Sin lugar para los débiles

(Columna de Néstor Leone)

Massa relanzó su campaña y acordó primarias en común con De la Sota. ¿Puede el peronismo disidente ser algo más que disidencia?

Fue relanzamiento. Y también reafirmación. Con su acto en Vélez del 1º de mayo, Sergio Massa no sólo mostró su decisión de persistir en el intento. También dejó en claro que parece dispuesto a insistir en su estrategia de campaña. Con nuevos bríos. Con viejas y nuevas preocupaciones. Con datos no tan alentadores. La metáfora aquella de “la ancha avenida del medio” como sendero diferenciado entre tirios y troyanos se mantiene incó- lume. La vocación por recoger adhesiones en el universo justicialista desencantado o en abierta confrontación con el kirchnerismo, también. Aun cuando esa avenida se haya angostado demasiado y ese universo posible tienda a astillarse en constelaciones no tan fáciles de articular.

Pero no sólo hubo relanzamiento. Casi al mismo tiempo, la decisión de encarar las primarias con un rival concreto a quien enfrentar. La segura disputa entre dos o más candidatos en el Frente para la Victoria y el acuerdo entre el PRO de Mauricio Macri, el radicalismo (bajo el ímpetu de Ernesto Sanz) y la Coalición Cívica de Elisa Carrió amenazaban con dejar a Massa sin la visibilidad necesaria para pensar en unas generales con posibilidades. Sparring o rival de fuste, José Manuel de la Sota devino aliado de circunstancia. Y le permitió poner coto a quienes pretendían que desechase la pelea mayor por las presidenciales para medir fuerzas como candidato a gobernador bonaerense. Además, claro, de recuperar algunas portadas.

Lo que Massa no pudo hasta aquí es suturar la ristra de deserciones de su fuerza en forma de amenaza velada, negociaciones a sus espaldas o fugas estentóreas. No pudo trascender con suerte la frontera de su provincia de origen con un armado nacional que le permita hacer posible su objetivo de máxima. La recomposición del Gobierno de Cristina, en un juego de suma cero, le obturó la posibilidad de ganar para su proyecto liderazgos territoriales de peso dentro del justicialismo. Y el crecimiento de Macri a nivel nacional le vedó el paso a acuerdos con dirigentes radicales. La apelación a un peronismo disidente, de contornos móviles y adhesiones lábiles, se convierte entonces en su trinchera, sin tener en claro si esa disidencia puede convertirse en una plataforma de despegue suficiente y, más en términos de cultura política, si el peronismo disidente puede ser algo más que mera disidencia. Parcial y acotada.

CONDUCCION

A principios de 2002 no quedaba estructura nacional en pie. El justicialismo no la tenía, “reducido” como estaba a una confederación de partidos provinciales con liderazgos variopintos y de peso, pero sin la posibilidad de trascender más allá de sus respectivas fronteras. Y el radicalismo, menos aún. El aparato justicialista de la provincia de Buenos Aires era el mayor de estos “partidos”. Y el que pudo, con buenas y malas artes, hacerse del control del Estado nacional en ese contexto. El interregno de Eduardo Duhalde, en definitiva, fue eso: la demostración de esa fortaleza y la evidencia de aquella debilidad. Un eventual “partido del orden” con cierta capacidad para administrar la salida del estadio más agudo de la crisis, pero sin posibilidades de mucho más.

De hecho, Duhalde fue el gran elector, sin la potestad de poder ser el elegido. De ahí, la “sorpresa” Néstor Kirchner. En tanto presidente inesperado y en tanto ruptura con lo precedente. Kirchner demostró que, efectivamente, el justicialismo tenía mucho del “partido del orden” requerido. Pero, también, que podía recuperar, del legado peronista, esa capacidad inédita de reinventarse. Y fue construyendo poder de esa manera. Con mucha inventiva a cuestas, por cierto. Y con artilugios variados para negociar cuando fuera necesario, convencer cuando se daban las circunstancias e imponer cuando se creyera imprescindible. Desde arriba, siempre. Pero procesando demandas que venían gestándose en el amplio y heterogéneo “campo social”. Con el justicialismo en disputa y, a su vez, como gran promesa de articulación posible. Tan necesaria como no lo suficientemente confiable.

Claro que hubo lugar para la disidencia. Duhalde, paradójicamente (o no), fue el primero que intentó una. Cuando se invirtieron los roles. Cuando perdió el control de su aparato bonaerense y quedó reducido a su círculo más íntimo. Casi como un anatema. Como lo viejo a superar… Pero no fue el único. Francisco de Narváez, en su momento, también quiso hacer usufructo de esa pertenencia. Pudo derrotar a Néstor Kirchner, incluso; pero no logró nunca trascender los límites de esa coyuntura. Lo mismo que los hermanos Rodrí- guez Saá, siempre eficaces para ganar en su comarca cuanta elección se disputase, pero sin posibilidades de convertir ese predominio en un proyecto nacional. O el mismo De la Sota. O el propio Carlos Reutemann.

SUMA CERO

Disidente, federal, díscolo, residual, o como optase por llamarse, ese peronismo no pudo nunca parir una unidad de sentido diferenciada y, menos aún, un imaginario alternativo que lo alejase de una imagen ceñida a liderazgos con anclaje territorial muy focalizados y a una impronta más ligada al pasado que a alguna expectativa de futuro posible. Eso sí, en cada ocasión en que los Kirchner retrocedieron en términos de aprobación ciudadana, allí estuvo para ofrecerse como amenaza. Más que ningún otro espacio. El de Massa es la última de estas disidencias. Y la que pretendía convertirse en punto de inflexión. No sólo por su anclaje en la provincia de Buenos Aires y su relativa juventud. También por su carácter de disidencia reciente y blandida en un momento donde la conducción del peronismo parecía decididamente abierta y en juego, y la sucesión (sin re-re) prometía una puerta abierta para ir en la conquista de un peronismo por fin redimido de la letra K.

No obstante, los resultados hasta aquí parecen más bien escasos. Por diagnósticos apresurados del propio Massa, por déficit en sus desafíos de construcción política y por la capacidad (otra vez) del kirchnerismo en eso de recuperar la iniciativa en momentos de debilidad extrema y de no cederla a pesar de los contratiempos. Y ahí, de nuevo, la pregunta sobre las potencialidades de la disidencia dentro de un movimiento como el peronista poco propenso a las disidencias si éstas no se convierten en nuevo liderazgo y pronta conducción. Un movimiento, en definitiva, en el que la ascendencia suele estar atada a un poder demostrable y la debilidad política resulta la peor de las monedas de cambio para establecer cualquier negociación.

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