Buenos Aires, la indomable

(Columna de Facundo Matos Peychaux)

Con 307.571 km2 de superficie y más de 16 millones de habitantes, la provincia de Buenos Aires es un problema de larga data para la política nacional.

Dividirla en dos, tres, cuatro provincias. Por regiones, por corredores, por sección electoral, unidas a la ciudad de Buenos Aires o separadas; crear mini-gobernaciones que descentralicen las demandas y la oferta de los servicios esenciales; mudar la capital del país a otra provincia para descomprimir el área metropolitana. Son varias las iniciativas impulsadas en la historia argentina para intentar domar a esa bestia de 307.571 km2 y más de 16 millones de personas que es la provincia de Buenos Aires. Ninguna prosperó. Y sin embargo, vuelven una y otra vez a colarse en la agenda.

LOS PROYECTOS

En la campaña previa a las PASO, fue el candidato a vicepresidente del radicalismo, Lucas Llach, quien hizo su propuesta y puso el tema nuevamente en agenda. Su proyecto consistía en la tripartición de la provincia: dos de esas partes incluirían parte del conurbano y partes del interior provincial, y una tercera, más extensa geográficamente, ocuparía el sudoeste provincial, la zona más rural. La Plata, Junín y Bahía Blanca serían sus respectivas capitales. «Eso acercará a los ciudadanos al gobierno provincial y al gobierno provincial a los ciudadanos, tanto geográficamente como políticamente, limitará la influencia irregular de su gobernador sobre la política nacional y atenuará la subrepresentación actual del distrito en el Poder Legislativo, lo que ayudará a que las nuevas provincias no sufran la discriminación negativa que hoy tiene la provincia en el reparto de fondos nacionales», dice en las bases de su propuesta. «Y beneficiaría a los partidos que quieran gobernar bien», agrega en diálogo con el estadista.

Sin embargo, no es la primera vez que existió un proyecto en este sentido. Ya en 1980, el economista y abogado Guillermo Laura, sugirió en un libro -y posteriormente, en 2003 en el lanzamiento de sus Metas para el año 2010- la creación de una Provincia del Río de la Plata que incluyera la ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense, separándola del actual interior bonaerense. La misma idea recuperó Raúl Alfonsín al promover la mudanza de la capital del país a la Patagonia y Carlos Menem durante su campaña para Presidente en 2003.

En 2010, Daniel Scioli envió a la Legislatura bonaerense un proyecto que contemplaba la subdivisión del distrito en «entre ocho y doce regiones más una Región Capital» con varias obligaciones: que ninguno tuviera más de 1,4 millones de habitantes, que incluyeran no menos de tres y no más de 25 municipios cada uno y que sus principales centros estuvieran a por lo menos 200 km de la CABA.

En este caso, sin embargo, no se trataba de crear un nuevo distrito sino de una jurisdicción intermedia entre los municipios y la provincia que se dirigiera «solo a ejecutar las políticas que defina el gobierno central», según el proyecto, con un representante del gobernador «con la capacidad de tomar ciertas decisiones sin pasar por el gobierno provincial en La Plata, en un intento por agilizar la gestión», como califica Florencia Ricchiuti, de la Fundación Directorio Legislativo. El proyecto obtuvo media sanción ese año en la Cámara de Diputados provincial, pero nunca llegó a tratarse en el Senado.

Actualmente, no hay ningún proyecto en ese sentido que tenga estado parlamentario ni en el Congreso Nacional ni en la Legislatura bonaerense, según confirmaron a el estadista desde Directorio Legislativo. No obstante, el tema está lejos de estar saldado.

Difícilmente cualquiera de estos proyectos pueda prosperar. Y sin embargo, lo que está claro es que algo hay que hacer. Los fundamentos de todos los proyectos están ahí y deben ser resueltos.

SUPERPOBLADA Y SIN RECURSOS

El 40% de la población (más de 16 millones de personas) vive en el 11% del territorio nacional. En el GBA (menos del 1% de la superficie del país) se concentran cerca de 10 millones de habitantes, en el interior provincial poco más de 4 millones.

A la concentración poblacional se corresponde una gran cantidad de déficits y para peor, una fuerte discriminación en el reparto de recursos provenientes del Estado Nacional. «Si bien la provincia es la que mayor cantidad de recursos recibe de Nación en términos absolutos, es también la que menor cantidad de recursos recibe por habitante. Así, mientras que la misma concentra el 38% de la población, el 34% de la población con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) y el 35% del PIB, entre 1992 y 2008 recibió entre el 19,9% y el 25,0% de los recursos federales dependiendo del año considerado. Tal situación se ha acentuado en los últimos tiempos ya que mientras que en la convertibilidad recibió en promedio del 23,9% de los recursos federales, en la posconvertibilidad sólo obtuvo el 20,8%», cuestionaba un informe de la gobernación bonaerense de 2010.

Según NOAnomics, entre los fondos coparticipables y las transferencias corrientes y de capital, en 2014 la provincia de Buenos Aires fue el segundo distrito que menos fondos recibió en relación a sus habitantes: $4.631 per cápita versus $8.832 del promedio país y $30.444 de Tierra del Fuego, la que más recibió en términos relativos.

Por eso, no se trata de un problema exclusivamente nacional sino eminentemente nacional. Para Fabio Quetglas, máster en Gestión de Ciudades y Desarrollo Local, el problema demográfico de la concentración de población en la provincia «se debe a que hay algunas regiones del país con un desarrollo débil que son exportadoras de gente que va a las zonas más dinámicas del país: el AMBA, Rosario o Córdoba». Para contrarrestar eso, dice, «hay que lograr un modelo de desarrollo de país que pueda retener la población y donde la migración sea una opción y no una condena. O la gente va al trabajo o el trabajo va a la gente, eso hay que discutir».

La concentración de población no alcanza a ser equilibrado por la subrrepresentación de la provincia en el Congreso, que a su vez crea nuevos problemas. A decir de Andrés Malamud, la provincia es hipertrofiada pero acéfala. «La hipertrofia la sufren los argentinos; la acefalía, los bonaerenses», señala. En la actualidad, cada diputado nacional por Buenos Aires representa a 222.777 personas, cuando Tierra del Fuego tiene un diputado por cada 25.238. En la Cámara Alta, la historia es igual: un senador por cada 5.198.142 habitantes de la PBA y uno por cada 42.063 en Tierra del Fuego.

CONURBANO

A todo esto, se suma el Gran Buenos Aires (GBA) como un problema en particular. Entre 2001 y 2010, la población que vive en los 24 partidos que rodean a la CABA creció un 14,9%, por encima de lo que había aumentado en las dos décadas previas pero por debajo del incremento registrado en la década que va entre 1970 y 1980. Desde 1970 a hoy, el GBA -así como la provincia toda- duplicaron su población, según los datos censales.

A todo esto, el GBA suma una particularidad más: la profunda heterogeneidad entre los partidos que lo componen. Esto hace que el gobernador bonaerense tenga que gestionar no solo para zonas rurales y para los 24 partidos del Gran Buenos Aires sino también para realidades muy disímiles al interior del GBA como las de Florencio Varela, donde el 17% de los hogares vive con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) y La Matanza, donde la tasa de analfabetismo (2,1%) supera la media nacional, y al mismo tiempo, la de Vicente López, donde estos indicadores dan resultados muchas veces aún mejores en que en la propia ciudad de Buenos Aires.

Por otro lado, por su peso electoral y su importancia para garantizar el dominio de «la calle», la política nacional depositó mucha atención en el área. Así lo entendió primero Eduardo Duhalde y luego Néstor Kirchner, quienes además comparten la particularidad de pertenecer al peronismo, donde el distrito suele ser central para asegurarse el liderazgo nacional del PJ. “Todo indicaría que para mantener la estabilidad del Gobierno Nacional hace falta tener el control de Buenos Aires”, concluye María Matilde Ollier.

Esto provoca, a su vez, una superposición de los niveles nacional, provincial y municipal, de la cual los intendentes salen beneficiados pero el gobernador, perjudicado. «Los jefes municipales han cobrado un peso importante en la política porque son la primera línea de depositarios de demandas por parte de los dos lados: de la población, pero también del Gobierno Nacional o provincial en momentos de crisis para ayudar a contener la situación social», describe Gabriel Kessler, director del libro El Gran Buenos Aires de la colección Historia de la provincia de Buenos Aires (Unipe-Edhasa).

Tal es así que los jefes municipales suelen tener más trato en Balcarce 50 que en La Plata. «El poder del dirigente político municipal de un distrito de 250.000 electores es el suficiente para evitar una mediación que no la considera necesaria ni buena. El intendente le muestra a su sociedad y a sus pares que tiene línea directa con Casa Rosada como una forma de mostrar poder y aunque Nación debería evitarlo, habla directamente con el intendente porque le queda más cómodo negociar con alguien con quien su dominancia es mucho más clara por cuanto el Presupuesto Nacional es cuatro veces el provincial pero 50 veces el de La Matanza», describe Quetglas. Frente a esto, el peso del gobernador queda aún más devaluado.

Estos motivos explican por qué las gestiones de los gobernadores bonaerenses han sido mediocres (o al menos así percibidas) y por qué las elecciones para el cargo despiertan tan poco interés. Una vez más, en las PASO el porcentaje de votos en blanco para esa categoría fue más del doble que para Presidente y el mayor o menor arrastre de arriba abajo fue a todas luces una de las principales explicaciones de los rendimientos de los candidatos a la gobernación.

Los proyectos para dividir la provincia de Buenos Aires difícilmente se concreten. Necesitarían como mínimo la aprobación de una ley en el Congreso Nacional y muy probablemente también una reforma constitucional. Y sin embargo, que el tema vuelva una y otra vez a estar en agenda no es muestra de otra cosa que de que algo hay que hacer.

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