Chaco: una democracia dual

(Columna de Gustavo González)

En la provincia de Chaco conviven dos realidades: alternancia, Boleta Unica Electrónica y Tribunal Electoral de primer mundo con una realidad política interna del tercer mundo.

La aparición pública en algunos medios de comunicación del clientelismo en algunas provincias argentinas reabrió un debate necesario en torno a la calidad democrática en la región. Las imágenes no hicieron más que mostrar una realidad estructural de la política argentina: democracia de baja intensidad y sociedad anómica en un contexto de desigualdad social, pobreza, relativa baja legitimidad de los partidos políticos, y actores políticos poco propensos a autolimitarse en sus prácticas clientelares hacen de la política argentina un combo explosivo.

Si los primeros años de recuperación democrática obligaron a pensar intensamente en la consolidación de la democracia en la región, una vez logrado este hermoso rito de tener elecciones cada dos años, obliga a la ciencia política y a todos los actores involucrados en pensar en la calidad democrática. No es que las sociedades no aguanten democracias de baja intensidad, pero lo cierto que su degradación afecta al sistema en su conjunto.

Las elecciones de la provincia del Chaco dejaron una dualidad que merece ser observada. Allí conviven nuevos procedimientos con viejas prácticas políticas. La provincia del Chaco es una de las pocas en nuestro país que tuvo tres alternancias: en los primeros años de la democracia, cuando el signo político gobernante era la Unión Cívica Radical, en Chaco gobernó el justicialismo; en los primeros años del menemismo, fue la Acción Chaqueña a quien eligieron los ciudadanos y, en los últimos años de Carlos Menem, allí gobernó la UCR. Por último, con al advenimiento del kirchnerismo, parece haberse conciliado Gobierno provincial con el Gobierno Nacional del mismo signo político. Así, en este terreno, el Chaco es una vanguardia en la política provincial argentina, en donde prima la reproducción del poder partidario.

En la elección de septiembre de 2015, toda la Municipalidad de Resistencia, es decir, poco más de 200.000 chaqueños votaron con el sistema de Boleta Unica Electrónica, poniéndose en esto también en la vanguardia de las provincias argentinas en cuanto a método de votación. Un Tribunal Electoral altamente calificado, la publicación de los resultados electorales de manera efectiva y la presencia de observadores nacionales e internacionales le dieron a la elección un halo de legitimidad que otros no lograron en la región.

Estos avances en la calidad democrática conviven con un interior chaqueño en donde, a medida que se nos alejamos de la capital, florecen prácticas clientelares arraigadas y profundizadas en las regiones más pobres de la provincia.

En el área subprovincial es donde ocurren las fallas estructurales que convierten a los municipios en algunos casos en un sistema predemocrático. Y no por las prácticas clientelares tradicionales, si a esta se la entiende simplemente como una entrega de un bien, o un plan, a cambio de un voto. Sino por la omnipresencia del Estado municipal en lugares donde el empleo público se convierte en la única manera de sobrevivir, y aquellos que no trabajan directamente en el municipio tienen un familiar haciéndolo o son proovedores del municipio. Por una cuestión u otra, el intendente aparece como el controlador de las decisiones individuales de los ciudadanos.

En Chaco fueron 10 los municipios en donde el intendente ganó con más del 80% de los votos: Rio Bermejito (93%), Laguna Blanca (92%), Gral. Capdevila (90%), Samuhu (88%), Enrique Urien (85%), Gancedo (84%), La Tigra (82%) Charada, Ciervo Petizo, La Clotilde (80%) y he aquí adonde el sistema se convierte en predemocrático, o en un sistema de partido único en la praxis. Atribuirle este triunfo contundente a la entrega de dinero el día de la elección es cuanto menos reduccionista o absurdo. Es más bien un andamiaje permanente de control social sistemático en las prácticas de la vida cotidiana, en donde la dádiva es el aspecto más visible, pero no el más determinante.

Tomemos, por caso, el ejemplo de Don José. El nació en el municipio de Laguna Blanca, está convencido que obtuvo su jubilación gracias a la intendente, y que su hija trabaja de portera en la escuela gracias a la intendente, y que cuando se le cae una chapa acude a la intendente, y se la consigue. Y Don José sabe algo más importante: que el justicialismo siempre gobernó y gobernará en esa ciudad, que la intendente heredó de su padre ese lugar, y ahora lo será su hermano, y que oponerse al intendente trae consecuencias. Jamás se le ocurriría votar por otra persona y, es más, la única escuela secundaria que tiene el pueblo lleva el nombre de la Presidenta. Y si se muda al municipio de al lado, Colonia Elisa, se topara con que el intendente es el esposo de la intendente de su pueblo.

El concepto de “cancha inclinada” refiere a la ventaja estructural que tienen los oficialismos como maquinaria electoral para reproducir su poder. Aquí, Estado, gobierno, partido político y persona parecen confundirse. Todo manual de derecho político en donde explica los conceptos de institucionalidad y república caen en la práctica de la política argentina. Que en municipios del Chaco haya intendentes que ganen con el 90% de los votos es predemocrático, no competitivo, casi feudal. Allí, sin dudas, la democracia aún no ha llegado.

En la provincia de Chaco, entonces, conviven dos realidades: alternancia, Boleta Unica Electrónica y Tribunal Electoral de primer mundo con una realidad política interna del tercero. Es una condición necesaria seguir bregando por la calidad democrática porque, de lo contrario, perdemos todos.

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