una rara estrategia electoral para las presidenciales de octubre, donde solo en Capital Federal, la alianza PRO apoyaría la candidatura a Presidente de López Murphy, quien integró la fórmula de Recrear para el Crecimiento con Estaban Bullrich.

En el resto de los distritos, los seguidores de Compromiso para el Cambio, tendrían libertad de acción. Una forma elegante de soltarle las manos al ex radical o de admitir, públicamente, que aún no estaba en condiciones de garantizar estructura a nivel nacional.

López Murphy, que también se había presentado en esta elección como candidato a diputado bonaerense, apenas obtuvo el 1,45 % de los votos.

“Con el Bulldog nunca funcionamos. Primero porque teníamos distinto diagnóstico y un distinto enfoque sobre cómo seguir adelante. Pero, sobre todo, porque él es muy dogmático. Venía con su librito de recetas, y no había forma de correrlo de ahí”, explica alguien que vivió de cerca esa alianza electoral con la que el macrismo hizo su primer ensayo de expansión.

El otro socio

La experiencia con López Murphy no había sido sencilla. Y dicen que para lo que se venía, Mauricio salió a buscar un nuevo socio político. En ese contexto se produjo su reencuentro con Francisco de Narváez. Juntos habían armado en los inicios la Fundación Creer y Crecer, pero el empresario de origen colombiano siempre creyó que era imposible acceder al poder sin transitar el sendero del peronismo.

En el 2003, el ‘Colorado’ ya hablaba como “un compañero”. Se había acercado a Eduardo Duhalde y en febrero de ese año llegaría a decir: “Me parece que de los tres candidatos del justicialismo, me siento más cerca de Kirchner”. Dos meses más tarde, financiaría la campaña de Carlos Menem.

En el 2007, la política los volvió a unir. Ambos estaban decididos a ir por todo. De Narváez disputó la gobernación bonaerense (acompañado por Jorge Macri), y Mauricio, otra vez por la ciudad. La campaña no fue sencilla. Los egos de ambos entraban en eclosión cada dos por tres.

De Narváez salió tercero, con el 14,9% de los votos, detrás de Daniel Scioli (Frente para la Victoria, FPV) que obtuvo 48,20% y de Margarita Stolbizer (Coalición Cívica, CC), que sumó 16,60%. Mauricio Macri, en cambio, festejó. Ese año su sueño se cumplió y después de tanto batallar, finalmente se alzó con la jefatura de gobierno porteña.

El impulso del triunfo, al que luego se sumó el áspero clima de confrontación que instaló la pelea entre el Gobierno y el campo, extendió esa alianza hasta el 2009. Con el sello Unión PRO, De Narváez lideró la lista de candidatos a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. Y esa fue su revancha. La lista obtuvo una ajustada victoria, pero consiguió ganarle nada más y nada menos que a Néstor Kirchner, logrando un total de 34,5% contra 32.3% de la fórmula del Frente para la Victoria. La coalición consiguió, gracias a este envión, 13 nuevas bancas al Congreso Nacional.

La primera gran victoria

Domingo 3 de junio del 2007. A las 21.05, la Justicia electoral difundió los primeros números oficiales. El búnker de PRO estalló. Mauricio Macri y Gabriela Michetti había obtenido el 45 por ciento de los votos. Había ganado la primera vuelta electoral para la jefatura de gobierno de la ciudad.

El escenario de Che Tango, en La Boca, a apenas seis cuadras del club desde el que construyó su imagen pública, lo recibió eufórico. «No vamos a cambiar. No vamos a agraviar. No vamos a hacer denuncias oportunistas. Vamos a seguir cerca de los vecinos. Hoy en Buenos Aires ganó el cambio. Cada vez estamos más cerca de que hablemos menos y hagamos más», dijo. Sus rivales sabían que no sería sencillo remontar la diferencia de 22 puntos que lo separaba de quien lo secundaba, Daniel Filmus. En tercer lugar había quedado Jorge Telerman.

Faltaban tres semanas para el balotaje. «Desde ahora, y no por las tres semanas que quedan [hasta el balotaje], sino para siempre, vamos a seguir trabajando. Nos comprometemos a compensar la confianza [del voto] con mucho trabajo y dedicación». También esta vez habló poco. «Ser breve es Pro», recordó ante un público vestido de amarillo, el color con el que Savaglio había teñido a la agrupación. A su lado, Michetti, su compañera de fórmula, lagrimeaba de emoción.

Entre los presentes se mezclaban Juan Carlos Blumberg, su amigo el ex senador Ramón Puerta, el rabino Sergio Bergman (hasta ese momento aliado de Elisa Carrió y de trato frecuente con Michetti), Ricardo López Murphy (socio político de Macri), el economista Carlos Melconian, el ex presidente de River Plate Alfredo Davicce, el senador nacional Ricardo Gómez Diez, el dirigente demócrata progresista Rafael Martínez Raymonda y todos los diputados nacionales y legisladores porteños de PRO.

Horacio Rodríguez Larreta, Cristian Ritondo, Diego Santilli, Jorge Macri y Daniel Amoroso, el núcleo duro de la campaña, no dejaban de festejar.

El domingo 24, Macri y Filmus volvieron a cruzarse. Y Mauricio le ganó al kirchnerismo. Néstor Kirchner fue entonces el padre de la derrota, había sido él quien impulsó a su candidato a seguir en carrera a pesar de la diferencia de votos por la que habían perdido en primera vuelta.

Haber compartido esta campaña con Gabriela fue toda una experiencia. Principalmente porque Mauricio no estaba acostumbrado a “trabajar” con mujeres. Así se lo hizo saber una vez por mail a su entonces vicejefa de gobierno:

“Vos me vas a tener que ayudar mucho. A mi me cuesta el codo a codo con mujeres. En las empresas de mi viejo, en Boca, siempre estuve rodeado de hombres. Y me doy cuenta que son distintas”.

La fórmula imbatible se había conocido hacía apenas cinco años en el living de la casa de Gabriela, donde ella le había armado, a pedido de Marcos Peña, una reunión con otras mujeres dispuestas a volver a creer en la política.

Los primeros problemas

La gestión de este primer mandato estuvo marcada por tres grandes obsesiones: devolverle autonomía a la Ciudad, poner en marcha las obras para dejar atrás el drama de las inundaciones y extender la red de subtes, una de sus principales promesas de campaña. También por algunos problemas políticos que lograron alterar su gobierno: la crisis del Parque Indoamericano y las escuchas ilegales a dirigentes opositores.

La pelea por la autonomía porteña lo llevó a un estado permanente de confrontación con el kirchnerismo. Macri había planteado que para combatir la inseguridad iba a redoblar la presencia policial. “Un oficial por manzana”, era la consigna. Pero el gobierno nacional no estaba dispuesto a facilitarle esa bandera al macrismo cediéndole el poder territorial que tiene la Policía Federal. Por eso, la puja terminó con la decisión política de construir desde cero una fuerza de seguridad propia: la Metropolitana. El armador del cuerpo de policía local fue el ex juez Guillermo Montenegro, quien pese a su experiencia política dejó abierto un flanco problemático: la elección de Jorge “Fino” Palacios y Osvaldo Chamorro como los dos primeros jefes de la Policía Metropolitana.

El comisario retirado Fino Palacios fue cuestionado desde un primer momento por su presunto encubrimiento en la causa por el atentado a la AMIA, como así también por su supuesta vinculación con los secuestradores de Axel Blumberg y por su participación en la feroz represión del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Pero también por haber sido, al igual que su sucesor, parte fundamental de un entramado de inteligencia que espió a legisladores de la oposición y derivó en el escándalo de las escuchas telefónicas.

Según la causa, ambos estaban al frente de la empresa «Security Strategic Consultancy SRL», donde se secuestraron los pedidos de informes hechos sobre los legisladores Silvia La Ruffa, Diana Maffía y Gonzalo Ruanova, además de uno por Patricio Datarmini, del gremio de Municipales.

El ejecutor de estas operaciones fue Ciro James, un espía contratado por Palacios. La investigación judicial reveló escuchas ilegales a Jorge Burstein (integrante de la Asociación de Familiares y Amigos de la Víctimas del Atentado a la AMIA), al cuñado de Macri, Daniel Leonardo; al empresario Carlos Avila; y a dirigentes de gremios docentes de la ciudad, entre otros.

Como James había sido nombrado dentro de la estructura del ministerio de Educción porteño, su involucramiento provocó la renuncia de su titular, Mariano Narodowski.

Mauricio Macri fue procesado en esta causa el 14 de mayo de 2010. Si bien el juicio oral es aún materia pendiente, y todo indica que será sobreseído antes por falta de evidencias, el gobierno nacional ha aprovechado su situación para descargar responsabilidades ante la decisión política de sostener en su puesto al vicepresidente Amado Boudou, también procesado. El resto de los imputados, tienen sus procesamientos confirmados, y está a la espera del juicio.

“Hay veces en que Mauricio se vuelve muy rígido con temas del deber ser, y termina defendiendo a muerte cosas o gente porque cree que no son justos los motivos por los que se las critica. Con el ‘Fino’ Palacios pasó eso. Realmente él creyó que era una interna entre servicios de inteligencia. Pero se equivocó al subestimar políticamente el impacto que iba a tener sostenerlo”, explica un funcionario del gobierno de consulta diaria con Macri.

Más allá del episodio de las escuchas ilegales, la Policía Metropolitana también quedó bajo la lupa a raíz de lo sucedido durante el conflicto por las tierras ocupadas del Parque Indoamericano, que a su vez puso de relieve otra asignatura pendiente de la gestión: dar solución a los problemas habitacionales.

Según el Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC), en ese momento unas 500.000 personas tenían necesidades de vivienda en la ciudad. La emergencia era la consecuencia inmediata del crecimiento pronunciado de asentamientos carenciados, por entonces, habitados por 150.000 personas. Del 2001 al 2010, la población en villas había tenido un crecimiento del 50%.

La toma por parte de un grupo de vecinos del predio de 130 hectáreas identificado como Indoamericano en la zona sur de la ciudad, tuvo lugar en diciembre del 2010, mes maldito para los argentinos si los hay. Villa Soldati puso de un lado a quienes ocupaba ilegalmente con sus modestas viviendas terrenos fiscales, y del otro a la policía.

El operativo de desalojo terminó siendo ejecutado por la Policía Federal, con la colaboración de la Metropolitana, luego de una larga discusión política sobre qué fuerza tenía la responsabilidad primaria del caso. La violencia, sin embargo, los asoció. Los incidentes dejaron un saldo de dos muertos por heridas de bala: Bernardo Salgueiro, habitante de la villa 20, Rosemarie Puja, pobladora del barrio Los Piletones. En julio pasado, la Justicia revocó el procesamiento inicial de 41 miembros de ambas fuerzas, y eximió de responsabilidad tanto a los jefes de la Federal como de la Metropolitana.

Con las inundaciones Macri había tenido otro gran dolor de cabeza. En febrero del 2008 la ciudad, sobre todo los barrios de Palermo y Liniers, había quedado bajo el agua tras una lluvia intensa de tres horas, período durante el que cayeron 60 milímetros. “La Ciudad quedó colapsada otra vez por la lluvia”, tituló Clarín. “Dos horas de fuertes lluvias colapsaron la ciudad”, eligió La Nación.

El macrismo conocía la situación de déficit de infraestructura. Durante la campaña se había comprometido a rediseñar conductos pluviales y a duplicar el presupuesto de obras. Pero la emergencia los obligó a apretar el acelerador. Cuatro años después estaba inaugurando, con la compañía de anteriores funcionarios que participaron del proceso de saneamiento de la zona, la obra de la cuenca del Arroyo Maldonado, con la que se evitará que se inunden los barrios de Palermo, Belgrano, Núñez, Colegiales. Se trata de la obra con túneles más grande en la historia de la Ciudad y por sus dimensiones todo un acontecimiento para la ingeniería civil. Sin duda, un hito y un desafío para el jefe de gobierno ingeniero.

Si bien hubo otras obras hidráulicas, la del Maldonado fue la más emblemática. Tuvo mucho que ver con la dificultad que existió para avanzar en los kilómetros de subte prometidos. El gobierno nacional boicoteó cada vez que pudo la firma de los avales para los créditos internacionales que financiarían la extensión de las líneas de subtes. Macri había prometido 10 kilómetros por año. Cuatro años más tarde, apenas había podido inaugurar 8,2 kilómetros. Que, además, según la oposición, fueron obras en las líneas H, A y B comenzadas en el gobierno anterior.

Otro debut de este primer mandato fue el de las bicisendas. Tras cuatro años de gestión dejó 65 kilómetros con 16 estaciones de alquiler, carriles de doble mano. Pero la frutilla del cambio en materia de transporte, sin duda, fue el Metrobus. El primero en estrenarse fue el de la avenida Juan B. Justo, que, según aseguraron desde la gestión oficial, redujo en un 40 por ciento los tiempos de viaje entre Liniers y Palermo.

“En esta primera etapa fue que se consolidó la obsesión de Mauricio por los tiempos. Realmente cree que es más importante que la plata… Es obsesivo de la puntualidad. Y por eso controla con lupa el cumplimento de los cronogramas de las obras públicas. También la puntualidad de sus funcionarios, a los que hubo un tiempo en que multaba si llegaban tarde a las reuniones de gabinete”, señala un integrante de su círculo de trabajo.

Franqueza extrema

A Mauricio siempre le costó procesar la relación con su padre. Es el mayor de cinco hermanos: él y los tres que le siguen (Sandra, Gianfranco y Mariano) son fruto del matrimonio de Franco con Alicia Blanco Villegas, y Florencia, la menor, de la relación con la psicóloga Cristina Grieffer.

Cuando su padre volvió a la soltería, cultivó un perfil de playboy que automáticamente forzaba una competencia con su primogénito por el atractivo y la juventud de sus novias. La rivalidad no se apaciguó, e incluso se trasladó a otros terrenos. Cuando siendo jefe de Gobierno porteño, la embajada de Italia le otorgó una distinción a Mauricio, su padre (nacido en la península) sacó de un bolsillo de su traje su propia condecoración, la Orden al Mérito en grado de Comendador que recibió en 1990, y le soltó: “Cuando tengas una así, hablamos”.

Franco jugó una a favor, cuando admitió ante la Legislatura que él había contratado a una empresa de seguridad para espiar a Daniel Leonardo, pareja de su hija Sandra, aunque sin saber cómo esa tarea terminó en manos de Palacios y Ciro James.

Pero también tuvo declaraciones inconvenientes para Mauricio, como cuando le desaconsejó que fuese candidato a presidente -para evitar que su familia sufra- o elogió públicamente al kirchnerismo.

El tiempo ayudó a que Franco adoptara un tono más neutro y hasta autocrítico. A los 83 años y con quince nietos, reconoce que para haberlo transformado en sucesor, él debería haber dado un paso al costado antes. Admite que lo superó en los terrenos en los que Mauricio se propuso crecer y hasta sostiene que también es mejor padre.

El lazo afectivo, pese a todo, sigue intacto. Cuando Franco no está en China haciendo negocios (que hoy supervisa una de sus ex parejas, Nuria Quintela, quien para ello estudió economía y aceptó vivir dos años en Beijing) se cruzan en Los Nogales o su hijo lo visita para asistir a una de sus clásicas partidas de bridge. Ese es el ámbito, privadísimo, en donde ambos se dan permiso para decirse todo lo que quieren directo a la cara.

La reelección

El amor regresó de la mano de Juliana Awada. La “hechicera”, como le dice su marido.Con ella, Mauricio volvió a creer que era posible cumplir todos sus sueños. Y hasta se animó a fantasear nuevamente con la presidencia. También con ser padre nuevamente (ya tenía tres hijos, Agustina, Jimena, Francisco con Ivonne Bordeu, su primera mujer). Si hasta se sacó el bigote. Atrás habían quedado dos relaciones truncas: su matrimonio con Isabel Menditeguy, que entró en crisis cuando él decidió ir a fondo con Boca y la política, y con la uruguaya Malala Groba.

Tal vez por eso, en marzo del 2011 y después de muchos intentos, al enterarse que efectivamente su pequeña Antonia venía en camino, decidió desacelerar su carrera. De hecho en mayo anunció que dejaría para otro momento su mayor ambición política. Prefirió cuidar lo que tenía, eligió ir por la reelección.

Como una estrella del rock, hizo el anuncio sobre un escenario circular armado en medio del salón del club 17 de agosto, en Villa Pueyrredón. “Se lo pedí prestado a Bono, de U2”, bromeó. Y arrancó: «Después de mucha reflexión y de mucho debate, estoy convencido de que el mejor lugar donde puedo aportar es desde la ciudad de Buenos Aires». Su entorno escuchaba desanimado la noticia. La sentía como una claudicación.

A su modo hasta se animó a un mea culpa. «Con mucho orgullo, con mucha humildad, les pido que me acompañen con este desafío que es la ciudad de Buenos Aires. Les pido que me acompañen a terminar lo que empezamos. Y les pido también que no tengan vergüenza en reconocer los errores, pero que estemos orgullosos de lo que hemos hecho. Sabemos mucho más de lo que sabíamos», dijo.

Una vez finalizada su intervención, su flamante esposa, Juliana subió al escenario. Macri la sacó a bailar. En los parlantes sonaba fuerte la voz de Gilda, la popular cantante de cumbia, entonando “No me arrepiento de este amor”.

La danza de nombres para definir quién lo acompañaría comenzó ni bien se apagó la música. Sonaban la entonces titular de Ambiente y Desarrollo Social, María Eugenia Vidal, y el titular del Ministerio de Espacio Público, Diego Santilli. Para con su joven ministra tenía una gran deuda de gratitud nacida a la sombra del conflicto en el Indoamericano.

Los globos de colores, las gigantografías y el fervor de algunos presentes –en su mayoría gente de mediana edad y de clara extracción de clase media- no alcanzaron para que los principales dirigentes del PRO digirieran el mal trago. Así, se pudo ver a un Horacio Rodríguez Larreta muy serio durante el acto y esquivo y nervioso a la vez con la prensa.

“Puedo ser jefe de Gobierno en 2015, soy joven y me pongo a disposición para hacer lo que se necesite”, dijo al término del acto el jefe de Gabinete. Y picó en punta. Gabriela Michetti, quien también soñaba con suceder a Macri en la ciudad, eligió el silencio. El reloj de arena volvía a correr para ambos. Néstor Grindetti, por su parte, trató de ser más comprensivo y optimista: “Pero si puede presentarse como candidato a presidente en 2015. Lo importante es ir construyendo una alternativa”, subrayó.

En julio de 2011, luego de un ballotage con Daniel Filmus, la fórmula Macri-Vidal obtuvo un contundente 64,25 % de los votos. Mauricio iniciaba así su segundo mandato. Esa misma noche, el teléfono celular del reelecto jefe porteño recibió un llamado muy especial. A las 20.30, Cristina Kirchner se comunicó para felicitarlo por el resultado.

La charla fue corta y formal. “Lo felicito, ingeniero”, le dijo. El dato lo reveló el ganador, quien confesó que la atendió en remera y calzoncillos, mientras trabajaba en su discurso triunfal. Desde ambos gobiernos sintieron que algo había cambiado. No hubo una convocatoria a trabajar de manera conjunta ni tampoco una invitación para verse, como sucedió en 2007 cuando Néstor recibió a Macri tras los comicios. Los analistas políticos no lo dudaban, detrás de la buena onda, CFK buscaba amigarse con un electorado al que debería someterse 14 días después en el ballotage.

Hoy, casi cuatro años después, desde el PRO se animan a hablar de dos etapas en la relación con la Presidenta. Una primera, de conflicto puro, en la que hasta Macri apelaba a la ironía, invitando a la jefa de Estado “a la inauguración del Teatro Colón, acompañada de su marido consorte”. Y otra muy distinta, tras la inundación de Semana Santa del 2013, donde murieron seis personas en la Capital y más de 60 en la ciudad bonaerense de La Plata. Tal vez porque el costo social y político golpeó por igual a macristas y sciolistas.

La primera foto de la tregua fue en el Tedeum del 25 de mayo último. Con el ex arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, convertido en el Papa Francisco, no había margen para continuar con los desaires. Después de ocho años de faltar, la Presidenta se hizo presente en la celebración religiosa por la fecha patria en la Catedral metropolitana. Y la foto no se hizo esperar. Cristina, Daniel Scioli y Macri estuvieron codo a codo en la ceremonia.

En junio del 2014 volvieron a juntarse. Fue para la inauguración de la autopista Arturo Illia. «Somos un equipo», aseveró Macri, quien fue el primero en tomar la palabra y en un discurso corto pidió a la Presidenta, que se encontraba a su derecha en otro atril improvisado sobre el asfalto, que «esta no sea la única vez que junto al Gobierno podemos llevar cosas a cabo».

Otra postal quedaba archivada. La que casi lo sube en Córdoba al frente opositor al gobierno constituido por José Manuel de la sota, Hugo Moyano, Francisco de Narváez y Roberto Lavagna. La que alimentó aún más las especulaciones. La que animó al Gobierno, tras el escenario planteado con la victoria electoral de Sergio Massa, a sugerir que prefería como opositor a Macri.

“Cristina se cree (Michelle) Bachelet. Y quiere que Macri sea su (Sebastián) Piñera”, explicaban entonces en los pasillos de la Casa Rosada tratando de trasvasar la realidad política de Chile a la Argentina. Y lo decían sin importarles cómo le caerían esas conjeturas al gobernador bonaerense, expectante con ser bendecido por la jefa de Estado como su sucesor.

En el entorno PRO no menosprecian el apoyo K. Todo suma. “Mauricio ahora si está listo para ser Presidente –dicen-. La eficiencia la dejó en manos de Horacio (Rodríguez Larreta) porque sabe que no es suficiente para ganar elecciones. Ahora le preocupa más el vínculo con la gente. Dejó atrás sus fobias. Cambió, evolucionó. Cada vez que vuelve de algún acto nos dice que tiene la cabeza llena de voces, de lo que le dice la gente. Y que por eso, esta vez, se va a animar”.

Esta entrada fue publicada en Edición online y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

5 × cuatro =