A 125 años de la Revolución del Parque

(Columna de Santiago A. Rodríguez y Fernando Casullo)

Las barricadas de aquel invierno de 1890 fueron un parteaguas de la Historia Argentina moderna.

Este 26 de julio será el centésimo vigésimo quinto aniversario de la llamada “Revolución del Parque”, verdadero parteaguas en el proceso de construcción institucional nacional. En efecto, el intento de golpe cívicomilitar (en ese estricto orden semántico) es uno de los hitos políticos fundantes de la Historia Argentina moderna, a partir del cual quedarían la paz y administración roquistas en la mira, hasta finalmente ceder el sillón de Rivadavia recién en 1916. El segundo Gobierno de Roca, de hecho, contendría en su agenda una mayor presencia de cuestiones sociales y sería más afín a las preocupaciones surgidas en las calles sublevadas de aquel día (como atestigua el famoso informe Bialet Massé y nuestro artículo «Argentina año 100 D.R. (después de Roca)»). En 1890 se inició, así, una larga agonía del PAN. Zorramente demorada, pero inevitable. Las revoluciones radicales de 1893 y 1905, los conflictos del Centenario y la Ley Saénz Peña de 1912 son todos momentos que no pueden comprenderse de forma completa sin atender la amalgama política que se sellaría en las barricadas victorhuguescas de aquel invierno de 1890.

Mito fundante para radicales y socialistas, única revolución burguesa en estas pampas para comunistas y prueba perfecta de la ilegitimidad del país liberal burgués para los revisionistas. En fin, interpretaciones para todos los gustos y colores de un objeto actualmente desdibujado en los trazos gruesos del relato nacional. Con la Revolución del ‘90 pasa lo mismo que con muchas de las efemérides de los años del Orden Conservador: presentes en la academia pero ausentes, desde hace rato, de las vitrinas del gran público. Asimismo, es difícil escribir hoy sobre la Revolución del Parque, cuando quienes deben velar por ese grial han dejado de protegerlo y sólo languidecen bebiendo de él.

Ahora bien, repasando tanto los acontecimientos que le dieron forma al 26-J, como sus consecuencias, no hay lugar para no poner en valor su relevancia. Suerte de 17 de octubre del Siglo XIX y Día de la Lealtad de los sectores medios, podría señalarse que estamos frente a la primera vez que la protesta social ganó la calle de la forma que tan común sería en el futuro: en 1890 encontramos el antecedente necesario de las manifestaciones del Siglo XX. Es también la primera de las sublevaciones sin ese olor inconfundible a guerra civil que encontramos desde los conflictos de 1874 y la federalización de Buenos Aires en 1880. La madre nodriza de la famosa política en las calles sobre la que tanto tematizó la historiografía argentina tras la recuperación democrática. En aquellas jornadas afiebradas del ’90 se cocinaron muchas de las claves de una sociedad magmática que, cerrados los conflictos intestinos de organización del Estado, se daba paso al conflicto social con una dimensión mucho más clasista que territorial.

AGLUTINADOS FRENTE AL ESPANTO

Podríamos también decir que la Revolución se trató del intento por parte de un grupo de prohombres que, albergando una profunda expresión de descontento ante el Gobierno de Miguel Juárez Celman y frente a la imposibilidad de llegar al poder por vías democráticas, no encontraron otro modo de expresar su rechazo al férreo control del Estado por parte del Unicato que intentar derrocarlo. Una parte importante de aquellos críticos acérrimos al Gobierno se caracterizaban por una marcada juventud. Debe recordarse la famosa carta de Francisco Barroetaveña (un apellido un poco menos conocido del elenco revolucionario, pero no por eso menos relevante) “¡Tu Quoque Juventud!, en tropel al éxito” en el diario La Nación de agosto de 1889. Esta fue una verdadera crítica a sus pares de clase por la parsimonia con la que observaban a la élite juarista concentrar y abusar del poder y uno de los puntos de inicio del proceso: desde su publicación, sólo mediaron once meses hasta el estallido, de las gargantas primero (en el acto del frontón) y del Gobierno después.

El big bang cívico no fue sólo materia de creación: hizo las veces de punto de partida pero también de llegada, como suele ser de rigor en acontecimientos de este tipo. Quienes participaron de los febriles acontecimientos de aquel año eran la resultante de una compleja serie de interacciones sociales de largo aliento. En efecto, el reclamo que encontró su base urgente en la crisis económica de la Baring Brothers, tuvo claves más amplias en la conformación de una clase dirigente más afecta a lo que hoy, pomposamente, llamamos política moderna. Un verdadero dream team participó de los sucesos: apellidos de alto impacto como Mitre, Alem e Yrigoyen resultaron la columna vertebral de una insurrección que aunó a cívicos, socialistas, católicos y demás experiencias políticas y sociales. La mejor muestra de ese complejo ideario lo encontramos, a grandes rasgos, en el manifiesto que firmaron Alem, Del Valle, Demaría, Goyena, Romero y López aquel día de invierno.

Es en ese escrito en el que se traslucen muchas de las complejidades que acompañaron a esta fecha: “El país entero está fuera de quicio, desde la capital hasta Jujuy. Las instituciones libres han desaparecido de todas partes; no hay República, no hay sistema federal, no hay gobierno representativo, no hay administración, no hay moralidad. La vida política se ha convertido en industria lucrativa (…) El único autor de esta revolución, de este movimiento sin caudillo, profundamente nacional, larga, impacientemente esperada, es el pueblo de Buenos Aires, que fiel a sus tradiciones reproduce en la Historia una nueva evolución regeneradora que esperaban anhelosas todas las provincias argentinas“. (Manifiesto de la Junta Revolucionaria en 1890, 26 de junio 1890, Leandro Nicéforo Alem, Aristóbulo del Valle y otros).

Al observarse con detenimiento la urdimbre que se gestó previo al ’90, aparecen interesantes pistas para entender no sólo los posicionamientos sobre el Gobierno de Juárez Celman, sino también respecto de la cuestión social, el PAN, el pasado nacional previo a la Batalla de Caseros y varios asuntos más. Comprobamos cómo la gesta de 1890 fue también la primera explosión tras una década de silencio de los derrotados en el proceso de las últimas batallas entre la Confederación Argentina y Buenos Aires. La derrota porteña había dejado heridas profundas que no terminaban de sanar. Así, en el manifiesto de la Junta Revolucionaria, se denunciaba junto con la corrupción a la desarticulación del régimen federal y se adjudicaba la autoría al pueblo de Buenos Aires todo, mostrando los viejos alsinistas republicanos que la federalización de Buenos Aires no había sido olvidada pese al paso del tiempo. Cabe incluso recordar que Juárez Celman era el gobernador electo de Córdoba cuando Carlos Tejedor y los suyos lo capturaron en el marco de las luchas por la elección presidencial de 1880. Pudo liberarse y enviar tropas en apoyo a Roca, pero quedaron inscriptas en su propia historia personal las tensiones entre Buenos Aires y el interior. Nuevas cuentas con viejas facturas se pagaron en ese movido año 90.

PANICO Y LOCURA EN EL PAN

Cuesta creerlo, pero Miguel Angel Juárez Celman fue el décimo Presidente de nuestro país, aunque el segundo tras el antes y después que significó el final de los conflictos intestinos en 1880. Miembro destacado de la élite roquista, tenía vuelo propio (llegaba como gobernador de la provincia de Córdoba) y aleteó con más fuerza cuando, al asumir la Presidencia de la Nación, también se hizo cargo de la jefatura del Partido Autonomista Nacional. Icaro mediterráneo, su propuesta de gobierno llegó a ser conocida con el sonoro nombre de Unicato. Mucho más desconfiado del sufragio universal que su antecesor, Juárez Celman construyó un armado territorial ambicioso más enraizado en las provincias que en la Capital (desde donde no tardaron en hacerse oír los viejos y nuevos reclamos). En esta senda de consolidación periférica es como se produce la más polé- mica y ambiciosa de sus apuestas, la Ley de Bancos Garantidos. La misma permitía a los bancos provinciales emitir y tomar deuda en oro sin mayores controles, que luego no podrían afrontar, generando desconfianza y pánico bursátil. La máquina cívica para el asalto se hallaba en funcionamiento ya cuando la Argentina entró en cesación de pagos con la Baring. Así Icaro llegaba finalmente al sol republicano.

En el primer semestre de 1890 hubo elecciones, que no contaron con la participación de la Unión Cívica. El clima era inestable, con una fuerte ejecución del sistemático fraude, la celebración del 1° de mayo con los cívicos tomados del brazo encabezando la marcha y una galopante crisis económica. Realizados los contactos militares, incluida la Logia de los treinta y tres oficiales (entre los que se encontraba José Félix Uriburu), necesarios para doblegar al Estado Nacional, sumado el apoyo del general Manuel Campos, hombre fiel a Mitre pero que fuera asistente de Roca en la Campaña del Desierto, el escenario para lanzar la revolución trocó el protagonismo de los jóvenes alcanzados por Barroetaveña, que pasaron a un segundo plano, mientras que mitristas, alsinistas y republicanos, hombres del ’77, pasarían al frente.

Cuando todo estaba listo, días antes de la fecha asignada para el golpe, el 18 de julio, el general Campos fue detenido y acusado de conspiración. La mano del Roca, dada la sucesión de eventos que se darían el 26 y la relación existente con Campos, fue señalada en esta intervención. A tal punto se entrelazaban las redes de poder que en las lecturas posteriores sobre el conflicto las acusaciones de connivencia entre distintos actores de la élite siempre estuvieron presentes. Sobre la posibilidad de que hubieran habido intenciones menos confesables que la civilidad, en 1891 Deolindo Muñoz, director del diario El Municipio, directamente señalaba que Roca se había servido de la “Guardia Vieja” (por el mitrismo) y del ídolo del civismo (por el bueno de don Bartolomé) para sus apetencias políticas en contra del juarismo (esas turbias relaciones seguían activas en la convención de los cívicos de ese año y de las que nos encargamos en nuestra anterior columna “La UCR y la otra Convención”).

Pese a estas sospechas, una vez liberado, Campos convencería a Alem de seguir adelante con el plan. El 26, las boinas blancas, con el respaldo del crucero “La Patagonia” que bombardeaba el Parque del Retiro, asaltaron el Parque de Artillería, tomaron balcones, levantaron cantones y barricadas en las bocacalles y se abroquelaron en torno a los cimientos de un Teatro Colón en construcción en Plaza Lavalle, en posición defensiva. bajo órdenes de Campos y críticas de Alem, pudiendo avanzar hacia Plaza de Mayo, en las 48 horas que durarían las escaramuzas.

Con Juárez Celman en un tren fuera de la ciudad, el tándem Roca-Pellegrini tomó el control de la situación, por ende, devolviendo el país a la senda iniciada en 1880. Reducida la revolución, rendidas las boinas, los muertos camino a su panteón en Recoleta (lo que decía mucho del origen social de los involucrados), fue cuestión de tiempo para que el Presidente regresara a la Ciudad a presentar su renuncia. Derrota pírrica para la revolución como sintetizó el senador por Córdoba Manuel D. Pizarro: “La revolución está vencida, pero el Gobierno está muerto”.

FUIMOS TODOS

Si bien la Revolución llegó a las calles de manera aluvional y movilizó a sectores de la sociedad que ya habían comenzado un incipiente proceso de organización sindical (el primer Día del Trabajador vernáculo fue conmemorado aquel año), en el balance general es claro que pesaron más la experiencias previas, incluso anteriores a 1880, y las redes familiares en la organización e impulso del asalto al Parque de Artillería. La élite en consolidación no quedaría indemne frente a las tensiones producidas por la modernización roquista y sus límites. La política ya estaba hace rato en las calles, pero sus transeúntes se repetían.

Sin ir más lejos, el Presidente al que se enfrentaron los contendientes, Juárez Celman, era concuñado del anterior, Julio Argentino Roca. Eso no implicaba cariño alguno y, de hecho, eran enemigos íntimos y cabezas de sendos armados políticos y territoriales en un espacio como el PAN, que tenía poco lugar entonces para liderazgos bifrontes.

Estos ejemplos no son exclusivos del partido de gobierno: recordemos, por caso, que Leandro N. Alem, puntal de aquella protesta, que cambiara su nombre en un intento de tapar el pasado mazorquero de su familia, sumó a su sobrino al armado cívico, factotum de la UCR desde 1903, Hipólito Yrigoyen. Los Valjean y Javert de esta historia, pero con finales, de alguna manera, trocados. Nuestro novel Estado Nacional contaba con una clase dirigente donde aún pesaban más los árboles genealógicos que las ideas.

Mantener oculto este hito en la historia del gran público, acompañando a la sombra que se cierne sobre todo el período que comprende la etapa posterior a Caseros hasta 1916, nos aleja del momento en la que los resortes, tornillos y cimientos del país fueron establecidos.

Todo lo que vino después trabajó, innovó y desarrolló a partir de esa base. No darle el espacio que merece en el debate público es similar a no reconocer a Sandro como figura fundante del rock nacional. En otras palabras, un sinsentido.

Los cívicos no llegarían al Ejecutivo hasta 1916, cuando buena parte de los protagonistas de la revolución, de ambos bandos, ya habían fallecido. Estos no estarían para traspasar el cetro de la historia a sus continuadores. Esto se repetiría, como suele suceder, cuando Yrigoyen, Alvear, Lisandro de la Torre, Juan B. Justo y Barroetaveña, por nombrar algunas de las figuras más relevantes, tampoco estarí- an presentes para el traspaso a la próxima generación política, demorado esto, esta vez, por el interregno de la década infame. La repitencia, tragedia o farsa, es otro tema

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