Scioli y Macri, entre Gulliver y Ulises

El candidato del FPV queda en la delantera de la competencia electoral. Ahora, define el que más sume por fuera.

La primera etapa de la ‘Operación Gulliver’ fue relativamente exitosa. Cristina le sembró a Scioli el territorio con seis precandidatos oficialistas para competir con él en las primarias abiertas: el gobernador Uribarri, el legislador y ex canciller Taiana, los ministros Rossi y Randazzo, el jefe de gabinete Aníbal Fernández y el diputado Julián Domínguez. A falta de un candidato preferencial para sucederla y ante la comprobación de que el principal tributario de dicha vacancia era un potencial adversario interno, la estrategia fue esmerilar a Scioli rodeándolo de aspirantes “del palo” cuyo objetivo sería condicionar su candidatura, fijarle la agenda, marcarle la cancha e intervenir en las listas que se confeccionasen para las elecciones de octubre.

La estrategia del kirchnerismo saliente en ese tramo fue dividir para reinar y convertir a Cristina Kirchner en la gran electora y factor decisivo de la campaña. Cada precandidato tendría la misión de recorrer el país como “apóstol cristinista”, pregonar la necesidad de continuar sin apartarse de la senda recorrida en estos doce años y neutralizar al gobernador bonaerense al que consideraban un ariete del establishment. Contarían para ello con el aparato logístico y los recursos provistos por sus respectivas posiciones. Era la estrategia de atar a Gulliver en Liliput, recordando el libro de Jonathan Swift.

Pero Scioli permaneció indemne y vino entonces la segunda etapa: el acuerdo sellado entre la Presidenta y el gobernador, la colocación de Carlos Zannini en la fórmula presidencial y el sacrificio de la precandidatura de Randazzo. No habría competencia para dirimir la candidatura presidencial sino fórmula “de unidad” con un vicepresidente que se dispone a actuar como custodio de la continuidad; la confección de las listas, con los principales jóvenes escuderos “camporistas” proyectados al Congreso y la competencia por la gobernación bonaerense entre Fernández y Domínguez acompañados en las fórmulas por sendos garantes, uno por la Casa Rosada –Sabbatella– y el otro por el PJ bonaerense –Espinoza–. Scioli, mientras tanto, se dejó amarrar por izquierda y por derecha, apelando a su imagen de hombre de consensos. Sembró promesas y acuerdos, cosechó respaldos y logró torcer el discurso del kirchnerismo ortodoxo que lo miraba con recelo y prevención. Puso la cara en 6,7,8 y con Mirta Legrand. Exaltó el mensaje del papa Francisco y viajó a La Habana a reunirse con Raúl Castro. Se juntó con la CGT y con la Tupac Amaru, se rodeó de los gobernadores peronistas , reunió al PJ en pleno en Costa Salguero, integró y neutralizó a La Cámpora, cerrando su campaña con un espectacular acto en Tecnópolis. Allí marcó su impronta: “Puedo y voy a hacer lo que haga falta. Sostener lo que haya que sostener Profundizar lo que haya que profundizar. Cambiar lo que haya que cambiar. ¿Y saben qué? Lo voy a hacer a mi manera”.

También Macri pudo verse como un Gulliver en Liliput cuando formalizó su alianza electoral con la UCR y la CC para ir juntos a las PASO. Sus socios radicales y cívicos, al atarlo a ese territorio disperso pudieron instalar un centro de gravitación nacional en torno al cual agruparse, ordenar las situaciones provinciales y crecer. Las candidaturas de Ernesto Sanz y Elisa Carrió fueron el tributo a una coalición tan necesaria como forzada por las circunstancias. Algo parecido puede decirse del enlace por conveniencia entre el bonaerense Sergio Massa y el cordobés José Manuel De la Sota. Los resultados de las PASO indican que la lógica “coalicional” prevaleció, aunque en un escenario trinominal y no polarizado: no son dos fuerzas antagónicas las que quedan en posición delantera sino tres grandes coaliciones centrípetas, que compiten por el centro político: 40-30-20.

Ahora, en la etapa final de esta carrera, los “Gulliver” Scioli, Macri y Massa se deben desatar y transformarse en Ulises rumbo a Itaca. El héroe mitológico de Homero en La Odisea debía navegar por una peligrosa ruta de regreso de Troya, enfrentando las acechanzas y sorteando los obstáculos para llegar a tierra firme. Debía atravesar el peligroso estrecho entre Escila y Caribdis y hacer oídos sordos a los cantos de sirena, atado al mástil para alcanzar la meta. Para recorrer las semanas que faltan hasta el 25 de octubre, Scioli y Macri deben ahora soltar amarras y sumar sin perder lo que han obtenido.

Necesitan consolidar el piso que alcanzaron y agregar fuerzas para llegar primeros a buen puerto. Pero para ello deben también estar dispuestos a conceder espacios y ofrecer premios. No es tiempo para políticas mezquinas y autosatisfechas, no está garantizado el triunfo para uno ni perdida la carrera para el otro. El motonauta Scioli cuenta con mayores ventajas, empezando por la que le da esta “pole position” delantera. Pero el ingeniero Macri tiene un incentivo poderoso: sabe que sin ese apoyo adicional puede quedar rezagado en la primera vuelta y no llegar al balotaje. Por eso, debe ahora asumir que no es sólo el candidato presidencial del PRO sino de una construcción mayor, Cambiemos… y algo más: debe retener los votos de Sanz y Carrió y seducir a un electorado remiso, fuera y dentro del amplio arco peronista en todo el país. Scioli y Macri mostrarán en este tramo definitorio su capacidad para actuar como los presidentes que aspiran a ser. Deben ir en busca de los que no los votaron, en una carrera que tiene terceros en discordia: Massa, con De la Sota a su lado, cotizarán alto sus acciones, y pueden oficiar como diques, en una división del voto opositor que podría consagrar a Scioli en la primera vuelta, o como puentes para una eventual futura coalición de gobierno. Un final abierto y para alquilar balcones, en estas elecciones presidenciales 2015.

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