Coaliciones, ¿para qué?

(Columna de Adrián Albala, investigador postdoctoral de la Universidad de São Paulo)

¿Cuáles son las motivaciones para crear gobiernos de coalición? ¿Son proclives a romperse precozmente y a generar ingobernabilidad?

La situación que está atravesando actualmente Brasil trae a la memoria de los argentinos momentos de los más sombríos de su historia política reciente. ¿Caerá o no caerá Dilma? De hecho, a la inestabilidad gubernamental ambiente se está sumando una posible inestabilidad política, y quizá democrática. La comparación con la salida rocambolesca de De la Rúa es, por ende, inevitable. Pero, de ahí a que la presidenta brasileña se suba al techo del palacio de la Alvorada y arranque en helicóptero, falta mucho.

Si bien los síntomas son disimiles entre las dos crisis, ya se estaría identificando un denominador, o responsable, común: la presencia de un gobierno de coalición. En efecto, el concepto de “coalición”, o su sinónimo “alianza”, rima en el imaginario popular y periodístico argentino, después de una única experiencia, con desorden, des-prolijidad e ingobernabilidad. Estos mismos adjetivos podrían perfectamente aplicarse al segundo mandato de Dilma. Entonces, ¿serán nefastas las coaliciones de gobierno, o en otras palabras, el presidencialismo de coalición es vector de inestabilidad?

Ya que este formato de gobierno se presenta como una de las alternativas posibles y creíbles después de las elecciones de octubre, aparece como relevante entender este fenómeno, entendiendo el ocaso de los matrimonios felices y de los divorcios coalicionarios.

Primero, cabe resaltar que hasta recientemente, los gobiernos de coalición en sistemas presidenciales eran considerados por la ciencia política como peligrosos, aberraciones, o epi-fenómenos con baja expectativa de duración. Asimismo, el caso argentino y el actual gobierno brasileño parecen confirmar esta desconfianza. El gobierno de la Alianza de De la Rúa duró once meses y terminó como sabemos. La coalición del segundo mandato de Dilma aguantó mal que mal hasta ahora (aunque ya se salieran dos socios “chicos”), pero ya se augura que para noviembre, en un extraordinario congreso del principal partido aliado al PT, y partido del vice-presidente -el PMDB-, se materialice un quiebre definitivo con el gobierno. Si bien los dos gobiernos enfrentarán escenarios socioeconómicos complicados, esto no sabría ser la excusa de las crisis experimentadas por estos gobiernos. De hecho, la Alianza se quiebra casi un año antes que estallara el corralito. Por otro lado, el mal desempeño económico actual en Brasil es fruto, en parte, de la (mala) gestión del gobierno Dilma.

Entonces, ¿los gobiernos de coalición son proclives a romperse precozmente y a generar ingobernabilidad?

Para poder contestar esas preguntas es preciso entender el contexto de estos gobiernos de coalición y, particularmente en el caso latinoamericano, la estructura institucional del sistema presidencial. Este sistema, al contrario de los sistemas parlamentarios, supone, al menos en América latina, la elección directa del jefe de Gobierno, que es al mismo tiempo el jefe de Estado. Por otro lado, el parlamento, tanto unicameral como bicameral, proviene también del voto popular, por lo que esta forma constitucional genera un estado de legitimidad dual, en el que los dos principales órganos de poder, el legislativo y el ejecutivo, se reclaman igualmente del voto popular. La principal diferencia, sin embargo, es que el presidente es, en general, elegido en una única circunscripción nacional, cuando la elección de los parlamentarios proviene, salvo en el caso del Senado uruguayo, de un voto distrital o regional. De esta forma, si un candidato no precisa del aval del parlamento para asumir como presidente, como es el caso en sistema parlamentar, entonces, ¿por qué un presidente buscaría “dividir” el poder con otros partidos? Dicho de otro modo, ¿cuáles son las motivaciones para la formación de un gobierno de coalición?

Antes de poder contestar a cualquier pregunta, precisamos, sin embargo entender qué es un gobierno de coalición.

Un gobierno de coalición es un gobierno formado por miembros provenientes de varios partidos (al menos dos) y que se materializa, en el legislativo, por un apoyo de las bancadas de los respectivos partidos cuyos miembros están presentes en el gobierno. De esta forma, un gobierno de coalición supone un reparto de activos y pasivos. Por activos, se entienden las carteras ministeriales y las parcelas de poder correspondientes. Por pasivo se entiende el deber de rendición de cuentas, derivado de la ocupación de las carteras. Dicho de otro modo, los partidos que acceden a formar coaliciones se benefician de las prebendas vinculadas al ejercicio del poder para poder implementar políticas públicas de su preferencia. Al mismo tiempo, los partidos, mientras estén presentes en la coalición, son responsables colectivamente por las decisiones políticas tomadas por el gobierno.

Por ende, el principio de reparto del poder es el principal atractivo para entrar en una coalición de gobierno. Los partidos pequeños o que no tienen una figura “presidenciable”, pueden negociar su apoyo en contra de alguna cartera. De la misma forma, el de reparto de responsabilidades es el principal motivo de quiebre de las coaliciones. Por ejemplo, en caso de un gobierno -o un presidente- con baja popularidad, crece la tentación de desvincularse de la coalición para no padecer del arrastre de la impopularidad del mandatario.

Pero, ¿por qué los presidentes procurarían dividir su poder si tienen la legitimidad de los votos?

Primero, dada la configuración dupla legitimidad de poderes generada por el sistema presidencial, un presidente precisa de una mayoría en el Congreso para poder aprobar sin mayor complicación sus proyectos de Ley. Pero, por el modo diferente de elección (a nivel nacional para el presidente, a nivel distrital o “provincial” para los parlamentarios), los resultados en términos de equilibrios de fuerza pueden resultar distintos. Asimismo, la procura de socios para la aplicación de un programa se vuelve necesaria cuando un partido no tiene bases sólidas en un territorio grande.

De esta forma, las negociaciones se hacen en torno a dos principales aspectos: i) las prioridades en términos de políticas públicas de los distintos socios y ii) las carteras ministeriales. Debido a la pluralidad de intereses y prioridades de los distintos actores, le consta al presidente saber aflojar en algunos temas y en el reparto de algunas carteras para poder garantizar el apoyo de los socios.

Si esta tarea no es sencilla, tampoco es tan ardua. De hecho, los gobiernos de coalición, en América latina, han sabido mantener un grado de estabilidad política y gubernamental. Cuando observamos las principales crisis políticas ocurridas en América latina desde la onda de re-democratización en los 80, o sea las intentonas de golpe de estado y las destituciones presidenciales, solo el 28% (6 de 21) de esas involucraron gobiernos de coalición, mientras que esta forma de gobierno representó casi el 50% de todos los gobiernos de la región. Dicho de otro modo, los gobiernos de coalición han sido involucradas, proporcionalmente, en menos ocasos de inestabilidad política que otras formas de gobierno (monopartidarios, de tecnócrata…). Asimismo, no hay fatalidad con las coaliciones de gobierno. Es más, en cuanto a inestabilidad gubernamental, la mitad de los gobiernos de coalición no conocieron quiebre alguno, y en el solamente el 14% de los casos (4/29) esos quiebres dificultaron la gobernabilidad del país. Las coaliciones de gobierno no sabrían, por ende, rimar mecánicamente con inestabilidad.

El tema es que todas las coaliciones no son idénticas ya sea en cuanto a los miembros, la composición de los mismos y, sobre todo, su “naturaleza”. Podemos dividir las coaliciones en torno dos grandes categorías típicas. Primero,  las coaliciones más “clásicas” según la teoría serían los matrimonios de “pasión” o coaliciones positivas en donde uno o varios partidos convergen ideológicamente hacia un programa común para la formación de un gobierno. Es de esperarse que estas coaliciones tengan pautado previamente los puntos de acuerdo y las políticas a ser desarrolladas. De la misma forma, se espera que en esos casos figuren, también, las líneas rojas para los socios, por las cuales o sin las cuales, la coalición se desintegraría. Un ejemplo de este tipo de coaliciones puede encontrarse en la alianza de Piñera en Chile (2010-2014), de Lula en Brasil (2003-2010) o el primer mandato de Santos en Colombia (2010-2014).

La otra gran categoría es la de las coaliciones “negativas” o de “razón”, cuyo principal razón de ser es la de vencer o desalojar un adversario común. Estas alianzas tienden a ser más heterogéneas ya que no se dirigen para algo sino contra alguien o algo. En los sistemas presidenciales, visto la incerteza de la elección del presidente, espera que esas coaliciones se formen antes de la elección, para optimizar las posibilidades de victoria y desalojo u victoria contra el adversario común. Se espera que esas coaliciones sean menos programáticas y que las pautas de acuerdo sean más laxas.  Es en esta categoría que se inscribe la Alianza que llevó a De la Rúa contra el menemismo y su heredero Duhalde.

En realidad, en sistema presidencial, los motivos para formar coaliciones no son estáticos. La gran mayoría las coaliciones tienen algo de “positivo” y de “negativo”, en esto que la mayor parte se organiza en torno de un proyecto común identificándose contra de una alternativa política que quieren vencer. Por ejemplo, en Uruguay las coaliciones entre blancos y colorados son a la vez el fruto de una convergencia ideológica (casi fusional) entre los dos partidos tradicionales del país, como una una identificación de los mismos contra el programa e ideología del Frente Amplio. De la misma forma, las nociones de coaliciones negativas o positivas suelen variar. Una coalición que nació como una reacción contra alguien puede, con el tiempo, conducir a una convergencia acentuada en términos ideológicos (caso de la Concertación en Chile). Por lo contrario, una coalición que nació como una convergencia ideológica puede, a su vez, volverse negativa como reflejo de conservación (en cierta medida el caso del segundo mandato de Santos en Colombia).

Finalmente, no podemos descartar los ocasos de coaliciones oportunistas en donde no se puede distinguir ni la convergencia ideológica ni el enemigo común, pero sí el interés por ocupar alguna franja de poder. En este caso se encuentran los gobiernos de Dilma.

En conclusión, el desempeño y la fortuna de un gobierno de coalición dependen en buena medida de la naturaleza de la alianza y del liderazgo del Presidente. Si no podemos descartar la ausencia de mayoría en el congreso, este elemento no sabría justificarlo todo. Consta al presidente de atraer o pasar acuerdos con nuevos partidos, con tal de vigiar al mantenimiento del acuerdo fundacional de la coalición. Asimismo, el fracaso de la Alianza, en Argentina, se debe en gran medida al liderazgo de De la Rúa que al privilegiar su partido y su círculo más intimo, no vigió a proteger su coalición. Lo mismo acontece con Dilma hoy.

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