El peronismo después de CFK: ¿Una parte o el todo?

Movimientismo o partidismo, un dilema que perdura –y condiciona– la política nacional.

En uno de los paneles centrales del Congreso de Ciencia Política realizado en Mendoza, Juan Manuel Abal Medina, político y politólogo, reconoció que la gran asignatura pendiente que deja el kirchnerismo es la falta de partidos políticos fuertes y representativos (así, en plural). Resumió su exposición reseñando las trayectorias de las dos tradiciones que, a su juicio, conviven en discusión y tensión permanente en la política nacional: la democrático-popular y la liberal-republicana. Una tensión, dijo, “antagónica aunque complementaria” entre la tradición que motorizó las luchas populares por la justicia y la igualdad pero tendió a relativizar la relevancia de las instituciones, y la que desvaloriza los logros de los gobiernos populares y pone el acento en las libertades individuales, la división y el control de poderes.

Abal Medina homologó de inmediato a la primera con el peronismo y a la segunda con el antiperonismo. Y, por supuesto, al kirchnerismo y el antikirchnerismo como continuidad de ambas tradiciones respectivamente. Explicó a continuación que la gran tarea del kirchnerismo en el gobierno fue la recuperación de la política en la dimensión estatal ejecutiva, pero que falta aún reconstruir la dimensión partidaria y representativa. E indicó que la introducción de las PASO fue una “medida ortopédica” para promover la reconstrucción y el fortalecimiento de los partidos políticos. El final de su argumento nos aproxima a la instancia electoral de octubre: allí estarían compitiendo ahora las dos tradiciones contrapuestas: Scioli vs. Macri encarnarían la gran confrontación entre los herederos de Perón y los herederos de Roque Sáenz Peña y Carlos Pellegrini. Por primera vez desde 1912 un candidato que representaría a la tradición liberal republicana –el “centroderecha”– podría llegar a la presidencia en elecciones libres.

Dedicaremos esta columna a discutir esta interpretación de la historia rescatando, sin embargo, sus conclusiones. Es sabido que cuando el coronel Perón resultó consagrado como líder político en las históricas jornadas de octubre del ’45 alentó la formación del Partido Laborista como sello para alcanzar la presidencia por el voto popular en febrero del ’46. Luego de su triunfo ordenó la disolución del Laborismo en un Partido Unico de la Revolución Nacional, al que poco después se bautizará, liza y llanamente, como Partido Peronista. Desde entonces, movimientismo y partidismo convivieron conflictivamente dentro del peronismo.

Una revisión de estos treinta y dos años de democracia, además, nos muestra la persistencia de estas otras dos tradiciones en pugna: la movimientista y la partidaria, tanto fuera como dentro del peronismo. En 1983 parecía que la divisoria de aguas peronismo-antiperonismose había superado o, cuanto menos, desdibujado: Alfonsín encarnó un liderazgo presidencial que convocaba a una síntesis entre la tradición liberal-republicana y la democrático popular. La renovación peronista, liderada por Antonio Cafiero, acompañó la transición hacia un bipartidismo renovado. Carlos Menem dio vuelta ese tablero recogiendo la tradición movimientista a la que luego asoció a la economía popular de mercado –llamada luego “neoliberalismo”–. Al cabo de esa década, la Alianza de radicales, peronistas y socialistas propuso una salida socialdemócrata, pero su fracaso desembocó en el derrumbe del sistema de partidos que derivó en el alumbramiento de un neo-movimientismo antipartidos. El sistema político empezó a reconstituirse en el interregno de Duhalde hasta que Néstor Kirchner lideró la recomposición del presidencialismo. Pero la consecuencia de ello no fue la construcción de un nuevo sistema de partidos sino la recreación del movimientismo.

Así lo explica la psicoanalista y politóloga Nora Merlin: “En la Argentina es preciso diferenciar la perspectiva institucionalista, el Frente para la Victoria, de la construcción popular que emergió y se fue forjando como una nueva identidad. A partir del año 2003 en la Argentina se configuró un nuevo actor político: el pueblo kirchnerista. (…) El Frente para la Victoria y el kirchnerismo expresan dos dimensiones de la democracia, que poseen su propia legitimidad en los sentidos institucionalista y populista (…) Gobernar atañe a la democracia representativa, corresponde a los representantes del pueblo elegidos por la mayoría. Conducir refiere al líder del pueblo: ocupa ese lugar quien encarna la hegemonía popular. Cristina, líder indiscutida de la construcción, en el 2016 dejará de ser la presidenta, pero continuará con la tarea de la conducción del proyecto nacional y popular” (Tiempo argentino, 16/5). Desde otro ángulo, Maristella Svampa advierte sobre “esa tensión peligrosa entre una concepción plural y otra organicista de la democracia; entre la inclusión de las demandas y la cancelación de las diferencias” (Revista Ñ, 22/8).

Como vértice de este peronismo resiliente, el Frente para la Victoria se encuentra ante la misma contradicción no resuelta: ¿se prepara para ser la parte de un todo que incluya a aliados y adversarios? ¿O sigue pensando que su lugar en la democracia es el de la expresión política totalizadora de las mayorías populares contra las minorías antipopulares? En el cónclave de los politólogos, Gabriel Puricelli dejó flotando el interrogante: ¿Estaremos dejando atrás el “momento (Ernesto) Laclau” de esta etapa de la democracia argentina, el de un populismo que simplifica y resume la tarea política a la relación simbiótica entre pueblo y líder, para pasar a un “momento (Guillermo) O’ Donnell” en el que volveremos a pensar en la importancia de instituciones estatales y partidarias que permitan representar, organizar y canalizar la pluralidad de intereses y demandas?

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