Triunfo, sí, pero con un desafío en el escenario

(Columna de Adolfo Ruiz)

Lo que en otros distritos había deparado sorpresas, en Córdoba no fue así. A grandes rasgos, encuestas previas, bocas de urna y escrutinio provisorio se pusieron de acuerdo para decir lo mismo, y hubo sólo sutilezas en cuanto a los porcentajes. Pero el resultado fue el esperado.

Juan Schiaretti, en dupla con el ex intendente de San Francisco, Martín Llaryora, volvieron a llevar al peronismo cordobés a un nuevo triunfo, el quinto consecutivo para cargos ejecutivos, y extenderá así la hegemonía del PJ a dos décadas. Bastantes para una provincia que en épocas de Angeloz y Mestre se consideraba irreversiblemente radical.

Sin transpirar demasiado la camiseta, y luego de la campaña más aburrida y vacía de contenido que se recuerde en la provincia desde el retorno de la democracia, se impusieron de manera sólida (39,9%) sobre la fórmula integrada por el radical Oscar Aguad (tercera derrota en tres intentos) junto al macrista y ex árbitro internacional Héctor Baldassi (33,8%), dejando muy lejos también al binomio Eduardo Accastello (intendente de Villa María) y Cacho Buenaventura, que representaban al kirchnerismo (17,2%).

Pase lo que pase en su aventura presidencial con José Manuel de la Sota, el 10 de diciembre el actual gobernador volverá a cruzarle la banda tricolor a Schiaretti, tal como sucedió en 2007, y al revés de lo ocurrido en 2011. Caudillo y lugarteniente han venido repartiéndose el poder desde 1999, sin que la oposición pudiera, supiera o interpretara cómo hacer para inmiscuirse en esta inamovible sucesión.

El que estuvo más cerca de lograrlo fue Luis Juez en 2007, en aquella reñida elección que terminó en la Justicia al grito de “¡abran las urnas!”, con decenas de miles de cordobeses marchando en las calles céntricas, destempladas denuncias de fraude, un escrutinio que nunca consiguió dejar en claro la verdad, y el eterno manto de sospechas de que el peronismo no había ganado de manera totalmente limpia esa elección. SIN

SIN CUESTIONAMIENTO NI LIMITES, PERO TAMBIEN SIN LEGISLATURA

De aquel Schiaretti cuestionado por la opinión pública, que aún elegido gobernador tuvo que trepar desde bien abajo las escaleras de la legitimidad social, a este Schiaretti que consiguió abrochar un triunfo sólido e indiscutible, existen varias diferencias. Las principales, fundadas en una victoria por más de 5 puntos o casi 100 mil votos y también en la mirada de largo alcance que le permite la posibilidad de aspirar a una hipotética reelección en 2019 –cosa que en su anterior gestión le estaba vedada por haber sido antes vicegobernador–.

Estas dos cuestiones le permiten al ganador del domingo último pisar con mayor fuerza también en el frente interno del tan particular peronismo cordobés, en el que –aún bien disimuladas– existen diferencias con el indiscutido líder, De la Sota, pero en el cual también rige aquel principio del peronismo de que “el que gobierna conduce”, algo que se cumplió durante la única gestión de Schiaretti al frente del Gobierno.

No obstante ello, el resultado del domingo último logró configurarle al próximo gobernador un escenario que no parecía estar en los planes. Y tiene que ver con que –salvo que el escrutinio definitivo determine algún cambio en el tablero del domingo–, por primera vez desde el retorno de la democracia el Poder Ejecutivo cordobés no contará con mayoría propia en su Legislatura que es unicameral.

En este casillero los resultados electorales se tenían reservada una extraña alquimia, tal vez fruto de la particular boleta única de sufragio que se utilizó en Córdoba por segunda vez (la anterior, en 2011), y que acusó extraños comportamientos de los votantes detrás del biombo (ya no es cuarto oscuro). Y en esa instancia se verificaron masivos “cortes de boleta”, que en realidad son combinaciones variadas de los tildes en los diferentes tramos, para elegir, por ejemplo, candidato a gobernador de un partido, legislador por lista sábana de otro, legislador departamental de un tercero, tribunal de cuenta de otro color y hasta voto en blanco para algunas de estas variantes.

De las 70 bancadas con las que cuenta el legislativo cordobés (de una sola cámara, fruto de la reforma constitucional de 2000, en plena época del “que se vayan todos”), 44 corresponden a la lista sábana y se ocupan por sistema D’Hont, y las 26 restantes son potestad de los candidatos que se impongan en cada uno de los departamentos de la geografía provincial.

Pues bien, el escenario de un triunfo no tan holgado como se preveía le representó a Schiaretti sumar una respetable cantidad de legisladores propios por el sistema D’Hont, pero no lograr lo mismo cuando el conteo fue por distrito. En total, sumó 34 legisladores, dos menos de los necesarios para el quórum propio y la mayoría garantizada.

En esa nueva Legislatura se hará fuerte la coalición integrada por el radicalismo, juecismo y macrismo, que aún bajo el algo insípido nombre de “Juntos por Córdoba” logró conformar una interesante bancada de 24 representantes. Al pasar revista de la oposición también habrá que contar los 8 legisladores que tendrá el armado kirchnerista bajo el nombre Córdoba Podemos. Y aunque de tintes ideológicos bastante disímiles, completan el espectro no oficialista los tres legisladores que tendrá el FIT (que triplica su actual bancada, ratificando un interesante crecimiento elección tras elección), y el bloque único del vecinalismo.

La suma total de los opositores garantiza un variopinto espectro no oficialista de 36 legisladores, lo suficientes como para ponerse de acuerdo en algo más que proyectos de adhesiones, declaraciones de interés legislativo y demás tareas protocolares a las que parecía condenada la oposición en el recinto.

SCIOLI, ¿EL PUENTE?

Si bien se espera ahora una Legislatura en la que podrá haber otra dinámica, con más debate, más control sobre el Ejecutivo y más búsqueda de consensos, hay quienes entienden que no sería sorpresivo asistir en el corto plazo a una suerte de “reconciliación” del peronismo cordobés, el delasotista y el kirchnerista, que siempre han deambulado por una suerte de insana relación de “amor-odio”, al son de los impulsos de sus respectivos líderes.

Tal encuentro no será factible en lo inmediato, dado que el ganador Schiaretti, obediente o al menos leal, no se corrió ni un centímetro en su apoyo explícito a la precandidatura presidencial de De la Sota. Aun así, fue cuidadoso durante la campaña y también durante su discurso en el palco ganador, de no romper los puentes que posiblemente lo lleven a un acercamiento con Scioli. A Schiaretti le alcanza con dejar pasar el tiempo y aguardar hasta las PASO nacionales, donde muy probablemente quede sólo Sergio Massa en carrera.

Luego sí sería políticamente admisible para el peronismo local enviar los primeros “diplomáticos” a los cuarteles del gobernador porteño, para negociar algún tipo de acercamiento.

Schiaretti sabe perfectamente que no podrá mantener la ficción de Córdoba como una “isla” distanciada del Gobierno Nacional, tesitura que históricamente pretendieron imponer varios gobernadores, siempre con resultados pavorosos para quienes habitamos estas tierras. Pero además tiene en claro que necesita de manera imperiosa acordar con el futuro presidente, sea quien fuera, la refinanciación de la deuda provincial con la Nación, algo de lo que quedó afuera (a diferencia de la gran mayoría de los distritos) por mantener pleitos judiciales ante la Corte Suprema de Justicia.

Hacia Balcarce 50 deberá dirigirse el futuro gobernador si pretende aliviar de alguna manera su calendario de pagos y atenuar el millonario déficit de la Caja de Jubilaciones de Córdoba, un verdadero laberinto económico financiero montado durante la primera gestión de De la Sota, del que el peronismo local no ha sabido salir durante las últimas tres gestiones. En definitiva: se impone negociar, y para eso es probable que algún acercamiento con el kirchnerismo haya después de las PASO y ya con el escenario más despejado.

¿Cómo podría traducirse ese eventual acuerdo, fronteras adentro de la provincia? En lo que esperan muchos analistas políticos, si Schiaretti y Scioli confluyen, también lo podrían hacer sus bloques en la Legislatura, llave mágica para recuperar la mayoría automática que las urnas le negaron. Hasta el momento, parece una novela de final abierto.

LA DISPUTA CAPITALINA

En los cuarteles del radicalismo-juecismo-macrismo del domingo por la noche se vivía el resultado electoral con alguna impostada euforia (aún en la derrota), pero con la satisfacción de haber hecho una buena elección, pese a una mezcolanza que se vaticinaba explosiva. La campaña fue correcta: radicales y juecistas no se sacaron chispas, el electorado en las urnas no facturó las contradicciones y desencuentros de años anteriores, y de paso los votantes de la capital cordobesa le regalaron un amplio triunfo en el distrito electoral más grande de la provincia, que constituye más de 40% del padrón.

Casualmente ese triunfo en Capital, con el 37,8% de los votos, muy por encima de los 31,2% que sumó Schiaretti, terminaría abriendo una caja de Pandora que parecía adormecida desde el mismo momento en que el intendente radical capitalino, Ramón Mestre (h), resolvió a pedido de Mauricio Macri retirar su candidatura a la gobernación y cederle ese espacio a Aguad, algo a lo que también había accedido el movedizo Luis Juez.

La abdicación de esos dos líderes enfrentados (Mestre y Juez) los puso en situaciones distintas. Mientras el actual senador se integró como jefe de campaña de Juntos por Córdoba, Mestre despareció de la contienda electoral para concentrarse en la gestión municipal. Pero además, leyendo tal vez un tablero errado, rechazó pegar la elección municipal (en la que buscará la reelección) a los comicios provinciales, tal vez pensando que aquella química nunca funcionaría.

A tal punto fue su deserción en la campaña, que ni siquiera se hizo presente el domingo por la noche en el búnker de Aguad, quien a su vez aprovechó para omitirlo “accidentalmente” en su discurso.

A 24 horas de ese episodio, parecen haber crecido los “hongos” en el jardín de esa alianza. En primer lugar, Juez se despachó recordando que su compromiso electoral no incluía aunar fuerzas con el radicalismo en las elecciones municipales, dejando entrever que su espacio podría presentar un candidato propio (que podría ser él mismo) para disputarle el mando a Mestre. En segundo lugar apareció el actual legislador Rodrigo de Loredo, radical y yerno de Aguad, presentando lista propia y demandando internas en el centenario partido que, de concretarse, serían el 19 de junio.

En el peronismo el escenario tampoco es sencillo. La perseverante Olga Riutort, peronista de origen pero “castigada” por su ex marido De la Sota, volverá a intentarlo. Y lo hará como en las anteriores dos ocasiones: por fuera o por dentro del PJ. Quien lo hará “por dentro”, al menos hasta hoy, será Esteban Dómina, actual concejal por el juecismo, pero que regresó emocionado a las huestes del movimiento del que había emergido.

Y para completar el espectro, en el kirchnerismo también han “florecido” los aspirantes. El ex intendente Daniel Giacomino, busca volver, aunque con pocas chances. Disputan ese mismo lugar el excura y exjuecista Nicolás Alessio, el funcionario nacional José Bianchi y el dirigente del Frente Grande Horacio Viqueira. Pero en ese mismo sector quien tal vez tenga más chances sea el periodista de investigación Tomás Méndez, célebre por haber acorralado al Gobierno de De la Sota con sus informes televisivos y sus cámaras. Las encuestas le juegan a favor, aunque no parece tan dispuesto a cambiar de escenario.

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