La política después de Urtubey

El gobernador de Salta arrasó y después habló. No dejó mucho para decir.

«Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, afirmó Theodor Adorno. Y escribir sobre el peronismo después de Urtubey es redundancia o plagio, aúlla la comunidad politológica. El gobernador reelecto de Salta concedió una entrevista a La Nación que dejó a algunos analistas políticos sin palabras y a otros sin empleo. Resumirlo sería un acto de petulancia. Vale la cita textual:

Mirá, cuando tenga un candidato a presidente, que todavía no lo tengo, me va a empezar a parecer un gran dirigente; en septiembre, me va a parecer que es lo más cercano a los postulados del peronismo, y en octubre, cuando gane las elecciones, me va a parecer la reencarnación de Perón. Así somos nosotros. Si le va bien dentro de cuatro años militaremos su reelección, y si no le va bien, nos lo llevaremos puesto. Hoy no podés prenunciar qué vas a hacer porque es muy dinámico todo.

El pragmatismo que emana de esta declaración no puede exagerarse. Urtubey exalta dos valores: el liderazgo y la victoria. Algunos pensaban que era el primero el que definía al peronismo. El principio de conducción exigía lealtad al líder aunque pasara 18 años en el exilio. La reivindicación oral del verticalismo sigue vigente: “A mi quien me conduce es la Presidenta”, declara hoy Julián Domínguez. Pero mañana será otro día.

Los Kirchner avisaron. Desde el nombre de la organización exhortan a no sobreestimar el liderazgo. La etiqueta de su Frente captura el valor esencial del peronismo: la Victoria. El liderazgo sirve para ganar o no sirve. Si gana, el jefe es la reencarnación de Perón, Gardel y Le Pera. Si pierde es un traidor y desafina.

Moderno, Urtubey propone horizontalizar un poquito. Demostrando que conoce también a los demás partidos, aclara: “No digo horizontalizar al nivel radical que sea estilo estudiantina adolescente”. Pide sólo “que la toma de decisiones sea un poquito más trabajada. Que haya consensos”. En síntesis, nada de Gualeguaychú; sólo “sentarnos y decir ‘bueno, muchachos, qué [léase cuánto] hay’”.

La ideología no aparece en el reclamo. El proyecto se puede conversar. La conveniencia manda. Literalmente: “Nos vamos a comprometer donde sea más conveniente para nosotros”. Esto, que sólo puede sorprender a carmelitas descalzas, contradice el discurso oficial. Soplan vientos de honestidad, aunque sea discursiva.

El análisis económico ilumina la diferencia entre la voracidad peronista y la tibieza del resto.

La microeconomía estudia a los agentes económicos, por ejemplo familias y empresas, mientras la macroeconomía estudia la economía nacional como un todo. El contraste no está en la escala: hay empresas más ricas que algunos estados. Está en los objetivos. Para los agentes de la micro, el propósito es la maximización: cuanto más (salario o ganancia), mejor. Pero para el agente macro por antonomasia, el Estado, el propósito es el equilibrio. El crecimiento nulo es malo, pero muy alto también porque alimenta la inflación; el desempleo alto es malo, pero si es muy bajo reduce el crecimiento. La macro busca estabilidad, la micro va por todo.

En los regímenes parlamentarios, la macro es el jefe de Estado y la micro el jefe de Gobierno. El rey representa a la totalidad de la Nación, mientras el primer ministro representa a la parcialidad que lo sostiene. Pero en el presidencialismo la macro y la micro se juntan en la misma persona. A esta altura debe ser claro cuan macro es el radicalismo, desgarrado entre el equilibrio republicano y el interés partidario. Por eso sufre el poder: pretende reinar sobre los conflictos pero le cuesta administrarlos. Oscila. El peronismo, aunque el gorilaje piense lo contrario, no tiene reyes sino jefes: siempre quiere más. Considera a la imparcialidad traición o cobardía. Avasalla.

¿Cómo califican el PRO y el Frente Renovador? ¿Sufren el poder y quieren limitarlo o lo gozan y buscan ejercerlo? El discurso de ambos se acerca más a la limitación, en sintonía con el radicalismo. Pero a medida que van transcurriendo las elecciones provinciales, otra demanda trasluce.

Para cargos ejecutivos, la gente vota políticos a los que les gusta gobernar.

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