Un recorrido por el kirchnerismo como hecho cultural

(Reseña publicada en la edición Nº31)

La ensayista Beatriz Sarlo hace foco en la construcción de poder del ex Presidente y su legado político e ideológico.

“Si alguien busca un panfleto, no lo encontrará en este libro”, avisa Beatriz Sarlo a poco de comenzar “La audacia y el cálculo. Néstor Kirchner 2003-2010” (Sudamericana). Pero el lector tampoco encontrará una descripción ni un recorrido clásico por el mandato del ex Presidente ni tampoco una obra que se sume a los voluminosos libros que se apoyan sobre construcciones en condicional para criticar al “dueño” omnipotente del poder K.

Con mezcla de ensayo, teoría crítica y análisis de medios, la autora no termina de lograr un perfil del ex Presidente, pero sí de analizar los fenómenos culturales que fue construyendo, modificando y sufriendo el kirchnerismo desde 2003. La obra es más una recorrida por el kirchnerismo como hecho político y cultural, con poco eje en la figura del ex Presidente, y la mira más puesta en otros satélites que giraron, y aún hoy lo hacen, en torno a ese centro de acumulación de capital y poder político que significó el santacruceño.

Se suceden, así, desde los blogueros K y los intelectuales hasta los eventuales –y variopintos– aliados que fue sumando el kirchnerismo en cada momento histórico.
Una de las virtudes del libro puede estar, justamente, en una inteligente diferenciación de cada uno de los períodos del kirchnerismo, desde la asunción “con más desocupados que votos” en 2003, pasando por la ruptura con el duhaldismo en 2005 y siguiendo la línea histórica que, previo paso por la derrota por la 125 y en las legislativas de 2009, termina en el nuevo escenario abierto tras la muerte de Kirchner.

Pero más allá de esa inteligente diferenciación de los análisis por etapas, el libro consigue sus puntos más altos cuando trata algunos temas generales como la creciente importancia de la televisión y su entorno en el ambiente político o la utilización de las nuevas tecnologías en el mundo de la comunicación política. “Los candidatos se posicionan como un producto, diseñan su imagen con asesores y arman equipos de marketing”, critica la forma de las nuevas campañas con las que los políticos tratan de acercarse a esa especie de neoesfera semipública en donde casi todo se decide.

“Salvo excepciones como la de Aníbal Fernández o Héctor Timerman, que son animales de Twitter, eficaces bestias de emisiones, los políticos no entienden la lógica de Twitter porque su propia lógica se opone a la de la red”, dobla la apuesta crítica a la hora de analizar la relación de los políticos con las nuevas tecnologías. Son estas aguas las que navega con mayor tranquilidad, quizás por su formación de crítica literaria y su largo recorrido de ensayista y su evidente intención, no siempre consumada, de tratar de analizar ciertos fenómenos políticos sin complejos ni prejuicios.

La discusión que plantea en torno al progresismo, y las provocadoras líneas que deja sueltas para continuar la discusión es otro de los puntos interesantes. ¿Fue Kirchner, como sugiere, el que terminó de establecer la línea de qué sería progresista y qué no a partir de él? ¿O es el kirchnerismo un populismo con sólo algunos de los rasgos enumerados por Ernesto Laclau? Aparecen entonces las observaciones sobre Carta Abierta y el resto de pensadores afines al Gobierno.

Sarlo, de reconocido recorrido, puede darse el lujo de tirarle al lector con toda la biblioteca sin caer en aburridas sucesiones de páginas ni perder fuerza en su argumentación. Eso sí sucede cuando la obsesión por vincular su neologismo “Celebrityland” con algunos de los aspectos del oficialismo la lleva a darle un lugar central al conductor televisivo Daniel Tognetti dentro del aparato ideológico del kirchnerismo.

Al mismo tiempo, como varios otros libros recientes que enfocan al kirchnerismo desde una óptica opositora, parece sobredimensionar el fenómeno “6,7,8” en cuanto constructor de sentido y cohesión del relato oficialista. El retrato de Kirchner, sin embargo, aparece a cuentagotas a lo largo de la obra y lo caracteriza mientras analiza su Gobierno. “Hay de todo en estos años. Episodios de corrupción funambulesca;
uso del Presupuesto Nacional y de los planes asistenciales para mantener la lealtad territorial de jefes políticos o sociales; cooptación y mano dura, adulaciones y ninguneos, peleas y reconciliaciones; un aparato de reparto de recursos que pasa por encima de las autonomías provinciales; la inflación disfrazada por razones políticas,
lo que implica ignorar la pobreza que genera; el apoyo a la ciencia y la tecnología y, en
sentido opuesto, la destrucción del Indec.

También hay que incorporar al balance el equilibrio presupuestario, la afirmación de la soberanía en la toma de decisiones, la amistad con Chávez pero también con España, Chile y Brasil; la política de derechos humanos respecto del pasado. A Kirchner lo define un haz contradictorio: concentración, velocidad e inteligencia; tenacidad,
conocimiento e impericia; fortuna y sangre fría; mezquindad con la oposición, sectarismo, encierro”.

Esa sucesión de hechos, según ella, describen al kirchnerismo. “Pero hubo dos acontecimientos –sugiere– que develaron la ‘forma’ Kirchner y dejaron ver, hasta el menor detalle, el estilo que le imprimió a los conflictos considerados cruciales: la no negociable ni negociada Resolución 125 y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales. Aunque la palabra, y su apócope, no se usara desde el principio, los enemigos, en ambos casos, se definieron, en el lenguaje de “6 7 8”, como las “corporaciones”, la “corporación” (periodística, agraria) o la “Corpo”, sintetiza la aguda observación sobre la resemantización de varios de los ejes discursivos de las décadas del ’60 y ’70 que ve retornar en 2003, con un in crescendo que hoy ubica en su punto más alto.

Un punto en el cual, supone, el kirchnerismo va ganando, por ahora, no sólo la batalla política, sino también la cultural.

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