Scioli y el voto esquivo

(Columna de Néstor Leone)

El candidato del FpV tuvo dificultades para capturar adhesiones en el electorado independiente. ¿Puede lograrlo en el balotaje?

Daniel Scioli fue el candidato más votado en las generales del 25 de octubre. Pero por debajo de las expectativas (y de lo que decían las encuestas). Y lejos, también, de cualquier ecuación numérica que le hubiese permitido evitar un riesgoso balotaje. Como contraste, la performance de Mauricio Macri acortó la distancia prevista a menos de tres puntos y convirtió el acecho en una situación promisoria para sus posibilidades. Con algunos hechos políticos relevantes como plus inesperados. Por caso, el histórico triunfo de Cambiemos por sobre el peronismo bonaerense y el anclaje territorial del PRO en varios de sus municipios más importantes, incluida su ciudad capital (La Plata).

Ese resultado en la provincia de Buenos Aires, precisamente, estuvo en el centro de los análisis posteriores. Porque el justicialismo gobierna el distrito desde 1987. Porque allí se concentra más del 38% del electorado nacional. Y, también, por el mote de “madre de todas las batallas” que el propio kirchnerismo le adosó. Las recriminaciones hacia Aníbal Fernández, en tanto candidato a gobernador poco taquillero, y sus efectos respecto de las chances de Scioli, generaron más de un contrapunto. Y, a su vez, dejaron en segundo plano otras aristas posibles en la evaluación de los resultados, menos territoriales y más atadas a cierta cosmovisión del voto. Por ejemplo, las dificultades que tuvo Scioli para capturar adhesiones en el electorado independiente. O, si se quiere, entre el votante ajeno a los clivajes más ríspidos de estos años, más volátil y menos ceñido a pertenencias terminantes. Propias o extrañas.

La posibilidad de conquistar porciones importantes de ese electorado, difícil de mensurar, más vasto de lo que se cree, heterogéneo por definición y determinante para construir mayorías, parecía ser el fuerte de su candidatura. Su puntal. Aquel aporte que el núcleo duro del FpV consideraba importante para ganar. Aquella suma posible que, en su carácter de minoría intensa, el kirchnerismo necesitaba para ampliar sus márgenes. No obstante eso, la fuerza que tuvo la idea de cambio, más allá de cualquier consideración que se haga al respecto (qué tipo de cambio, por ejemplo), recortó ese potencial. Para dejar varias incógnitas abiertas. Y más de un desafío de cara al balotaje. Para Scioli, sobre todo.

INTENSIDADES

El esfuerzo del kirchnerismo por construir mayorías está fuera de dudas. De hecho, nació privado de ellas, “gracias” a los oficios de una segunda vuelta trunca. Aquella que un Carlos Menem abatido le denegara en 2003. Maliciosamente, digamos. En un estadío todavía agudo de la crisis. Mucha iniciativa política a cuestas, creatividad por fuera de lo ordinario y vocación de poder convirtieron a esa legitimidad de origen menguada en legitimidad de ejercicio, y aquella autoridad presidencial erosionada en certezas de gobernabilidad. En esa búsqueda, los Kirchner marcaron agenda, resignificaron algunos términos, desempolvaron otros, generaron cambios progresivos, permitieron albergar a una pluralidad contradictoria de miradas y, creativos como pocos, intentaron construir mayorías vía transversalidad, concertación plural o asunción firme del timón justicialista. De todo un poco, según las circunstancias.

Las elecciones legislativas de 2005 les permitieron empezar a saldar esa deuda. Triunfo frente al duhaldismo mediante. Y las presidenciales de 2007, dar otro paso. Ya con Cristina como candidata. En ambos casos, la distancia respecto de los rivales sería la nota destacada (22 puntos en este último). Incluso, más allá de la performance propia. Y gracias a la fragmentación todavía dominante en la oposición. Mientras que el largo conflicto con el “campo”, en 2008, marcaría un punto de inflexión. En muchos sentidos. Por un lado, ofrecía visibilidad a una oposición social que, errante en su búsqueda y sin representación política significativa, encontraba un emergente que le permitía canalizar transitoriamente su rechazo al Gobierno. Por el otro, le daba a los Kirchner los contornos de una identidad propia, a modo de minoría intensa y consustanciada.

Las elecciones de 2011, a su vez, significaron el punto más alto de ese intento por devenir mayoría. Y una aprobación contundente de los aspectos virtuosos del ciclo. El 54% fue su marca registrada, con la venia extendida de amplios segmentos de la sociedad. Incluso aquellos que, dos años antes, los había penalizado con cierta severidad. Ese estado de la opinión pública, de todos modos, no pudo cristalizarse más allá de la coyuntura misma de esa votación. Y las legislativas de 2013 contribuirían a mostrarlo. La reafirmación de ajenidad que profesaron entonces segmentos importantes de los grandes centros urbanos y ciertas corporaciones y actores del eje más dinámico (y muchas veces regresivo) del capitalismo argentino llegaron tan pronto como se despejaron los efluvios de aquel festejo. Y tuvieron su impacto creciente en otros sectores.

EN JUEGO

El Gobierno de Cristina, no obstante, llega a su final de mandato con una imagen positiva para nada desdeñable. Ciertamente alta. Sobre todo, si se tiene en cuenta el carácter inédito de la extensión del ciclo político. Y las adversidades. Además, preserva ascendencia en el Congreso y entre sus filas partidarias, pudo conservar su rol de electora del espacio y la posibilidad de prolongar en el tiempo el “proyecto” todavía no está cerrada. Sabe que el nivel de rechazo a su fuerza es de mediano a alto y que aquella imagen positiva tiene dificultades para trascender, en términos concretos, los contornos de esa minoría intensa. La designación de Scioli, entre otras razones posibles, tenía relación también con eso. Con ciertas facetas en su perfil político que podían contribuir a ampliar esa adhesión ya consolidada. Con ciertas aptitudes para erosionar segmentos de rechazo entre ese voto lábil y entre aquellos electores volátiles ya desencantados.

Las elecciones generales, como se dijo, fueron más que un llamado de atención en ese sentido. Que al FpV le costó varios días procesar. La decisión de Scioli de mechar con más asiduidad la palabra cambio entre sus menciones a las continuidades deseadas (“soy el cambio sin los riesgos del pasado”, dice en su nuevo spot) habla de la forma elegida. También la reafirmación de su perfil, entre la moderación buscada, el consenso aludido y los diálogos invocados. Los “votantes de Sergio Massa”, así, de manera indiferenciada, aparecen como el principal objetivo. Y el debate cara a cara frente Macri, el domingo 15, quizá sea su principal oportunidad.

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