El Círculo Rojo equivoca la estrategia

¿Qué probabilidad hay de que una gran alianza opositora produzca un gran gobierno?

Supongamos que el Círculo Rojo triunfa. La oposición decide unirse frente a las fuerzas del mal. El 25 de octubre de 2015, la fórmula Mauricio Macri-Graciela Camaño gana en primera vuelta con el 48% de los votos. En la provincia de Buenos Aires, el tándem Sergio Massa-Mariu Vidal arrasa con el 52%. La lista encabezada por Lilita Carrió doblega a la de la Presidenta en la elección para parlamentarios del Mercosur. Siete gobernadores radicales, dos del PRO y la gigantesca Buenos Aires sintonizan con las nuevas autoridades. Una semana después de los comicios, el designado jefe de gabinete Ernesto Sanz anuncia una era de diálogo y consenso. La grieta se ha cerrado.

Entonces el Senado se reúne y elige como presidente provisional para el próximo bienio a Miguel Angel Pichetto, colocándolo en la sucesión presidencial. Porque, aun si fuera derrotado en la mayoría de las provincias, el peronismo oficial mantendría la mayoría propia en la Cámara Alta. Le basta meter ocho senadores de los veinticuatro en disputa, tarea fácil. Enfrente, el mosaico de apoyo al presidente electo sumará menos de treinta bancas entre radicales, provinciales y el PRO. Los representantes de Neuquén y otros no alineados venderán (sic) caro su voto, pero ni así se llegará al quórum. La Cámara de Diputados se presentará algo más amable: el interbloque oficialista constituirá la primera minoría, aunque faltarán veinte legisladores para el quórum. Los sucesores de Pontaquarto tendrán una nueva oportunidad para construir consensos.

Sindicatos opositores será una redundancia. Los líderes gremiales competirán para ver cuál de ellos exige el mayor aumento salarial. Cada declaración de apoyo a la democracia será sucedida por una huelga. En el interior del país, los gobernadores pedirán más coparticipación mientras enfrentan piquetes liderados por la izquierda, envalentonada por sus seis diputados nacionales y el histórico 4% obtenido en las elecciones. El nuevo gobierno habrá generado una enorme expectativa y la gente reclamará resultados inmediatamente, o antes.

La locomotora china y la recuperación brasileña aliviarán la transición… quizás en 2019. Porque en 2015 China sigue reduciendo su tasa de crecimiento y Brasil entró en recesión. Si además Grecia formaliza su salida del euro, el parón europeo será otro empujón para abajo.

Minuto. La fantasía exige un interregno de realidad.

Alexander Kerensky era un socialista moderado. Entre febrero y noviembre de 1917 integró primero y lideró después el gobierno provisional ruso, que transcurrió entre dos revoluciones. En la segunda de ellas fue derrocado por Lenin y pasó el resto de su vida en el exilio. Henry Kissinger recuperó esta historia en 1974, durante una conversación con el canciller de la revolución portuguesa Mario Soares. Kissinger retaba a Soares por no ser suficientemente duro con los comunistas.

Según Samuel Huntington, el diálogo fue así:

–“Usted es un Kerensky”, le dijo Kissinger a Soares. “Creo en su sinceridad, pero es naïf”.

–“Yo no quiero ser un Kerensky”, replicó Soares.

–“Kerensky tampoco quería”, remató Kissinger.

Finalmente, Soares no fue Kerensky y consolidó la democracia en Portugal. Kerensky, sin embargo, quedó por siempre asociado al moderado que los extremistas devoran.

Es difícil saber si De la Rúa quería ser De la Rúa, pero algo está claro: nadie más quiere serlo. Para evitarlo hay que estudiar su experiencia. El helicóptero no fue consecuencia exclusiva de una personalidad subóptima: también hubo oficialismo fragmentado, minoría parlamentaria y bomba de tiempo. Un escenario idéntico al que le espera al presidente idealizado, sea quien fuere. Es llamativa la lucha del establishment para imponer sus deseos por vía electoral. Se sabe que, en 1989, el pueblo no votó a Cavallo sino al salariazo. Sin embargo, el gobierno de Menem fue definido por la Convertibilidad del híperministro. Tampoco se votó por Cavallo en 1999 ni por Kicillof en 2003, 2007 o aún 2011.

En Argentina, la coalición electoral es el mejor predictor de cómo no será la coalición de gobierno.

Cualquier integrante del Círculo Rojo debería saber que las políticas se deciden después de las elecciones. La desesperación por influir sobre la oferta electoral es el mejor tributo que la oligarquía le rinde a la democracia.

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4 Comentarios
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HERNAN LOPEZ
5 años atrás

Hola Andrés, sugerís que Massa no aportaría toda la gobernabilidad necesaria a la coalición PRO-UCR-CC, y si no aporta todo lo que hace falta y puede obstruir la entrada de otros actores, quizás sea lo mejor dejarlo correr por afuera?
Me parece que el único que puede cubrir el hueco de gobernabilidad que hay es el peronismo puro y duro del interior (más los radicales k de misiones y santiago), que aporte senadores y diputados a los de la coalición PRO-UCR-CC. Pueden entrar en eel «pacto de coalición» o bien negociar ley por ley por los fondos federales que haga falta.
Me pregunto cómo se lograría hacer atractivo para esta facción del PJ colaborar con Macri? Necesita Macri que sobrevivan los K y que Massa sea visto como un «cuco» -a futuro- por ese PJ más tradicional y periférico?
Garantizar los fondos federales suficientes para tener adentro a estas provincias «periféricas» es clave y sería hasta más «barato» que poner a flote a la provincia de Buenos Aires de un hipotético Massa gobernador.
A veces tengo mis dudas si Argentina está en condiciones de generar la ingeniería política de precisión que la actualidad demanda.
Saludos.

Carlos
5 años atrás

Los que saben, que nunca es mi caso, dicen que la mayoría de “la gente” no quiere un cambio de 180 grados en la política argentina, y además la realidad indica que el próximo gobierno tendrá márgenes bastante estrechos para operar, precisamente por lo que señala Andrés: oficialismo fragmentado, minoría parlamentaria y bomba de tiempo. Los candidatos harían bien en no prometer lo que no van a poder cumplir; pero ese baño de realismo nivelaría a los tres candidatos como “commodities”, y el marketing dice que para vender un producto hay que diferenciarlo de los otros. La gran incógnita es si los votantes se dejarán engatusar por el discurso mágico o votarán con algo más de consciencia.

francisco lavagetto
5 años atrás

A mí me preocupa que la gente, al no ver en los presidenciables una sincera vocación por combatir la corrupción y el amiguismo, vote con el bolsillo, sin considerar la necesidad de derrotar a la inflación, flagelo producido por el incremento permanente del gasto público, la falta de inversiones la malicia del empresario proveedor del Estado y la ausencia de controles republicanos.

Jorge Carbajo
5 años atrás

Habitualmente definen a las gobernaciones como un poder feudal, que como tal se asocia ante quien mejore sus réditos. Esto se percibió en el comentario de Urtubey cuando se lo interroga sobre el final de Cristina. No muy diferente votan las mayorías. Recuerden cual era la situación económica en la reelección de Menem y la de Cristina. Las mayorías no perciben el futuro inmediato, como los adolescentes, viven el hoy; mañana Dios proveerá. Esto es la política actual, crear situaciones de bonanza ilusorias en detrimento del futuro que poco interesa Tengamos presente la creciente disparidad cultural de un país impregnado de populismo

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