El PRO y Macri: la década ganada

(Columna de Pablo Avelluto, coordinador del Sistema de Medios Públicos de la Ciudad y parlamentario electo del Mercosur)

El PRO no es un partido programático sino un sistema, una metodología de  toma de decisiones, una propuesta que va más allá del lenguaje habitual de la política

Indiferente a los encuadres clásicos de los politólogos, el PRO, junto a sus aliados en Cambiemos, se apresta a llegar al poder en Argentina. Por primera vez un candidato que no es de origen peronista o radical es el favorito para ganar una elección presidencial. El dato es contundente y habla por sí mismo. Estamos asistiendo a una escena sin precedentes en la Historia Argentina.

La evolución de las ideas en torno al partido que lidera Mauricio Macri atravesó diferentes fases hasta llegar a su presente. Intentar su arqueología nos lleva a la gran crisis nacional de finales de 2001. Allí está el kilómetro cero de su camino. Fue en el marco de la Fundación Creer y Crecer, pocos meses después de aquel cataclismo, cuando un puñado de personas comenzó a imaginar un proyecto de poder real en Argentina.

Sin embargo, aquella visión inicial aún estaba dentro del marco de los territorios conocidos por las narrativas políticas de entonces. El paso evolutivo siguiente de una parte de aquel grupo fundacional, titulado Compromiso para el Cambio, aun podía ser encuadrado en la tradición ideológica de los partidos liberales, de centro y/o más o menos conservadores que frecuentaron nuestro pasado. El último de ellos que alcanzó algún grado de popularidad había sido la Unión de Centro Democrático (Ucedé), el partido fundado por Alvaro Alsogaray que cautivó a buena parte de los porteños en la segunda mitad de los ’80 para terminar entremezclado en la amplia red de consensos obtenidos a partir de la presidencia de Carlos Menem.

Pero aquella vieja referencia conservadora se mostró obsoleta poco tiempo después. Esto se hizo evidente en 2007, el año de nacimiento de PRO. Como para cualquier partido político, las cosas y las ideas cambiaron a la hora de gobernar. El aprendizaje del gobierno con sus riesgos, sus logros y sus errores fue el doctorado para Macri y sus acompañantes. Desafortunadamente o no, buena parte del periodismo y el mundo intelectual quedó atrapado por sus referencias ideológicas anteriores. Y siguió pensando a Macri y al PRO con las categorías clásicas: un partido de derecha, de centroderecha, conservador o liberal, en la curiosa acepción que el término tiene entre nosotros.

El segundo período de Macri como jefe de Gobierno marcó otro hito. A partir de 2011 el PRO consolidó su aprendizaje y mostró a sus votantes y a sus opositores la mejor gestión de la ciudad desde la sanción de la autonomía. No es algo menor y fue reconocido en comicios sucesivos, hasta el último, donde tras atravesar una elección interna, obtuvo su tercer período, ahora con Horacio Rodríguez Larreta al frente de la administración.

La incomprensión del fenómeno tuvo diversas características. A la visión de la intelligentsia se sumó el menosprecio de sectores antikirchneristas y, claro, el del propio kirchnerismo. Otra forma de incomprensión tuvieron los dirigentes peronistas enfrentados al Gobierno a partir del llamado “conflicto del campo” en 2008 que fracasaron en el intento de sumar al PRO a una liga panperonista. De hecho, la fantasía de transformar a Macri en el representante de una parte del peronismo recorrió buena parte de su biografía política, desde la ya famosa oferta de Eduardo Duhalde rechazada en 2003 hasta las invitaciones recibidas de diversos sectores expulsados del oficialismo a lo largo de los mandatos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner.

Mientras tanto, el PRO comenzó a pensarse a sí mismo de otra manera. El rol de Marcos Peña en este proceso no debiera pasar desapercibido. El partido abrió sus puertas a una nueva generación de integrantes, muchos de los cuales comenzarán a conducir municipios en el conurbano bonaerense. Por su parte, el triunfo de María Eugenia Vidal sobre Aníbal Fernández muestra la ampliación de su oferta de cara a la sociedad así como la diversidad y la potencia electoral de sus nuevas camadas.

En paralelo, el PRO comenzó a construir un nuevo mensaje. La política ya no fue vista como el escenario de los conflictos sino como escenario de sus soluciones. Lo que era señalado muchas veces como un discurso frívolo significó una ruptura con los componentes melodramáticos de la política. Una visión alejada de las miradas nostálgicas y decadentistas que tanto éxito tuvieron en nuestros modos de interpretar el mundo. El mensaje positivo del PRO, la voluntad por hacer, la proximidad, la innovación, la invitación permanente a sumarse derivaron en una idea optimista que va más allá de la política.

Algunos consideran este largo viaje como el primer hito de la pospolítica en la Argentina. Pero más allá de los rótulos, el PRO se alejó de las clasificaciones, los estereotipos y, muchas veces, de los prejuicios de sus intérpretes. Sus votantes actuales atraviesan diferentes tradiciones y temperaturas ideológicas, demostrando que el PRO no es un partido programático sino un sistema, una metodología de toma de decisiones, una propuesta que va más allá del lenguaje habitual de la política. Esto es algo que puede ser interpretado como ligero o menor. Pero para Macri, su equipo y sus votantes, representa un avance sustancial.

“No se puede llegar con los viejos mensajes y con las antiguas formas de comunicación a ese nuevo elector”, escribieron Jaime Durán Barba y Santiago Nieto en “Mujer, sexualidad, internet y política”, un libro de 2006 que fue poco leído en la Argentina y que contiene algunas de las claves para interpretar al PRO y a Macri. Lo nuevo nos avisa que finalmente el Siglo XX ha terminado, también en la política argentina.

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