El liderazgo de Scioli

(Columna de Jonathan Mulki)

¿Cuáles son los rasgos idiosincrásticos y el estilo personal del gobernador de Buenos Aires?

Para analizar el liderazgo político en una democracia de baja institucionalización, como la de Argentina, se necesitan más variables que la sola dimensión institucional. Las instituciones importan, pero no son suficientes. Los líderes son una suma de facultades personales, tienen una historia determinada y no se los puede analizar en el vacío: todo líder lo es en una circunstancia, circunscripto a una contingencia puntual que él busca gobernar pero que a su vez funciona como molde para que construya su propia identidad.

De esta manera, pensar en las características del candidato presidencial del FpV es no solo analizar su rol como gobernador, sino su biografía y su historia política. ¿Cuál es el estilo personal del gobernador de Buenos Aires? La respuesta es dual: por un lado, ha construido una imagen y un discurso público de consenso, diálogo y respeto a las instituciones (que, a su vez, le ha permitido desmarcarse de las formas kirchneristas puras) y, por el otro, sus rasgos personales más notorios son la excesiva minuciosidad en el trabajo y la tendencia a controlar las situaciones.

Daniel Scioli tiene tres grandes rasgos biográficos que han penetrado en su vida política: el ser hijo de empresario, su condición de deportista exitoso (y a la vez accidentado) y su vínculo con el mundo del espectáculo. Durante la década kirchnerista estos tres rasgos fueron variando en intensidad acorde al nuevo clima de época que se iba sedimentando. En una sociedad traumatizada por los efectos del libre mercado y con un discurso del Gobierno ubicando a la intervención del Estado como un nuevo valor a defender, Scioli fue atenuando su imagen de empresario privado y su vínculo con el mundo del espectáculo, elementos asociados a la cultura de los años ’90. En cambio, convirtió al deporte en un elemento central de su identidad política y en una herramienta de socialización y acercamiento al electorado masivo. La superación de su accidente y la conversión de la imposibilidad de tener un hijo con su esposa en una importante Ley de Fertilización Asistida son elementos que colaboran en la construcción de una imagen de superación personal y perseverancia individual. A su vez, otro elemento que se convirtió en una pieza cada vez más fundamental de su liderazgo es la religión. Durante su primer mandato en la provincia de Buenos Aires se había pronunciado reiteradas veces a favor de la Iglesia y de su prédica. En 2011 fue noticia al lanzar un spot de reelección denominado “Yo creo en Dios”, en el que se lo veía en misa con Karina Rabolini. Con el nombramiento de Francisco, Scioli terminó de ubicar a la religión como un elemento central dentro de su discurso. Si el deporte opera como una herramienta de socialización, la religión es utilizada por el gobernador como una forma de extraer máximas que se convierten en valores éticos. Ambas herramientas construyen un imaginario de la buena vida de las masas y lo distinguen del estilo kirchnerista, abocado a la defensa del “modelo” y del rol social del Estado. Deporte y religión son, por lo tanto, elementos fundantes de la estética peronista del sciolismo: inclusión social a través de parámetros éticos tradicionales.

Pero las características personales del liderazgo de Scioli no se agotan en su personalidad. El es, como todo hombre, el resultado de un devenir histórico o, mejor dicho, de un devenir peronista. Pese a que en realidad fue Raúl Alfonsín, muy cercano a su padre, quién lo convenció de incursionar en política, durante los años ’90 y 2000, Scioli trabajó bajo el liderazgo de tres grandes personalidades peronistas: Menem, Duhalde y Kirchner. Del primero rescata la capacidad de liderar el partido y unificar el movimiento, cosa que distingue muy bien de lo que fue su agenda de reformas económicas. En el caso de Duhalde, Scioli aprendió la importancia de la territorialidad del conurbano, es decir, el manejo de la provincia. Kirchner y el kirchnerismo fueron el contexto político en el cual Scioli pudo poner en práctica los saberes generacionales acumulados, ejercitando dos capacidades complicadas de articular entre sí: lealtad y distanciamiento. Para observar esta mezcla de identidades políticas basta con prestar atención a la composición de sus gabinetes, por donde pasaron duhaldistas, kirchneristas, miembros de movimientos sociales y de derechos humanos. Scioli ha evolucionado de aquel ex funcionario duhaldista que ocupaba la vicepresidencia en 2003 y criticaba la nulidad de la Ley de Obediencia Debida y Punto Final, al candidato a continuar el modelo kirchnerista.

Cabe preguntarse ante esta biografía e historia peculiar, ¿puede considerarse a Scioli como un clásico caudillo peronista? La respuesta es sí y no. Su evolución política no es la propia de un caudillo. Scioli no representa un genuino liderazgo provincial de abajo hacia arriba: llegó a la gobernación de Buenos Aires como candidato del Gobierno Nacional y construyó un liderazgo de arriba hacia abajo. Este año abandonará su provincia sin un delfín a través del cual maneje su administración. Sin embargo, así como aprendió a ser kirchnerista durante el kirchnerismo y a tamizar su historia menemista y duhaldista al punto de volverse invulnerable a ella, Scioli también aprendió el oficio de caudillo, en especial a lo que refiere a alianzas con otros gobernadores y a construirse a sí mismo en candidato a presidencial pese a la voluntad contraria de gran parte del Gobierno.

El líder no existe en el vacío. Es hijo de la circunstancia en la que vive. Scioli sabe eso y responde: “Los liderazgos extraordinarios de Néstor y Cristina son inigualables”. Eso no quiere decir que él se considere inferior al matrimonio Kirchner, sino que el contexto del 2015 no será el de 2003, que reclamaba la aparición de un líder fuerte, con decisión, para dirigir el necesario proceso de cambio. Lo que el 2015 solicita es un liderazgo estable y previsible que garantice la supervivencia de un camino ya elegido. Siguiendo la analogía que se suele hacer con la religión desde la sociología para estudiar los liderazgos políticos, los profetas del kirchnerismo ya dieron su paso por la tierra: Néstor ha muerto y Cristina no participará formalmente en la política. Ante esto, el movimiento necesita la continuidad por medio de un sacerdote que le imprima institucionalidad. La distinción entre profeta y sacerdote es la mejor manera de entender el proceso de rutinización que atravesará el kirchnerismo, como sostuvo Scioli en agosto del año pasado: “El país no necesita un revolucionario, sino un continuador”. Desde esa lectura, la sucesión en Scioli puede, en el largo plazo, garantizar la supervivencia del kirchnerismo como movimiento que vive más allá de la mortalidad de sus presidencias fundacionales

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El liderazgo de Scioli | Central de Noticias La Rioja
5 años atrás

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