Caballos de Troya del PJ, o la otra cara de la cooptación

La fórmula del FpV en la CABA hace crujir el relato kirchnerista

Como es sabido, el peronismo tiene problemas con los vices. Sabe muy bien a quiénes quiere representar –el Pueblo, la clase trabajadora, el campo nacional y popular–, entiende cómo se conduce su movimiento –un liderazgo unipersonal, plebiscitario, indiscutido– pero se pierde a la hora de discernir los candidatos que mejor acompañen a la figura principal como coequipers; allí donde se apelotonan y pugnan leales y obsecuentes, convencidos y oportunistas, fieles y conversos, compañeros de ruta y advenedizos. Acaso esté registrado en su marca genética, desde que el coronel Perón eligió al veterano radical Hortensio J. Quijano en 1946, para tenerlo como pieza decorativa durante seis años, y luego al contralmirante Alberto Teisaire, vicepresidente elegido por el pueblo, que terminó abjurando de Perón y el peronismo en 1955 y quedó anatemizado como ejemplo de la traición. Y así seguirá ocurriendo, con el peronismo de los años ’70, en el cual los vices ocuparon un papel más bien opaco –el conservador popular Vicente Solano Lima junto a Héctor J. Cámpora–, conspirativo –el vicegobernador bonaerense Victorio Calabró, empujando y sucediendo al gobernador Oscar Bidegain– o dramático –Isabel Perón sucediendo a su marido tras su fallecimiento en 1974–. Deolindo Bittel no aportó gran cosa como compañero de fórmula de Italo Luder en 1983.

Los vices peronistas del último cuarto de siglo tuvieron distinta suerte; desde Duhalde, Ruckauf y Scioli a Cobos y Boudou, pero en todo caso, ninguno de ellos terminó de satisfacer plenamente lo que sus presidentes esperaban de ellos; en parte porque su propio rol institucional resulta difuso, en parte porque su función política es sacrificial: ningún líder lo ha puesto allí para prepararlo como sucesor. El hecho de que ellos fueran elegidos a dedo y no surgieran de una instancia deliberativa contribuyó a fijarlos en ese lugar de extrema dependencia inicial y potencial traición futura; solo tendrán futuro político si rompen con quienes allí los pusieron.

Algunos habrán recordado estos antecedentes al momento de enterarse de que el compañero de fórmula de Mariano Recalde para las elecciones del próximo 5 de julio en la Ciudad sería el ex radical Leandro Santoro. El propio Horacio Verbistky lo presentó como un ignoto personaje de dudosos méritos: “El Gobierno dijo que el único candidato es el modelo pero escogió como vicejefe de la Capital a un radical hipercrítico de Perón, Kirchner, Cristina y La Cámpora, para regocijo de Lousteau” (Página 12, 10/5, El modelo y sus confusiones). Nada más parecido a una decisión de cúpula, informada por el círcu lo rojo del poder y poco vinculada a la espontánea militancia de base. Verbitsky abrió fuego señalando que “el desconocido jefe de la agrupación radical Los Irrompibles, quien fue incluido en la tumultuosa comitiva del último viaje presidencial al Vaticano, cuando su amigo Andrés Larroque le entregó una camiseta de La Cámpora al sonriente Papa Francisco, al regreso fue designado como subsecretario para la Reforma Institucional y el Fortalecimiento de la Democracia y se convirtió en habitué del programa 6,7,8”. Haciéndose eco del disgusto, Verbistky reclamó “una autocrítica por los métodos de selección de los candidatos propios”. Desde la Agencia Paco Urondo, descargaron “Quien se burló de la muerte de Néstor Kirchner y se subió a cuanta campaña mediática hubo contra el gobierno hasta pocos meses atrás, fue premiado con la candidatura. Al ser consultado respecto a qué cree que le aporta a la fórmula, Santoro respondíó ‘rock & roll’” (“¿Qué nos suma Leandro Santoro?”, 11/5).

El debut del precandidato a vicejefe de gobierno no pudo ser más desafortunado. Debió salir a dar explicaciones sobre su pasado de francotirador twittero opositor y rendir examen de su flamante profesión de fe oficialista. Aunque hay que reconocerle a esta decisión haber suscitado algo que hasta ahora no se había visto en el interior del kirchnerismo: un verdadero debate interno sobre las decisiones de la Jefa. Confrontando con las críticas, Hernán Brienza ensayó una notable defensa de la incorporación de Santoro resaltando una historia en la que “abundan los ejemplos de conversos santos y buenos traidores”. Luego de reconocer que “la nominación de Santoro no cayó bien, obviamente, en los sectores más ‘ortodoxos’ de la propia militancia kirchnerista, destacó que “todo proceso de cambio tiene sus conversos tardíos que toman conciencia a último momento” (Conversos, Hernán Brienza. Tiempo argentino, 10/5).

La conclusión es elocuente, lo que para unos en un problema, aquí aparece como una virtud: el kirchnerismo es así, concluye Brienza, “amplía su base electoral generando pactos con sectores que no siempre son de paladar negro. Por suerte, es así. Esa capacidad le posibilita pivotear acuerdos con sectores que no siempre son ultrakirchneristas: los gobernadores, el Partido Justicialista más clásico, con parte del Movimiento Obrero Organizado, por ejemplo. Pero también con extrapartidarios (…) Y bienvenido que sea así”. Verbistky responde a eso que este atributo “se resiente con incongruencias como la opción por Santoro para la Capital, que no aporta votos nuevos y ahuyenta a los propios, porque ofende al mismo tiempo a los militantes y a los porteños”. Y rematan desde la Paco Urondo: “queda claro que somos muy buenos para gobernar, pero no para armar fórmulas”. Las estrategias de cooptación, que tienen un sentido en etapas de crecimiento electoral, encuentran su límite cuando se confunde la oportunidad con el oportunismo y el proyecto colectivo con las ambiciones personales.

Esta entrada fue publicada en Edición 122 y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

dieciocho + quince =