Mismo sistema, otro poder: la era del partido

CFK propone instaurar el poder político en manos del movimiento.

Cristina Kirchner, como también lo era Néstor, es más audaz que los políticos del promedio. Es realista y se maneja con lo existente. Pero si tiene los recursos de poder y la oportunidad, puede intentar cambiar las reglas. Ahora, lo que la Presidenta desafía es la cultura institucional del presidencialismo argentino, utilizando su propio espíritu institucional. Propone instaurar, en cambio, el poder político en manos del movimiento. O del partido, como preferimos decir los politólogos.

Circulan muchas explicaciones acerca de lo que sucedió con la oferta electoral del Frente para la Victoria -el dedazo de Carlos Zannini en la fórmula y la “kirchnerización” de las listas legislativas- que no contemplan el fenómeno partidario en toda su dimensión. Todo giraría, según estos análisis deudores de un rational choice mal aplicado, alrededor de la perpetuación del poder personal de la Presidenta. Un aparente deseo individual, tan irracional como ilimitado, que sin embargo irradiaría de racionalidad a toda la política. De ahí salen las teorías del cerco a Scioli, la de los fueros, la de la búsqueda de la derrota, la del retorno en 2019 o 2017. Sin embargo, esa monocausalidad no cierra bien sin Cristina candidata. ¿Dónde quedan, sino, las anclas del poder individual de la Presidenta?

Lo que está haciendo Cristina es promover el gobierno del partido. Y preservar al partido de gobierno. Un partido que, naturalmente, es conducido por el kirchnerismo. Todos y todas bajaron a las listas. Comenzando por su candidato estrella, Daniel Scioli y siguiendo por los ministros y los referentes de La Cámpora, incluido su fundador. Otra postal de esta nueva fase de la institucionalización del PJ es que nunca hubo un cierre de listas como éste, en el que los jefes partidarios provinciales tuvieron tan poca influencia en el armado de las listas. Hasta conflictos de medianoche por diputaciones provinciales y concejalías en las provincias más alejadas de la Capital se dirimieron llamando al comando central kirchnerista. De seguir las cosas así, toda una biblioteca politológica podría terminar en la basura.

¿Y por qué, aquí y ahora, amaga con predominar el partido sobre el candidato? Esto, como decíamos más arriba, no debería sorprendernos tanto, porque está en la esencia de nuestro sistema escrito. En principio, hay algo novedoso en el fin del Gobierno de Cristina Kirchner: ni Raúl Alfonsín ni Carlos Menem, ni mucho menos Fernando De la Rúa, habían terminado sus gobiernos con alta imagen positiva, una economía funcionando –con los problemas que le conocemos, pero sin estallar por los aires– y con los resortes aceitados del poder partidario. Por el contrario, cada uno de ellos, y cada uno de sus sucesores, tuvo que reconstruir la gobernabilidad a partir de un big bang electoral, que siempre trajo aparejado un discurso refundacionalista. Si Scioli gana las elecciones, y más aún si lo hace en forma contundente, habrá recibido buena parte las fuentes de su poder electoral del Gobierno anterior, y no necesitará tomar el riesgo de arrancar de cero. La política no está hecha sólo de personalidades: si Néstor Kirchner hubiera recibido de Duhalde el 45% de los votos, alta imagen positiva y un engranaje político exitoso, la relación entre ambos hubiera sido mucho más armónica. El escenario que ahora se asoma es claramente otro.

Si gana las elecciones, Scioli no será el chirolita de Cristina. El Presidente será él, con todo el lote de poderes constitucionales del puesto, y él habrá sido el receptor de todos esos votos que confieren poder y popularidad. A no engañarse. Tendrá que introducir algunos cambios, de los que seguramente ya conversó con Cristina Kirchner y Carlos Zannini. Pero su gobierno, que tendría una identidad propia, no estará conminado a romper con lo anterior, como sucedió con todos los anteriores. Esa es otra característica de la fase de institucionalización partidaria que se viene.

La consolidación de los partidos deriva de ciertas lógicas que la hacen conveniente, o necesaria. En la Argentina peronista nos estamos acercando a algunas de esas condiciones, pero eso no garantiza que las cosas sucedan así. Va a hacer falta más rutina y organización en el Frente para la Victoria – PJ para ello. Y muchas otras cosas más. Veremos si es ese el camino que sigue Cristina Kirchner, o si prefiere mecanismos más informales. Esto también, por ahora, depende de ella.

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2 Respuestas a Mismo sistema, otro poder: la era del partido

  1. Pingback: La jugada de Cristina | El blog de Abel

  2. sin comentarios – vivimos un regimen no democratico donde los limites y las leyes son solo una excusa para imponer un liderazgo autocratido – ditactorial – la demomordedura al dia

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