La “primavera camporista” para chicos

(Artículo publicado en la edición nº33)

La simplificación y el maniqueísmo le hacen un flaco favor a las causas políticas que dicen defender.

Es notable y curioso el efecto logrado por la iniciativa del diario oficialista Tiempo Argentino de ofrecer como insert el facsímil completo del diario La Opinión durante los 49 días que duró el gobierno de Héctor J. Cámpora, entre el 25 de mayo y el 13 de julio de 1973. Así es posible revivir como en un espejo histórico lo que los editores de Tiempo definen como “el diario de la primavera camporista” y cotejar la manera en que aquel legendario matutino dirigido por Jacobo Timerman reflejaba aquellos momentos, con el modo en que refleja hoy el diario kirchnerista el componente “camporista” de la Argentina actual.

Es una lectura que despierta un indudable atractivo para los que viven con pasión e interés la relación entre pasado y presente, política y periodismo, reflexión e ideología, en los debates que se dan –cuando se dan– en nuestros días. Atracción y luego perplejidad por el contraste entre las contradicciones, claroscuros y complejidades de aquel breve interregno clave de los años ’70 y la linealidad, simplificación y maniqueísmo con que se pretende reescribir hoy la Historia para rendirla en tributo de los combates políticos de la actualidad.

Tiempo presenta la época como un momento glorioso de nuestro pasado, en el que se conjugaron las esperanzas democráticas de las mayorías nacionales después de 18 años de proscripción del peronismo, y a La Opinión como el diario que mejor reflejó
aquellos días. A través de artículos y comentarios editoriales se pinta en Tiempo un fresco de aquella época en el que todo era esperanza, reencuentro y florecimiento; días en los que todo parecía posible.

Pero uno puede recorrer en las páginas de La Opinión los brutales contrastes entre aquel retorno de la democracia, la asunción de Cámpora con la presencia de Salvador Allende y Osvaldo Dorticós, las manifestaciones populares de júbilo, la liberación de los presos políticos, etcétera, y los incidentes con muertos, ocupaciones de edificios públicos y emisoras de radio por grupos armados, la presencia de personajes como López Rega y Norma Kennedy, que al muy poco tiempo manifestarían sus rasgos siniestros, y el clima de amenazas y miedo que acechaba.

Repasemos lo breve y vertiginoso que fue todo aquello: menos de un mes de gobierno había transcurrido y el programado regreso de Perón al país, el 20 de junio, termina en la masacre de Ezeiza. Semanas después renuncia Cámpora y se convoca a nuevas
elecciones con la fórmula Perón-Perón y ya la guerra desatada entre la izquierda y la derecha peronista, a lo que seguirá el asesinato de José Rucci a manos de Montoneros y la creación de la Triple A.

A través de la lectura de La Opinión se puede seguir paso a paso cómo se fue preparando esa maquinaria del terror. Lejos de ser un “diario camporista”, tuvo distintas etapas y albergó durante esos meses del ’73 a un núcleo pluralista de notables plumas, periodistas y escritores que harían escuela. Varios de ellos fueron asesinados, antes y después del ’76.

Ese interludio que duró el gobierno de Cámpora fue un momento de conquistas que quedaron truncas o resultaron truncadas. Fue también el montaje en el que se preparó el escenario de la cacería que se desataría poco tiempo después desde los propios pliegues del movimiento peronista y resortes del poder político. Resulta inverosímil que ninguna mención se haga a esa tremenda contradicción de consecuencias trágicas, producto de la cual murieron miles de jóvenes aún antes de que se instalara el terrorismo de Estado de la última dictadura militar.

Entonces, qué fue todo aquello: ¿“primavera camporista” o “huevo de la serpiente” de la tragedia argentina? Uno puede responder –y eso es lo que esta columna sostiene– “ambas cosas a la vez”. Las lecturas partisanas, “encantadas” y fervorosas de cierta militancia repelen la complejidad, niegan sus contradicciones o conviven orgullosamente con ellas manipulándolas a discreción: “Si lo hacemos nosotros, está bien; si lo hacen los otros está mal”.

Es algo así como pretender oponer a la tan meneada “teoría de los dos demonios” otra teoría de los ángeles versus los demonios. Esto no significa dejar de reconocer el avance que supone para la democracia recuperar aquella incipiente y fugaz experiencia del gobierno democrático de Cámpora, la “del Presidente que no fue” según la definición de Miguel Bonasso en su excelente libro. Y que exista un gobierno que al cabo de ocho años de gestión se reconozca parte de aquella tradición.

Pero eso no cierra el debate sobre las responsabilidades de quienes participaron de aquel proceso y las lecturas que hacen de aquella experiencia quienes hoy la reivindican como ejemplo. De las varias cosas que tienen en común camporismo
y kirchnerismo, aquel peronismo que no pudo ser y este peronismo que terminó siendo, es esa notable capacidad de contener enormes contradicciones.

El problema es cuando terminan resolviéndolas cargándolas en la cuenta del conjunto
de la sociedad. El penoso caso de Sergio Schoklender apañado por las Madres de Plaza de Mayo puede ser leído con ese trasfondo, entre quienes buscan rescatar las lecciones complejas de las experiencias históricas y quienes prefieren refugiarse en las visiones maniqueas justificando lo injustificable.

El problema de recrear batallas que reproducen los ciclos estacionales es que fijan una
visión cíclica y circular que obstruye la posibilidad de elaborar y superar momentos traumáticos de nuestra Historia. No hay “primaveras eternas” ni en la vida personal ni en la vida de los pueblos. Y el problema con reivindicar las primaveras es que siempre terminan en un otoño.

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