Un rompecabezas federal

(Columna de Facundo Matos Peychaux)

El mapa de gobernaciones será el más fragmentado en muchos años, lo que evidencia la primacía de las dinámicas provinciales por sobre la influencia de lo nacional. Qué rol tendrán los gobernadores.

Atrás quedaron los tiempos de la otrora sólida Liga de Gobernadores. En 2016 habrá al menos cinco fuerzas gobernando alguno de los 24 distritos del país tras un fuerte recambio en la mayoría de las provincias. Trece son los gobernadores que no podrán buscar su reelección por imposibilidad constitucional. El mapa de gobernadores quedará más repartido que en la actualidad entre los diferentes partidos y volverá a su mayor fragmentación desde los ochenta.

Entre los cinco distritos más grandes del país, dos (la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma) probablemente sigan en manos de las fuerzas que actualmente los gobiernan, otros dos (Santa Fe y Mendoza) tal vez cambien de signo, y en el restante (Córdoba) la fórmula delasotista Schiaretti-Llaryora se jugará ante la radical-PRO, Aguad-Baldassi, la continuidad del PJ o la vuelta del radicalismo en la provincia, con el oficialismo como favorito.

Con esta diversidad de gobernaciones tendrá que convivir el próximo Presidente, muy distinto al de la Liga de Gobernadores justicialistas con la que convivió la Alianza y que ascendió y respaldó a Eduardo Duhalde. En el período 1999-2003, el peronismo gobernaba 14 provincias, entre las cuales estaban las tres de mayor magnitud: Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, mientras que la cuarta y la quinta (CABA y Mendoza) estaban bajo gobiernos de la Alianza.

Articulados por identificación partidaria, aquel grupo de gobernadores peronistas cumplió un rol importante como contrapeso de la figura presidencial durante el gobierno de Fernando de la Rúa y como soporte del poder central bajo el duhaldismo.

Los gobernadores que participaban de un mismo partido, especialmente cuando eran justicialistas en oposición a un Presidente radical, podían accionar como un actor homogéneo. “Lo que pasó es que los partidos decayeron mucho como estructuras y participar del peronismo o del radicalismo ya no implica que uno actúe en conjunto con otros peronistas o radicales. El gobernador no actúa concertando una estrategia con el resto de su partido sino como un cuentapropista, de manera individual de acuerdo a sus intereses”, describe el politólogo Carlos Gervasoni. “La decadencia del radicalismo y el peronismo como estructuras orgánicas de coordinación de las élites políticas hacen que la asociación entre gobernadores sea más difícil”, advierte el especialista en federalismo y democracias subnacionales.

La territorialización de la política y la fragmentación del sistema de partidos, a su vez, contribuyeron. “A partir de que se fragmenta el sistema de partidos, se pierde capacidad interna de disciplinar a los actores hacia abajo, con lo cual se debilita la estructura partidaria y los actores locales van ganando peso”, señala el politólogo Ernesto Calvo.

Paralelamente, el escenario en las gobernaciones fue cambiando. De las cinco más grandes, la provincia de Buenos Aires y Córdoba se mantuvieron peronistas (aunque de posicionados de manera distinta frente a la conducción nacional del PJ), mientras que Mendoza volvió a manos del justicialismo alineado a la Casa Rosada y el socialismo y el PRO gobernaron Santa Fe y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, respectivamente.

Mientras tanto, el resto del país fue mostrando una hegemonía cada vez mayor en favor del justicialismo, a tal punto que para el período 2011-2015, fueron elegidos 18 gobernadores peronistas (aunque dos de ellos -San Luis y Córdoba- opuestos al Gobierno Nacional) y tres no peronistas pero aliados a la Casa de Gobierno (Santiago del Estero, Neuquén y Tierra del Fuego).

Por el contrario, el panorama previsto para después de diciembre es mucho más heterogéneo. La UCR será competitiva en mayor o menor medida en poco más de 10 provincias, de las cuales tiene más posibilidades de ganar la mitad. Por su parte, el peronismo perderá varias provincias, aunque seguirá siendo mayoría en el total de gobernaciones. Si Macri es Presidente, tendrá que convivir probablemente con un gobernador opositor en la provincia de Buenos Aires y en Córdoba, pero tendría un jefe de Gobierno propio en la ciudad de Buenos Aires, un aliado en Mendoza y podría sumar otro propio en Santa Fe, en caso de que triunfe Miguel del Sel. La situación de Sergio Massa, en tanto, es paradójica. Contaría con apenas dos gobernadores cercanos a él (Mario Das Neves, de Chubut, y Juan Schiaretti, de Córdoba) pero es quien a priori podría tejer una mayor cantidad de alianzas, tanto con peronistas como Eduardo Fellner, José Alperovich o Domingo Peppo, o bien con sus opositores radicales, Gerardo Morales, José Cano y Aída Ayala.

Esta dispersión se viene comprobando ya en las primeras elecciones provinciales. En Salta fue reelecto el gobernador peronista Juan Manuel Urtubey, un triunfo atribuible al escenario propiamente salteño, independientemente del devenir del FpV a nivel nacional. Más aún, interpretar la victoria de una figura como Urtubey –de perfil más ortodoxo– como una propia del oficialismo nacional, es solo parcialmente cierto.

Como señala Gervasoni, “los actores se hacen más heterogéneos en términos de su identidad política”. “Hay muchos gobernadores peronistas que son muy diferentes. Los gobiernos peronistas de San Luis o Córdoba no tienen nada que ver con el de Tucumán o Formosa y a su vez, hay gobernadores intermedios como Urtubey o Scioli, que han estado tácticamente aliados al kirchnerismo pero no han sido del todo cercanos identitariamente. Y lo mismo sucede con los radicales”, evalúa.

Amén de lo que implica el quiebre de los partidos como estructuras homogéneas, lo que sucede es que en la cultura política argentina el clivaje ya no consisten en la pertenencia a un partido u otro sino a la adhesión o no al Gobierno Nacional. “Hoy pasa más por kirchnerismo o antikirchnerismo que por peronismo o antiperonismo, más allá de que sea un clivaje voluble, porque hoy están en el Gobierno los Kirchner y cuando no estén más el clivaje va a ser otro; macrismo o antimacrismo, massismo o antimassismo, por ejemplo”, apunta Gervasoni.

A su vez, en Mendoza se impuso el radicalismo en las PASO y lo haría nuevamente en las generales; en las primarias de Santa Fe y la ciudad de Buenos Aires triunfó el PRO; mientras que Neuquén eligió un gobernador del MPN, un partido local.

“Los votantes argentinos están muy informados y saben que demandan distintas cosas de cada uno de los estamentos del Estado. Por eso distinguen claramente los distintos niveles electorales; lo que quieren a nivel nacional, provincial y municipal”, señala Calvo. Es por ello que, entre otros factores, las elecciones provinciales están mostrando que las dinámicas locales priman por sobre la tendencia que se registre a nivel nacional, y leer las elecciones provinciales en clave electoral puede llevar a conclusiones erróneas y disímiles.

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