La(s) boleta(s) única(s)

(Columna de Juan Pablo Ruiz Nicolini)

Las diferencias de la BUE porteña con otros modelos y los potenciales efectos electorales del nuevo sistema que se usará en la CABA

En su edición 120, el estadista publicó una columna, escrita por Sebastián Gruz, sobre el estreno de la Boleta Unica Electrónica (BUE) en las elecciones generales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires del 5 de julio. Entre otras cosas, destaca algunos efectos electorales que el sistema puede llegar a propiciar en comparación con el sistema vigente en la provincia de Santa Fe.

Estos sistemas de boleta única fueron implementados en las provincias luego del debate nacional que a partir de 2009 llevó a la sanción de la ley de Reforma Política. En el contexto de esa discusión había sectores que promovían la implementación de un sistema de votación que reemplazara las tradicionales boletas partidarias, cerradas y bloqueadas. El fracaso nacional no impidió que en las provincias se avanzara con diferentes experiencias.

La discusión sobre la BUE se viene planteando desde distintos flancos: sobre la seguridad (vulnerabilidad, secreto del voto), sobre los procesos de implementación (licitaciones, capacitaciones), y con menor énfasis sobre sus efectos políticos. El punto sobre el que quiero concentrarme es que del diseño de la boleta dependerán determinados comportamientos. Para ello resulta útil retomar la comparación, sumando el sistema tradicional de boletas partidarias y la variante cordobesa.

Estos cuatro modelos de instrumentos de votación se diferencian en buena medida por cómo facilitan o dificultan el voto cruzado entre categorías electorales: si el modelo tradicional (que se usó en la PASO de la CABA) es un extremo, el caso de Boleta Única por Categoría de Santa Fe es el otro. Mientras que en el primero se dificulta dado que el “corte de boleta” tiene que ser una acción deliberada del votante, en el segundo hacer un voto de “lista completa” requiere el mismo esfuerzo consciente.

Las variantes de Córdoba y de Salta tienen algunos detalles que posibilitan un grado intermedio de arrastre de votos entre categorías. La primera está diseñada de tal modo que todas las categorías se encuentran en una misma boleta impresa y cada partido en una misma fila; además incluye una opción para marcar “lista completa” y no hacer una marca por cada nivel de competencia. El caso electrónico, que empezó como prueba piloto en Salta en 2009 y planea utilizarse en las próximas elecciones generales de la CABA, contiene una primera pantalla con opciones binarias: “lista completa” o “por categorías”, aunque sin algún atajo informativo previo. Dependiendo de la opción, se mostrarán distintas pantallas para completar el voto.

Estos cuatro diseños pueden ubicarse en un continuo de mayor a menor arrastre del siguiente modo: tradicional-Córdoba-Salta-Santa Fe. Estas son sólo algunas variantes de un universo mayor, que incluye más restricciones (Uruguay) o mayores libertades (Brasil). Las diferencias de diseños y sus posibles consecuencias son fuente de un debate académico no saldado entre quienes defienden la “solidaridad electoral de miembros del mismo partido”, como señalan Marcelo Leiras y Ernesto Calvo, y los que abogan por mayores grados de libertad para los electores para “armar su propio voto”.

Las recientes elecciones generales de Salta nos proveen de un buen ejemplo al respecto. A pesar de que el frente político que llevó a la reelección de Juan M. Urtubey obtuvo la mayoría de los votos en la elección de gobernador en la ciudad de Salta, su candidato a intendente capitalino no pudo retener casi el 12% de esos votos y perdió la contienda.

Si hiciéramos un contra fáctico sobre estas elecciones utilizando el sistema tradicional de boletas partidarias, la expectativa sería que ese margen no hubiera sido tan amplio por un mayor arrastre de la lista del gobernador a favor del candidato a intendente. ¿Cuánto de ello se debió a que el electorado eligió compensar políticamente los distintos niveles de gobierno y cuánto a efectos del sistema de votación sin más?

Esto tiene mayor relevancia cuando se pone el énfasis en su potencial efecto sobre el gobierno dividido. Si el Poder Ejecutivo no cuenta con una mayoría legislativa surge la obligación de negociar entre poderes para promover legislación. En una situación límite puede llevar a la parálisis gubernativa y de ahí su relevancia. Por ello, vale la pena tratar de encontrar una medida de este efecto, sobre todo cuando se trata de un voto cruzado no intencional y no de una determinación de las preferencias del electorado.

En el transcurso de las elecciones legislativas de 2005, desde la Dirección Electoral de la CABA, se llevó adelante una prueba piloto con el objetivo de hacer un experimento para tratar de cuantificar estos efectos: se evaluó la potencial influencia que diferentes modelos de votación electrónica tenían sobre el comportamiento de los electores. Se observó, por ejemplo, que aquellos sistemas que proponían información centrada en los candidatos el voto cruzado fue más grande que cuando se priorizaba la información partidaria.

El diseño puede entonces llegar a reforzar algunas de las características que mencionó Gruz en su columna y que están presentes en el sistema político porteño, sobre todo una mayor personalización en detrimento de partidos más robustos.

Un indicio de ello podemos encontrarlo en el diseño de la oferta electoral salteña. Si se navega por el simulador, se podrá verificar que la información que prima es la de los candidatos por sobre la de los partidos. El recuadro del frente que llevaba a Urtubey como “cabeza de lista” es el más elocuente: allí el oficialismo, cuyo sello partidario es el más potente del distrito, está más representado por la imagen del candidato que por la etiqueta partidaria.

Los detalles de la forma de votar importan y mucho.

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