El contexto global y la restricción e(x)terna

La situación mundial empeora aceleradamente y aumenta las dudas sobre la capacidad del país para conseguir las divisas necesarias para volver a crecer.

Las condiciones globales son clave para el desempeño de la economía argentina y éste, a su vez, fue, es y será determinante para la dinámica política vernácula: que el viento sople de frente, de costado o de cola no es neutral para el desempeño de nuestra economía ni para el devenir del oficialismo. La Historia así lo demuestra. El viento de cola apalanca a los oficialismos, y viceversa. Verdad de Perogrullo. Por lo tanto, posar la mirada sobre el escenario global siempre es importante y ayuda a trazar escenarios a futuro. Como venimos planteando hace unos meses desde estas páginas, la dirección del viento se está tornando aceleradamente cada vez más adverso para los intereses nacionales.

¿A qué nos referimos? Brasil está en recesión (la mayor de los últimos veinticinco años) y todo indica que allí seguirá en 2016. Es el primer dato a subrayar toda vez que se trata del país que recibe 20% de nuestras exportaciones (y casi 50% de las exportaciones industriales). Pero además de problemas en el nivel de actividad, es menester destacar la fortísima devaluación que está sufriendo su moneda. Esto, quizás más que el nivel de actividad per se, reduce su nivel de demanda externa debido a que aminora su capacidad de compra en dólares: los salarios, medidos en esa moneda, caen al compás de la devaluación y, por lo tanto, importan menos. Las exportaciones a Brasil, según el Indec, están cayendo 23% en el año, en línea con la retracción de su PBI medido en dólares.

Para peor, no se trata de una película aislada: en mayor o menor medida, esto mismo está pasando en toda la región, con quien el país también comercia intensamente. La Cepal y el FMI estiman un crecimiento de apenas 0,5% (en promedio) para las economías latinoamericanas en 2015. Y si ampliamos el foco, veremos que sucede lo mismo en otras regiones del mundo emergente y, sobre todo, en su locomotora: China. El Gigante asiático (que es, además, uno de los principales socios comerciales del país) crecerá en 2015 a la tasa más baja de las últimas décadas. Eso también explica, junto al fortalecimiento global del dólar, la tendencia bajista de los precios de las commodities. Es decir, el nuevo escenario global le pega a las exportaciones argentinas a dos bandas: por cantidades y también por precios.

Como en Brasil, las monedas emergentes se están devaluando (el yuan incluido), contracara del proceso de salida de capitales y ajuste del sector externo a una nueva realidad global que están sufriendo estos países.

En tanto, Argentina, como dice el economista Ramiro Albrieu, es un “pacifista obligado” en la nueva fase de la guerra de monedas. Con inflación alta, tiene poco margen para devaluar su moneda y absorber el shock externo. A la revaluación por motivos internos (el BCRA ha venido devaluando a un ritmo menor que la suba de precios) se le agregan, ahora, motivos externos: los emergentes se están depreciando. El resultado es que el país pierde competitividad-precio a dos bandas.

Resumen: nuestros socios comerciales están con menores niveles de demanda porque crecen menos y tienen monedas (es decir, poder de compra) más débiles, las commodities están por el piso (la soja, nuestro principal producto de exportación, está en los niveles más bajos de los últimos años), crece la aversión al riesgo en los mercados globales (que están pasando por semanas de mucho nerviosismo y ya se habla de la posibilidad de una segunda Gran Recesión) y, por la revaluación del peso a dos bandas, el país pierde competitividad-precio y se vuelve más caro con respecto a los demás (es decir, atrae menos inversiones y le cuesta poner su producción en el mercado global ya que se le complica competir por precio).

Los problemas de las economías regionales son un reflejo nítido de éstos problemas: mientras los costos internos suben al 30% o más, la demanda externa continúa anémica, los precios globales flaquean y el poder de compra del dólar oficial baja a nivel local por la revaluación del peso, las ecuaciones de rentabilidad se resienten y producir se vuelve cada vez más cuesta arriba. Por eso, muchos sectores reclaman un tipo de cambio más competitivo, es decir, más poder de compra para sus exportaciones.

Estamos en una tormenta perfecta cuyo final aún se desconoce y que podría ponerse peor una vez que la Reserva Federal de Estados Unidos normalice su política monetaria y, por ende, impulse el dólar a nivel global, ejerza una presión bajista adicional sobre las materias primeras, presione sobre las monedas emergentes y aumente la aversión al riesgo (los capitales volverían de la periferia hacia el centro).

¿Y LOS DOLARES?

Con una restricción externa cada vez más operativa (en criollo, no hay dólares) y con una prognosis muy desalentadora para el ingreso de divisas reales por los motivos antes citados (el saldo comercial de 2015 será el más bajo de la era kirchenrista), la gran pregunta es de dónde vendrán las dólares necesarios para financiar un crecimiento de las importaciones y, con ellas, de la economía en su conjunto.

Esa será una parte sustancial de la agenda del nuevo Presidente, sea quien sea: conseguir dólares para financiar un nuevo periodo de crecimiento. Tendrá varias opciones en el corto plazo, toda vez que ensayar un cambio estructural de la economía para hacerle menos dependiente de las importaciones y desatar un proceso sustitutivo, como pretenden muchos, no es factible en poco tiempo.

Veremos cuál de las opciones posibles (endeudamiento externos previo arreglo con los holdouts, una nueva devaluación, más swaps, IED, estímulos a la exportación, etcétera) elige el sucesor para conseguir las preciadas divisas y qué relato pergeña para contextualizar las medidas que aplique. El dato positivo es que todavía hay dólares en el mundo para tentar. El dato negativo es que cada vez son menos.

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