Cambio o continuidad

Desde el comienzo del ciclo democrático la sociedad no se enfrentaba a opciones electorales tan diferentes.

Desde la primera elección de la restauración democrática de 1983 que el electorado no confrontaba dos opciones tan cargadas de antagonismo como las que dividen hoy al oficialismo y la oposición. En aquella elección fundante, Raúl Alfonsín interpeló a la ciudadanía para que eligiera entre la continuidad o el cambio (su propia vertiente política radical se llamaba, sin pudor ante la redundancia, Renovación y Cambio).

Ciertamente la “continuidad” en ese momento expresaba la supervivencia del autoritarismo atroz, en términos del respeto de la cúpula peronista en esa transición a la democracia por la Ley de Autoamnistía Militar. Hoy, la oposición se identifica plenamente con la idea del cambio (“Cambiemos” es la denominación literal de la coalición PRO-UCR-CC que vuelve imposible cualquier malentendido comunicacional) Un tanto menos contundente aparece el eslogan renovador “El Cambio Justo”.

Pero claro, no estamos en 1983, y el kirchnerismo no ha sido el Proceso –pese a que a algunos se les escucha decir que coinciden con la apreciación, pero porque consideran que el kichnerismo ha sido peor–. Sencillamente, los que hoy apoyan la “continuidad” están dentro del error muestral en términos de cercanía del porcentaje de los que apoyan el “cambio”. Lejos han quedado los días de la aparición de ese cisne negro que fue la muerte violenta del fiscal Nisman y que el Gobierno supo neutralizar. Tan lejos como de la ocurrencia del apocalipsis que supieron pregonar esos “gurúes de lo improbable”.

Pese a que las circunstancias son cambiantes, aunque las certezas que ofrece la política cada vez mayores, la indeterminación electoral persiste. El oficialismo ha sabido concentrar todas sus fuerzas y variaciones y la oposición, pese a estar dividida, presenta una coalición polar, que seguramente atraiga el voto que vaya a las otras candidaturas opositoras, después de ese filtro caro e inútil que son las PASO.

Alguien puede objetar que el idioma español es pródigo en polisemias, y ciertamente “cambio” y “continuidad” pueden significar cosas muy diferentes. ¿Cuál es el cambio que propone la oposición? ¿Un cambio de estilo? ¿Un cambio de políticas? ¿Un cambio de régimen de gobierno? Lo mismo puede decirse de la continuidad.

Sin embargo, en estas épocas de elecciones dominadas por candidatos, ciertamente el perfil de cada uno de ellos brinda contenido a esas palabras-eslogans. Mauricio Macri, diciendo “cambiemos”, indudablemente brinda la imagen de pretender un cambio de modelo total y completo. Scioli ha siempre mantenido (y explotado) una ambigüedad ontológica pero los signos que ha dado en los últimos tiempos es de una continuidad en la que incluso su moderación puede ser leída en términos de su negativa por confrontar no con la oposición, si no con el kirchnerismo mismo.

En un punto, los contrincantes parecen estar jugando a que el electorado revolee la moneda, que hoy está en el aire. El oficialismo confiando en que la situación económica y los logros de esta década inclinen el fiel de la balanza a su favor, y la oposición creyendo que la situación económica y que los fracasos de está década los favorezcan en el sprint final.

No han sido de demasiada ayuda para unos y otros, y como era de prever, el calendario electoral de las elecciones provinciales anticipadas a la presidencial. El PRO ganó las PASO en la ciudad de Buenos Aires, pero eso era lo que se esperaba. El socialismo venció en Santa Fe, pero el batacazo lo tenía que dar el PRO, que sí estuvo asociado al triunfo en Mendoza que protagonizó casi excluyentemente la UCR.

El 5 de julio, como ya se dijo en una columna anterior de el estadista, será una fecha un tanto crítica para las aspiraciones de Mauricio Macri. Será la primera vuelta en la Ciudad de Buenos Aires y la elección de gobernador en Córdoba. Si el PRO hace doblete, serán dos cocardas relevantes en el pecho del alcalde aspirante a la Presidencia. Pero también la cosa puede fallar, Tu Sam dixit. Si Rodríguez Larreta obtiene menos de 45% de los votos y Martín Lousteau pasa a segunda vuelta, todos los analistas hablaremos de que él podrá acumular todos los votos que no votaron al PRO. Asimismo, no será buen prospecto que en Córdoba, el lugar donde la coalición PRO-UCR-CC se dio con mayor pompa, justo se pierda y a manos de un peronista que se alineará con el peronismo nacional si ambos ganan sus elecciones.

Verbigracia, en tren de comparaciones fáciles, ¿en que se parecerán las elecciones de octubre? ¿A lo que sucedió en Mendoza, donde una coalición opositora desalojó del poder a un oficialismo que venía ganando hace mucho tiempo (la UCR venció en los departamentos de Las Heras –que es La Matanza mendocina- y en Guaymallén, donde no ganaba desde la elección de 1983)? ¿O se parecerán a lo que sucedió en Salta (con la continuidad del peronismo) o en Neuquén, Santa Fe o Río Negro donde, a pesar de todo, el oficialismo se impuso –aunque no haya sido el oficialismo K-?

La misma pregunta ahora comparándola con casos internacionales. ¿CFK se parecerá a Lula, que pudo imponer a “su” fórmula, adoptada a partir de la integración del binomio Scioli/Zannini y el baño de humildad que recibió un altivo Florencio Randazzo? ¿O, siendo derrotado el oficialismo intentará parecerse a Michelle Bachelet, que volvió luego de un turno de la oposición en el poder?

Y en tren de dicotomías, las estrategias electorales también trasuntan “continuidad” o “cambio” en un sentido más estructural: el oficialismo juega a la continuidad con Scioli, un candidato mediático que sin embargo busca que sea apoyado por la política territorial peronista. La oposición, en cambio, tiene en Macri (siguiendo los consejos de Durán Barba), a quien piensa que el verdadero clivaje argentino actual es entre la “vieja política”, autorreferente, y la “nueva política” que “piensa en la gente”, y así esconde a sus socios “partidocráticos”. La victoria de uno u otro no probará cuál de las dos hipótesis de trabajo quedará confirmada, pero sí le darán a los derrotados el indispensable chivo expiatorio, el que según René Girard, ha sido siempre –al asumir la culpa de todo– el verdadero motor de la historia.

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