El balotaje en clave comparada

(Columna de Gabriel L. Negretto)

El principal sentido de la segunda vuelta no es votar en favor del mejor  candidato sino en contra del que se percibe como peor en uno o varios ejes de conflicto

Las reglas electorales se escriben pensando en la próxima elección y reflejan la correlación de fuerzas que las establecen. Desde que irrumpe en 1946 como fuerza electoral mayoritaria, el peronismo insistió siempre en que la elección presidencial debe ser directa y decidirse por mayoría simple de votos. Los opositores a esta fuerza política, sintiéndose minoritarios, bregaron históricamente por mantener una elección indirecta o exigir más del 50% de los votos para ganar la Presidencia. La formula que se creó en 1994 surgió precisamente de esas posturas encontradas en un contexto en el que nadie podía imponer su preferencia. No fue la mayoría relativa que quería Carlos Menem ni la mayoría absoluta que deseaba Raúl Alfonsín, sino una fórmula híbrida que permite ganar la presidencia con el 45% o con el 40 % de los votos (en el último caso mediando una diferencia de diez puntos sobre el segundo más votado).

Fórmulas similares, que podemos llamar de mayoría relativa “calificada”, existieron en América Latina desde la primera mitad del Siglo XX, y hoy la adoptan cinco países de la región. El principal efecto que buscan, y normalmente logran, es incentivar a los votantes a elegir estratégicamente entre los dos candidatos con mayor probabilidad de ganar en primera vuelta. En tan solo seis de las veintiséis elecciones presidenciales que se han llevado a cabo por estas fórmulas desde 1978, el candidato más votado obtuvo menos del 40% de los votos. Y aún en esas circunstancias, solo se recurrió a una segunda vuelta en cuatro oportunidades, sea porque a veces el ganador en primera vuelta previó su derrota y decidió abandonar la contienda anticipadamente (como Menem en la elección presidencial argentina de 2003) o porque la fórmula vigente permitía ganar con menos del 40% (como fue el caso de Daniel Ortega en la elección presidencial de Nicaragua de 2006).

Estos datos indican que la reciente elección presidencial en Argentina no es sólo atípica en la historia del país sino también en la región. Daniel Scioli, el candidato puntero, obtuvo el 37,08 % de los votos y el 22 de noviembre deberá competir en segunda vuelta contra Mauricio Macri, que quedó a poco menos de tres puntos de distancia. Esta fragmentación del voto tiende a ocurrir en tres circunstancias: cuando se divide el oficialismo (Argentina en 2003), cuando se divide la oposición (Nicaragua en 2006), o cuando surge una nueva fuerza política en un contexto de transformación del sistema partidario (Costa Rica en 2002 y 2014, y Ecuador en 2002 y 2006).

La dispersión del voto en la elección del 25 de octubre se produjo por una combinación de dos de estos factores: la aparición de un grupo oficialista disidente (el Frente Renovador) y el surgimiento de Cambiemos como nueva fuerza política a nivel nacional.

Pensar lo que puede ocurrir en una segunda vuelta nos brinda más casos para la reflexión, puesto que la misma es más frecuente cuando para ser elegido Presidente se exige más del 50% de los votos. Esta fórmula existe actualmente en ocho países de la región y ha sido implementada en 65 elecciones presidenciales celebradas entre 1978 y 2014. En 39 de esas elecciones (60% de los casos) se recurrió a una segunda vuelta. Esto nos da un total de 43 segundas vueltas durante este período. Consideradas en su totalidad, el ganador en esta competencia suele triunfar por un amplio margen (15% de votos en promedio). La razón de esto es que raramente el electorado se divide en mitades exactas a favor de dos candidatos (con posturas idénticas o estrictamente opuestas) que a su vez sumen proporciones similares de rechazo. Sin embargo, la polarización puede darse, como en la segunda vuelta que se celebró en Chile en 1999, en la que el candidato de centroizquierda Ricardo Lagos ganó por un margen de 2,6% sobre el postulante de derecha, Joaquín Lavín.

Por otra parte, los resultados en segunda vuelta tienen a confirmar las posiciones logradas en la primera ronda de elección. En tan sólo diez de las 43 segundas vueltas que se han realizado desde 1978 se invirtió el resultado de la primera. Esto ha ocurrido cuando el candidato puntero en la primera vuelta es el más preferido por una mayoría relativa de votantes pero es, al mismo tiempo, la peor opción para más del 50% de los que votaron por otros candidatos. De hecho, el principal sentido de la segunda vuelta no es votar en favor del mejor candidato sino en contra del que se percibe como peor en uno o varios ejes de conflicto, como ocurrió con Alvaro Noboa y Ollanta Humala en las elecciones realizadas en 2006 en Ecuador y en Perú. Es por esta razón que las campañas negativas florecen en este tipo de contiendas.

¿Qué nos permite anticipar este análisis sobre la elección del 22 de noviembre? Si la única o más importante dimensión de conflicto en la elección fuera continuidad versus cambio (o kirchnerismo versus antikirchnerismo) se podría pensar en un triunfo de Macri pues la mayoría de los votantes optaron por candidatos distintos del oficialismo. Sin embargo, y como es sabido, existen otros factores que pesan sobre el elector, sobre todo en aquel que en primera vuelta votó por Massa. Este elector podría ser averso al riesgo en función de una evaluación positiva acerca de su bienestar personal presente, valorar los años de experiencia en política, o quizás tener una identidad partidaria cercana al peronismo. Todo esto podría inclinar a un porcentaje imprevisible de electores de Massa a votar por Scioli. Tampoco es claro qué candidato genera mayor rechazo. En algunas encuestas anteriores a la elección, Macri tenía una imagen negativa levemente superior a Scioli, pero esto probablemente ha cambiado y seguirá cambiando hasta el 22 de noviembre. Es imposible aventurar un resultado.

Lo que es obvio es que tanto Juan D. Perón como Menem tenían razón en pensar que ninguna fórmula con segunda vuelta sería beneficiosa para el peronismo a menos que éste permaneciera unido o los dos candidatos más votados pertenecieran a esa fuerza.

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