El balotaje ya lo ganó la Corte

(Columna de Lucas Arrimada)

El balotaje y la derrota moral de sus adversarios públicos fueron dos buenas noticias para el Máximo Tribunal

1. Los resultados electorales del 25–O, con sus aspectos previsibles e imprevisibles, dieron como claro ganador institucional a la Corte Suprema. Por un lado, en lo respectivo a los aspectos previsibles, más allá del autoengaño con encuestas electorales de algunos y de una inteligente capitalización de errores ajenos de otros, el balotaje era un escenario muy difícil de evitar. Por otro lado, en lo que atañe a los aspectos más novedosos y sorpresivos, los recambios en la composición del sistema federal –en especial, la derrota en la provincia de Buenos Aires del FpV– y las nuevas fuerzas políticas con gobiernos municipales/provinciales generarán impactos simbólicos y transformaciones concretas en el sistema de partidos que todavía son difíciles de prever.

En ambas situaciones, el próximo mandato presidencial será de presidencialismo con legitimidad dual. Un modelo ejecutivo acostumbrado a una cultura de democracia delegativa y un Congreso con resistencias escasas pasará a uno fragmentado con –presumiblemente– más incentivos a la confrontación que a la cooperación y una liga de gobernadores expectantes. Todo ello impactará, sin duda, en el futuro rol de la Corte en el sistema político. Tendremos un modelo de presidencialismo fuerte y competitivo, con aires renovados pero con antecedentes constitucionales en el republicanismo autoritario, discursos de modernización pero con estructuras alberdianas y poderes de excepción –decretos delegados y DNU’s– constitucionalizados por la reforma de 1994. En esa coyuntura, la Corte podrá retomar un rol de árbitro institucional ante una posible vuelta a los incentivos de parálisis y lucha intestina extrema que el hiperpresidencialismo autóctono ha ejemplificado. A pesar de eso, en su propia órbita, la Corte podrá negociar con mayor autonomía su rol institucional tanto frente a un nuevo Gobierno como con el renovado Senado ante las obligadas designaciones.

2. El balotaje ya lo ganó la Corte. Puntualmente, la coyuntura del balotaje, políticamente polarizada y de empobrecimiento discursivo, le permitirá capitalizar la retórica de los derechos, sus aires progresistas de guardián republicano, y fortalecer su desdibujada imagen en dos planos altamente relevantes para su agenda: (1) el plano de la calidad institucional, y (2) el de sus decisiones estratégicas en el fin de mandato.

En el plano institucional (1) cabe recordar que la Corte ha aumentado más su capacidad comunicativa y su perfil público que su calidad institucional. Estamos ante una Corte que sigue manejando un presupuesto que la Constitución le asigna al Consejo de la Magistratura de forma directa y clara en Artículo 114 . Para eso, en el fallo “Rizzo” (2013), lo que hizo la Corte fue declarar constitucional la reforma que impulsara el Gobierno de Néstor Kirchner en los últimos meses del 2006 y que le terminó de dar todo el poder a la Corte en su guerra con el Consejo de la Magistratura.

Los defectos institucionales que tiene el Poder Judicial a nivel estructurales tienen corresponden con la debilidad política del Consejo de la Magistratura ante la Corte y con los diversos acuerdos para que esa debilidad confiera beneficios múltiples.

A los fuegos de artificios, con decisiones que quieran demostrar una distancia frente al Gobierno (2), no debemos olvidar que la Corte rara vez controló al Gobierno de forma directa. Por el contrario, su acompañamiento fue clave en todos los procesos de estabilización políticos y económicos posteriores al 2001–2003 (Derechos Humanos, devaluación, etcétera) y también en los más recientes acuerdos estratégicos como el fallo Chevron (2013) que permitió celebrar el acuerdo YPF–Chevron. Así, no es tan extraño que la Corte lo declaró de interés público diez días justo antes del balotage. Los expedientes son técnicamente diferentes pero los climas políticos también. La Corte no es independiente del tiempo de transiciones políticas ni de la coyuntura electoral y juega fuerte como un jugador político más en ese contexto. Los errores del oficialismo en ciertos intentos de subordinación institucional le han permitido capitalizar a la Corte pequeños actos de distanciamiento vocacional. Lejos estuvo la Corte de ser independiente. Así, ganó un aura de opositora que el propio oficialismo capitalizará en decisiones clave como el fallo “Clarín” (2013).

En el plano de sus decisiones confrontativas, la Corte estuvo muy tranquila hasta los días posteriores a la última elección. Quizás debido a que sus miembros estuvieron ocupados dando cursos de actualización del Código Civil que dictaron junto al oficialismo y cuyo análisis de constitucionalidad evaluarán desde la propia Corte. Una de las más extrañas innovaciones institucionales fue usar las instalaciones del Máximo Tribunal para dar cursos de capacitación sobre el Código Civil en este múltiple rol docente, académico, legislativo, doctrinario, político, mediático y judicial que cumple la Corte en su composición actual. La Corte necesita más audiencias públicas en temas de interés público y menos clases de derecho civil.

En conclusión, la Corte tuvo varias buenas noticias. La primera noticia fue el previsible balotaje. La segunda fue la derrota moral de sus adversarios públicos. Esa derrota se hizo evidente con el envío de dos nuevos pliegos para la Corte Suprema. Una medida tan desesperada como inútil en el marco de una segunda vuelta presidencial. Es claro que cualquiera sea el resultado, el futuro Presidente podrá establecer una nueva estrategia y nuevos candidatos para esos espacios (salvo que dicho envío exprese una propuesta para un futuro acuerdo político).

La democracia argentina entra, de esta forma, en un escenario de balotaje donde sus opciones son variantes de candidatos peronistas con composiciones e internas partidarias complejas. Hasta la Corte Suprema termina con un Presidente peronista con clara fortaleza política ante adversarios institucionales. Sacando al gran Genaro Carrió (1983–1984) y a José Severo Caballero (1984–1989), la Corte siempre tuvo a sus presidentes peronistas con diferentes tendencias pero nunca con una capacidad de construcción política más allá del propio Palacio de Tribunales.

En ese escenario, es poco probable que la Constitución y la propia calidad institucional, los frenos y contrapesos institucionales, ya débiles, de nuestra democracia delegativa, se fortalezcan. El balotaje entre la democracia deliberativa que quería Carlos Nino y la democracia delegativa que denunciaba Guillermo O’- Donnell lo ganó el significante vacío de la democracia populista de Ernesto Laclau. La democracia populista del futuro será peronista en su faz más liberal–empresarial o en su faz más conservadora–tradicional, y así se configuró ya en las opciones previas al balotaje.

El resultado electoral y el final de la campaña presidencial le dan a la Corte unas semanas más de protagonismo para actuar cómoda pero estratégicamente de cara a la definición de un ballotaje que la dejó frente a una victoria.

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