La estrategia naranja

(Columna de Sebastián Iñurrieta)

Cerca del gobernador bonaerense reconocen que deberán redoblar esfuerzos en la provincia y en Córdoba. El rol de CFK.

Este espacio tiene tres candidatos competitivos: Cristina, vos y yo. La afirmación electoral del FpV, jura Daniel Scioli que se la dijo Néstor Kirchner en su única visita a Villa La Ñata, poco antes de morir. Otra sentencia más a su favor, imposible de desmentir, que el gobernador bonaerense le atribuye al ex Presidente. Sin el patagónico y con una Cristina Fernández de Kirchner apartada por propia decisión de la campaña naranja desteñida, los 38,4 puntos de las PASO son mérito y responsabilidad, según cómo se calculen pensando en octubre, del único presidenciable del FpV.

Cerraron los comicios y, pasadas 48 horas, la Presidenta no envió ninguna señal pública a su heredero elegido (más por conveniencia que por amor sanguíneo). A pesar de tener un camarín especial preparado, no fue al búnker sciolista armado en Luna Park, escenario de una obligada convivencia que entremezcló al camporismo más acérrimo con la fauna naranja de farándula política. Asidua comentarista en las redes sociales, no lo felicitó por Twitter ni Facebook. Si bien lo llamó, contó Scioli, no lo invitó a visitarla a la Quinta de Olivos, como sí hizo con el binomio bonaerense triunfante de la agitada interna del FpV, Aníbal Fernández y Martín Sabbatella. El ex motonauta se fue a Italia sin verla.

La otra cara de la moneda, por esas primeras horas pos-PASO, Scioli prefirió recibir en su despacho porteño del Bapro a la fórmula derrotada de Julián Domínguez y Fernando Espinoza. En sus agendas quedaron claras las preferencias de ambos. En el comando de campaña sciolista temen que en los setenta días que restan para las generales, otro escándalo como el del triple crimen de General Rodríguez salpique al jefe de Gabinete.

El optimismo naranja los obliga a pensar, no obstante, que el votante mira ambos extremos de la papeleta (las categorías de Presidente y la de intendente). Misma esperanza depositan en los caciques bonaerenses que perdieron sus internas al caer en la trampa de regresar del massismo al kirchnerismo. Los casos más paradigmáticos: el fin de la dinastía en Merlo de Raúl Othacehé que comenzó en 1991 y Darío Giustozzi, que de aspirante a gobernador renovador quedó tercero al buscar la rere. “Se quedaron sin municipio ¿Qué les queda? Estar bien con el próximo Gobierno”, se preguntan y responden en la tropa naranja.

Con inmejorable performance en el norte, bastiones peronistas que podrían enseñarle a conservar el poder a los barones del conurbano y con números mejores que los esperados en sueños en Santa Fe y Mendoza, ironía mediante, el problema sciolista fue identificado en su propia casa, la provincia de Buenos Aires. Los 39,4 puntos en su propia provincia están lejos de guarismos anteriores del FpV en el mismo distrito: 53,35% en las primarias de 2011 y 45,9% de las generales de 2007. “Fue un piso”, prometen en el comando naranja, en el cual planifican un segundo tramo de campaña con énfasis dentro de sus propias fronteras.

Todavía el sciolismo no sabe si Cristina Kirchner tendrá un rol más activo. Confinada en la Quinta de Olivos, la teoría del pato rengo comenzó a hacerse realidad, más tarde que temprano. En la previa, con una reunión en la Casa Rosada, la Presidenta le había prometido a los gobernadores una presencia más activa en sus distritos. Así viajó al Chaco, a elogiar a Jorge Capitanich. Fue a La Pampa a respaldar al después derrotado en la interna peronista Oscar Jorge. A Scioli, más allá de sentarlo en cuanto acto pudiera, le dedicó una sola actividad (inauguración de la Ruta 6), incluso dándole el micrófono después de años de confinarlo al silencio en la agenda presidencial. Pero no llamó a votar por él. Apenas le dedicó un par de “Daniel”. En la seducción del voto “de centro, independiente”, tal como lo definen, el sciolismo agradece el paso al costado de la Presidenta, un corsé innecesario para fidelizar un universo K que se quedó sin otra opción en el cuarto oscuro.

A falta de CFK, la tropa sciolista piensa en Karina Rabolini, la bomba atómica electoral naranja. En el Luna Park, después de saludar al líder camporista Andrés “Cuervo” Larroque, el presidenciable recibió un llamado mientras hablaba con un puñado de periodistas. Era Capitanich. A la obvia felicitación le sumó un dato: en las tres localidades chaqueñas que había visitado su mujer, el desempeño K había sido impecable. El escrutinio confirma la hipótesis: entre sus últimas visitas de campaña, la presidenta de la Fundación Banco Provincia pasó por Villa Río Bermejito (Chaco) y su marido obtuvo 64,95%; en Iguazú (Misiones), 56,62%; en Bariloche (Río Negro), 39,97% y en Río Hondo (Santiago del Estero), 77,03%.

Con los comicios culminó la peor semana de una campaña en la que Scioli había sorteado con facilidad todas las piedras, disipando la acechanza de La Cámpora en su eventual Gobierno, beneficiado con el cambio discursivo de Mauricio Macri y la caída en las encuestas de Sergio Massa. A la denuncia contra el precandidato a sucederlo, se sumaron las lluvias que inundaron varias localidades. La asistencia de la jornada electoral fue menor a anteriores. Olvidando la inédita perfomance K de 2011, los naranjas miran el espejo de los comicios de 2007. En ellos, con 8.651.066 votos (200 mil más que ahora), Cristina Kirchner había ganado con el 45%. Ahora se impuso en 20 de los 24 distritos del país. En el intencional relato sciolista, destaca los 14 puntos que lo separan del jefe de Gobierno porteño, más que calcular por fuerzas (con 30%, el conglomerado Cambiemos quedó a 8). “No es seguro que todos los votos, por caso de (Elisa) Carrió o de (Ernesto) Sanz se queden ahí. Tal vez migren a Margarita (Stolbizer)”, analizan, auguran, desean.

Con la misma lógica y fe, el sciolismo se relame con los 1,4 millones de sufragios que el cordobés José Manuel De la Sota obtuvo en la interna de UNA. El operativo seducción ya comenzó antes de que se abrieran las urnas. El presidenciable K hizo un spot especial dirigido al electorado mediterráneo. En paralelo, le prometió al electo Juan Schiaretti cumplir el acta compromiso que había firmado con el derrotado aspirante K Eduardo Accastello. Los contactos entre los bonaerenses y las futuras autoridades ya generaron malestar en el aún mandatario, que en su discurso de derrota le prometió lealtad a Massa, su contrincante interno.

La lealtad, en términos peronistas, puede ser volátil.

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