PJ bonaerense: arrastre, simbiosis y colonización

(Columna de Pablo Ibáñez)

La provincia tiene el poder electoral para “poner” al Presidente de la Nación, pero carece de poder para elegir a su gobernador.

Federico Aurelio, heredero hi techde Julio Aurelio, insertó a sus ráfagas telefónicas un renglón sobre una peregrina candidatura de Marcelo Tinelli. De la matemática incierta de las encuestas, sobrevivió un dictamen de carácter político: el tipo más taquillero de la TV, cuando se zambulle a la salsa electoral, se ubica regularmente bien porque su nivel de conocimiento y su imagen son altas, pero bastante abajo del techo que le pone el partido por el que sería candidato.

Si refrendamos la sit com de un Tinelli filo K, medido como por el FpV, el conductor está en el orden de los 15 puntos [1] a la par de otros postulantes, y si fuese postulante exclusivo y excluyente rondaría el 40%. Es mucho –lo suficiente para ganar– pero no es más que lo que consiguen algunos de los anotados a la gobernación por el peronismo K si fuesen oferta única.

La picardía Tinelli y la tesis de un piso/techo oficialista –por épocas, como en una vivienda liliputense en el delta, el piso y el techo están demasiado cerca– invita a eternizar una de las más trágicas odiseas bonaerenses y, en particular, del peronismo del conurbano: la provincia tiene el poder electoral para “poner” al presidente de la Nación pero carece del poder político para elegir al gobernador.

Los numerólogos del massismo, guiados por Juan Amondarain, estiman que aunque el padrón bonaerense es el 37% del nacional, al computar concurrencia y voto válido, la provincia expresa el 42% del voto efectivo. Es decir: cada punto bonaerense equivale al 0,42% nacional.

Néstor Kirchner –también Sergio Massa, aprendiz del patagónico en esos asuntos– se concentró en colonizar la provincia de Buenos Aires convencido del mandamiento que tiene en los cálculos del massismo un argumento poderoso: ganar la provincia de Buenos Aires implica, casi sin excepciones, ganar el país [2]. El lado B, la paradoja bestial, es que la provincia –el sistema polí- tico provincial– no “eligió” al gobernador durante, al menos, la última década porque era facultad se la auto adjudicó el presidente que llegó a ese cargo gracias, en el lenguaje literal de la política, a los votos del conurbano que pusieron a Kirchner en el balotaje contra Carlos Menem.

Hay, en paralelo, otro elemento que contribuye a ese enfoque y es que los gobernadores (con la excepción de Alejandro Armendáriz) fueron dirigentes nacionales instalados y con millaje que bajaron al barro de la provincia.

Hasta el emblema que invocan los peronistas melancólicos, Eduardo Duhalde, aterrizó como gobernador no por su condición de intendente sino por una costura que lo sentó en la vicepresidencia de Carlos Menem. Ruckauf y Scioli repitieron, años después, el mismo “circuito virtuoso”.

El último gobernador elegido, y uno de los pocos junto a Antonio Cafiero, por el sistema político bonaerense fue Felipe Solá en 2003. Fue la única elección, de 1995 en adelante cuando se alinearon las constituciones nacional y bonaerense en mandatos de cuatro años, en que el gobernador no se eligió el mismo día que se votó presidente.

Esa peculiaridad fue, quizá, el principal escollo para que los gobernadores de Buenos Aires hayan llegado a sus cargos con identidad y entidad propia. Cuando se vota presidente, la discusión por el gobernador parece quedar relegada. Como además se eligen intendentes, el voto parece priorizar lo macro –presidente– y no la cercanía –el intendente– y no al gobernador.

Gustavo Posse y Jaime Linares, candidatos a gobernador uno por el PRO y otro por el FAP, coincidieron noches atrás en que debería abrirse, no para este turno, la discusión sobre si la provincia de Buenos Aires debe tener fecha propia y exclusiva, diferente de la presidencial, para elegir a su gobernador.

En ese 2015, la cuestión de los tres niveles electorales está vigente. Frente al fin de era de los Kirchner, la trascendencia de la elección presidencial es mayúscula y el renglón gobernador queda subsumido en la disputa grande. Parece inevitable que el sucesor de Daniel Scioli en La Plata surja no por mérito propio sino porque, con primarias o dedazo por medio, sea el postulante que vaya colgado del presidencial más votado en octubre; un gobernador electo por arrastre. Como, además, en la provincia no hay balotaje, el gobernador podría resultar electo con menos del 40% de los votos y convertirse en el menos votado desde, al menos, el regreso democrático [3].

Así y todo, el factor primordial gira en torno a cómo se elija y quien sea el candidato del FpV, sector que con la foto de hoy aparece con más chances de poner al sucesor de Scioli. El dispositivo K puso a circular a doce precandidatos –la cifra parece una humorada– pero ninguno se destaca cómodamente de los demás.

En otra columna en el estadista, exploramos una precariedad genérica del peronismo de Buenos Aires: formó dirigentes que saben administrar y retener el poder, pero no supo, de Duhalde para acá, construir sujetos electorales, candidatos que puedan ganar una elección. Por eso existieron los Ruckauf y los Scioli.

Julián Domínguez y Diego Bossio, los intendentes Martín Insaurralde, Juan Patricio Mussi y Fernando Espinoza, el vice Gabriel Mariotto, el viceministro Carlos Castagneto, Marín Sabbatela, “Chino” Navarro y, en transición, Aníbal Fernández son, con más y con menos, actores de la última década que lograron algún nivel de visibilidad y protagonismo, y vindicaron su pertenencia a la provincia. Sergio Berni y Santiago Montoya, que completan la docena, son bonaerenses por opción.

La multitud de candidatos emparda hacia abajo y vuelve, por premeditación o errores propios, que los postulantes tengan que salir a medirse como “candidato de Cristina de Kirchner” o “candidato del FpV” lo que, bien mirado, anula el valor de ese candidato porque su volumen está dado por ser el candidato de. Es decir: cualquiera de los anotados, u otros, pueden ocupar el sidecar de Cristina o el FpV. En criollo: Cristina puede, como último gesto de jefatura polí- tica, nominar al candidato a gobernador del FpV y, en ese acto, prácticamente convertirlo en futuro sucesor de Scioli, como una acción para condicionar desde Buenos Aires al presidente que venga, sea propio o ajeno.

En paralelo, la simbiosis política y econó- mica entre Nación y provincia es difícil de ignorar. En 2013, luego de ganar la elección bonaerense, Sergio Massa acuñó una frase intrigante y áspera. “La provincia de Buenos Aires –dijo –la gobierna el presidente de la Nación”.

Quizá por eso, los tres presidenciales que mejor cotizan, Scioli, Massa y Mauricio Macri son bonaerenses.

[1] Carlos Fara, con otra metodología y en un rango nacional, ubica a Tinelli en los 20 puntos.

[2] Ocurrió en todas las elecciones simultáneas salvo en 1999 porque, en aquella ocasión, Carlos Ruckauf fue con tres boletas: la del PJ, la del cavallismo y la de la UCeDé que sumadas le permitieron superar a Graciela Fernández Meijide. Sin embargo, Eduardo Duhalde perdió con Fernando De la Rua.

[3]Armendariz 51,98%, Cafiero 46,7; Duhalde 46,28; Duhalde 56,69%; Ruckauf 48,34%; Solá 43,32%; Scioli 48,24%; Scioli 55,07%. Datos del Atlas Electoral de Andy Tow.

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