El vice K

(Artículo especial para la edición online)

La Presidenta será candidata en las elecciones de octubre, finalmente.   La especulación del momento es sobre la figura del vicepresidente.  Han circulado numerosos nombres de posibles candidatos. En realidad, antes de todo debería realizarse una mínima reflexión acerca de lo que ha significado la vicepresidencia en los últimos ocho años y, recién a partir de allí, podrían pensarse los distintos nombres y las lógicas implicadas en su designación.

En primer lugar, el kirchnerismo ha tenido una definición muy clara de lo que considera que implica el rol de la vicepresidencia en el sistema institucional, tanto por las prácticas en el gobierno de Kirchner como de Cristina. La vicepresidencia es una figura de la cual se espera no sólo lealtad, sino subordinación y hasta obediencia. Cuando al principio del mandato de Néstor Kirchner su vicepresidente formuló críticas acerca de la nulidad de las leyes del perdón y la conveniencia de reacomodar las tarifas de los servicios públicos, sobrevino la reacción del ex presidente y el pronto alineamiento del Scioli.

Las posiciones críticas de Cobos respecto de numerosas políticas gubernamentales le valió una suerte de ostracismo del mundo oficialista y el calificativo de “traidor”. Además, el kirchnerismo le asignó a la vicepresidencia –teóricamente- el papel de ser representante del Ejecutivo en el Senado. No caben en su universo conceptual vicepresidentes críticos con algunas medidas de gobierno. Tampoco vices que pretendan desempeñar papeles en la órbita del Ejecutivo.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, la lealtad es el atributo esencial del candidato a vice y, por supuesto, mucho mejor si es una figura que arrastra votos. Es de suponer que “el vice leal” es más fácil de encontrar en los círculos más próximos a la presidencia. Ser gobernador –o ex gobernador- no resulta necesariamente un prerrequisito, aunque es por cierto valorable su experiencia ejecutiva previa y, fundamentalmente, el caudal de votos que podría arrimar a la fórmula. Tampoco resulta garantía suficiente la candidatura de un juez de la Corte cuya independencia es reconocida y valorada, pero que no encaja con los parámetros que la vicepresidencia tiene para el kirchnerismo.

En segundo lugar, cabe tener en cuenta que el vicepresidente, en esta ocasión, tendrá una enorme potencialidad futura: tendrá capacidad sucesoria. Esto significa que Cristina, en caso de ser candidata y de triunfar, tendrá un plazo fijo no renovable, salvo una eventual reforma constitucional. Pero su vice, en cambio, estará en una posición óptima para correr como candidato presidencial en las elecciones de 2015.

Respecto de la continuidad de la mandataria a través de una reforma constitucional se ha hablado de un posible viraje al parlamentarismo como mecanismo menos complejo que el logro de un tercer mandato o de la implantación de la reelección indefinida en el esquema de un régimen presidencial. Sin duda, en caso de prosperar la propuesta, el kirchnerismo marcaría un hito en la historia de las instituciones argentinas pues habría conseguido lo que muchos desearon e intentaron desde el siglo XIX.

Pero difícilmente con tal reforma se garantizaría una continuidad sin límites del presidente o, mejor dicho, del Primer Ministro. Sólo un ejemplo para ilustrar el concepto: de haber existido un régimen parlamentario, en ocasión del conflicto con el campo y el tratamiento de la 125 en el Congreso, el gobierno de Cristina hubiera estado en los umbrales de su caída. Los laberintos del sistema parlamentario y los efectos que conllevaría su implantación en el sistema político argentino, más allá de sus contornos teóricos, en realidad, son muy poco conocidos.

Por lo expuesto, el perfil del vicepresidente, desde una perspectiva kirchnerista, debería ser una figura política que sumara votos en el tramo electoral, que tuviera sobradas muestras y pruebas de lealtad, que estuviera cómodo en su puesto de presidente del Senado y que obrara como polea de transmisión de las políticas gubernamentales en ese espacio. Asimismo, el elegido no debería nunca dejarse tentar de pasar a un incipiente pero ostensible protagonismo, en caso de que el gobierno tuviera tropiezos de distinta gravedad.

El premio por este tipo de comportamiento podría ser -en caso de no resolverse la continuidad de la mandataria en los próximos años- el apoyo presidencial para la candidatura del vice a la presidencia en 2015. E incluso una conducta alineada con la presidenta podría tener su recompensa si Cristina obtiene la posibilidad de continuar en el poder. El premio podría ser, nuevamente, la vicepresidencia o bien otro cargo importante en el entramado institucional.

Y si la presidenta continuara con problemas de salud, la afectara severamente el agotamiento o el cansancio, o bien compitiera en el marco de una suerte de candidatura “testimonial” la figura de la vicepresidencia sería llamada, nuevamente, a su cita con la historia. De la elección de quien sea el vicepresidente en la oferta electoral del oficialismo, esta vez, podría depender la propia continuidad e identidad del proyecto kirchnerista.

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Amado vicepresidente |
9 años atrás

[…] escribió Mario Serrafero días atrás, también era de esperar una figura que simbolizara “no sólo […]

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