Todo está como era entonces

El panorama está frizado a nivel interés de la opinión pública y también en términos de acontecimientos políticos.

Como esos “motivadores” que en los plateau televisivos alientan a aplaudir a los espectadores, los analistas tratamos –infructuosamente– de que “la gente” se digne a darse cuenta de que está inmersa en un proceso electoral para elegir al que colocará en el Sillón de Rivadavia para endilgarle la culpa de todo. Encuestadores se encargan de exprimir una naranja por ahora bastante seca y sus preguntas sobre intención de voto son contestadas con la misma atención que un interrogante sobre cuál sería la reacción de uno si se despertara una mañana en Saturno.

Todavía todo está frío, muy frío, y las especulaciones se basan en fotos de un electorado que va detrás de la política. Se ve palmariamente en los movimientos de los referentes locales, verdaderos oteadores del futuro político, en sus garrochazos para un lado y para el otro en la difícil tarea de sobrevivir electoralmente (tarea en las que no le va mal si vemos la impresionante rate de reelecciones a ese nivel).

Y, la verdad, es que este calentamiento de elecciones por doquier, tampoco aporta novedades noticiables como para tener un impacto real sobre las elecciones nacionales, a pesar de los esfuerzos de llevar agua para uno u otro molino de los “motivadores” respectivos. Como en la poesía de Olegario Víctor Andrade que estudiábamos en la escuela, “todo está como era entonces, la casa, la calle, el río…”.

Algo similar ha sucedido en las elecciones previas, ajustadas a las encuestas serias. Los oficialismos ganaron la elección en Río Negro, Santa Fe y la oposición ganó, como se descontaba, en Mendoza. Lo que sucede es sencillo y, por eso, dramático: el tipo de cambio ha destruido las economías regionales y especialmente afecta a aquellas provincias que no “disfrutan” de una magnitud de empleo público que compense abajo el parate económico. En muchas provincias los productores parecerían cosechar la cantidad estrictamente necesaria para volcar la producción a la ruta y hacer piquetes de protesta.

La devaluación que realizó Juan Carlos Fábrega antes de ser renunciado fue enteramente deglutida por la inflación, y el respiro no alcanzó siquiera a que las economías provinciales reptaran hasta el tiempo electoral. En aquellas provincias gobernadas por un partido diferente al FpV (Río Negro, Santa Fe y Córdoba, pudieron implementar un pararrayos para zafar del vendaval, y los oficialismos quedaron reelegidos. Claro que en las provincias más rezagadas, y gobernadas en nombre del FpV, la magnitud del empleo público compensa abajo las penurias económicas, y sólo afectan a la parte superior que total es opositora por definición. Caso típico, La Rioja. En donde gobernó el FpV y el empleo público no alcanzó para aliviar los problemas, el oficialismo perdió. Es lo que sucedió en Mendoza. Se verá lo que sucede en Tucumán y Jujuy, donde la oposición deposita las mayores expectativas de cambio.

No se dio, entonces, ningún batacazo que pudiese alterar el panorama bastante estable que presenciamos. Por ejemplo, batacazo hubiera sido que en Córdoba Oscar Aguad le ganara a Juan Schiaretti o que Eduardo Accastello saliera segundo, pero más allá de las consabidas operaciones encuesteriles previas, se dio el uno, dos y tres lógico.

Batacazo hubiera sido que en La Rioja, el radical Julio Martínez quebrara una hegemonía peronista que se extiende desde los tiempos de Arturo Illia, y que pese a las esperanzas opositoras no se dio. También batacazo hubiera sido que después de toda la campaña negativa que Martín Lousteau recibió, Mariano Recalde saliera segundo en las elecciones. Y batacazo hubiera sido que Horacio Rodríguez Larreta ganara en primera vuelta en la ciudad de Buenos Aires. Pero no se dio ninguno de ellos.

Con el panorama frizado a nivel interés de la opinión pública y también en términos de acontecimientos políticos, cada uno de los candidatos sigue en la suya, reforzando el círculo del “acá no pasa nada” y limitándose todo a la guerra de encuestas.

Pocos dudan que Daniel Scioli polarizará contra Mauricio Macri, lo que obligará al resto de los opositores a confrontar también con el líder del PRO para poder sobrevivir a las PASO. Si se da este escenario soñado por el gobernador de Buenos Aires, tanto Sergio Massa como Margarita Stolbizer funcionarían como limitadores del caudal de votos de Macri, disminuyendo la cifra necesaria para ser Presidente en primera vuelta.

También es cierto que no queda claro cuánto porcentaje del que retendrá Massa son votos más cerca del Gobierno o más cerca de Macri, y esta cuestión más la falta de interés ciudadano alimenta la idea de que todavía está la “moneda en el aire”.

Una pregunta que está apareciendo cada vez más frecuentemente es en qué medida la polarización final se dará entre kirchnerismo y antikirchnerismo, o entre peronismo y antiperonismo. Todo depende del margen de maniobra que Daniel Scioli vaya consiguiendo respecto al kirchnerismo, una vez conseguido su objetivo fundamental que era ser el candidato único del FpV. Esto agregaría dirigentes (José Manuel de la Sota o Carlos Verna) que enfrentarán al oficialismo nacional, pero que después de las PASO podrían converger ante una convocatoria al peronismo de Scioli urbi et orbi. Por supuesto, que una cosa son los dirigentes y otra es el voto de la gente, que en algunas provincias como Córdoba es alto para Macri.

De todos modos, el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires evidencia algunas dificultades para trasladar sus números personales a triunfos del PRO, siendo la causa evidente de esos problemas una concepción de la política demasiado centrada en los medios y en su persona, y un tanto reactiva a los acuerdos.

Lo que ha pasado en su distrito es elocuente: la campaña negativa contra Gabriela Michetti, para que perdiera frente al preferido de Macri generó ese Nice Frankestein en el que se convirtió Martín Lousteau, quien pese a toda la campaña negativa que soportó, no solo terminó segundo, si no que Rodrígez Larreta quedó a cinco puntos de evitar el balotaje. Las presiones mediáticas dirigidas contra Lousteau buscaron compensar la ausencia de esos votos críticos, pero también han sido una señal de la falta de una muñeca política más fina. Esto y no otra cosa es lo que le ha impedido a Macri acumular triunfos que hubieran sido decisivos en la estrecha carrera presidencial.

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