El relator de TC

De las primarias provinciales no se pueden extraer tantas conclusiones como intentan hacerlo los medios y los analistas políticos.

¿Alguna vez han probado ver las carreras de Turismo Carretera de los domingos por la mañana en el televisor sin volumen? En la imagen se ve solo un auto doblando. Es el relator el que produce la emoción del televidente al anunciar excitado “toma la curva con todo y jugándosela por dentro Marquitos Di Palma”.

Las elecciones PASO que se vienen desarrollando adelantadamente en varias distritos asumen esa misma doble estructura: el periodismo y los opinadores le ponen a la cosa una emoción que no se ve reflejada en la serie de datos comparados entre elecciones pasadas. Conclusión: difícilmente sean los resultados concretos de estas PASO previas las que influyan decididamente sobre las elecciones presidenciales de octubre. Sí quizás (en todo caso; se verá; tal vez) influya en algo –marginalmente- la puja interpretativa sobre esos resultados.

El caso más patente es Santa Fe. Se destaca el triunfo del candidato Midachi-PRO Miguel Del Sel pero no solo la diferencia con la coalición socialismo UCR es absolutamente exigua, si no que los guarismos se asemejan mucho a los números que ambos obtuvieron en las elecciones a gobernador pasadas en el mismo distrito. En el 2011, el PS/UCR obtenía 38,74%, el PRO 35,17% y el FPV 22,24%. En las primarias del 2015, obtienen respectivamente 31,82, 32,2 y el 21,8. O sea, nada que se asemeje a un desplazamiento tectónico y que pueda preanunciar nada.

La diferencia que se da entre el voto a gobernador que cosecharon las fuerzas política y el que obtuvieron a nivel legislatura provincial tampoco es ninguna sorpresa. En 2013, el PS/UCR alcanzaba los 42,47 votos para diputados nacionales, y para la Legislatura provincial en 2015 logró 44 puntos. Pese a que la encabezaba el mismísimo Miguel Torres -Del Sel, como se lo conoce en el ambiente del espectáculo y ahora el de la política (espectáculo)- obtuvo 27,7. Claro, que esta vez, sin contar con su presencia, la lista para legisladores PRO solo alcanzó el 13,88 –lo que también refleja las jugadas tácticas del punteraje a nivel local, especialmente el radical, cuando se trata de defender el terruño-. Por su parte, lo del FpV es, como diría Parménides, inmutable: obtuvo 22,64 en las elecciones de 2011 a diputado y… 22,64 en las PASO a la Legislatura.

La cercanía final, aunque probablemente decisiva con que la UCR venció al combinado peronista –contribución póstuma del Chueco Mazzón a la supervivencia del PJ mendocino- tampoco permite decir que los venideros resultados a gobernador en esa provincia tengan un efecto arrastre contundente sobre las presidenciales de octubre.

Tampoco es una sorpresa que en estas elecciones primarias provinciales la performance del FpV este protagonizada por los referentes locales del peronismo muy poco kirchneristas. La victoria del muy conservador Urtubey en Salta no puede ser levantada graciosamente como propia por el progresismo latinoamericanista nacional y popular K, ni tampoco los números mayestáticamente estables conseguidos por ese muy buen gestor que es Omar Perotti, en Santa Fe. Ni La Cámpora ni ningún referente puro K ha podido adueñarse de ningún territorio político importante (se podría decir que ni siquiera se han hecho de un terrenito –político- propio).

O sea que en términos electorales y organizacionales el tan mentado regreso de la militancia juvenil no ha tenido ningún efecto de relevancia, como si lo tuvo la Coordinadora en la UCR en su momento. Y si, lo tiene a nivel de la plantilla de funcionarios, y seguramente lo tendrá en las listas de representantes donde a fuerza de empujar la lapicera, el Dr. Zaninni consiga localidades preferenciales para los miembros de esa agrupación de selecto ingreso.

Todo lo cual, y más allá de todo lo que se dice explica algunas preocupaciones y movimientos opositores. La convergencia no sorpresiva entre el PJ y la facción K en las provincias, va eliminando incertidumbres y reduce los grados de libertad en el oficialismo. Aunque siempre cualquier cosa puede pasar, en un esquema en donde todo depende de la voluntad de la Presidenta, en cuya ingesta diaria no es vidrio precisamente su plato preferido. Una candidatura de Daniel Scioli, apoyada activamente por el kirchnerismo en un ambiente económico no crispado es un desafío dificilísimo para una oposición que sigue dividida. Preocupación que invade a los políticos y a los miembros del establishment que se han cansado de ganar plata en una década ganada políticamente por los K, y ahora ven que para poder seguir ganando necesitan pasar a un gobierno más “market friendly”. Es que cuando se acaba la soja, buenos son los bonos.

El cuco del control del kirchnerismo sobre una eventual presidencia de Scioli no convence demasiado a los empresarios top, a pesar de que el gobernador de Buenos Aires ha sido un virtuoso en eso de mandar mensajes subliminales a ese empinado sector. Se habla entre ellos, con rostros cariacontecidos salidos de Nosferatu, la posibilidad de que Axel Kiciloff sea vicepresidente (como si en Argentina fuera a primar un sistema vicepresidencialista, en vez del presidencialista en donde el vice tiene la excelsa tarea de tañir la campanita).

Por eso, ahora ha comenzado a desplegarse con fuerza ya públicamente la idea de que la única manera de doblegar al oficialismo será con una oposición unida, al estilo de lo que ensayaron –infructuosamentelas fuerzas opositoras con Capriles en Venezuela. Pero claro, Argentina no es ese hermoso país caribeño, y las encuestas dicen que el electorado prefiere el cambio a la continuidad. Claro que otra cosa es el ambiguo sector intermedio que ha empezado nuevamente a engrosarse (a medida que el caso Nisman se desinfló) de los que quieren una continuidad con cambios, y los que quieren un cambio con continuidad.

El problema esencial para la oposición es que Daniel Scioli gané en primera vuelta, y para eso le es suficiente sacar el 45%, o el 40% con una diferencia de 10 puntos sobre su inmediato competidor. Se podría decir que se trata de elecciones primarias, y que ellas mismas se van a ocupar de concentrar el voto en la primera vuelta, al ser utilizadas como información clave por el mayoritario voto estratégico opositor. Ciertamente, esto no funcionó antes, porque CFK estaba tan arriba en las encuestas que a nadie le convenía unirse y pagar los costos de armar una coalición para perder. De allí el síndrome de Blancanieves y los Siete enanitos que imperó en el 2007 y en el 2011. Pero los números cantan que hoy el oficialismo no tiene semejante tsunami encuesteril a su favor.

Una coalición amplia opositora dará, ya en las PASO, la señal de que “no habrá segunda vuelta”, y que todo será a cara y verdad entre la continuidad del oficialismo y el cambio opositor. Pero claro, estas conveniencias genéricas quedan relativizadas por las efectividades conducentes de cada candidato y a las fuerzas que representan. Una primaria a la que se incorpore Massa no le conviene a la UCR si esto significa negociar entre las tres fuerzas la lista de diputados única, o lo que es peor, que finalmente cada fuerza vaya con su lista por separado.

Por su parte, el esquema más conveniente para el PRO y para la UCR que es que Sergio Massa vaya a la provincia de Buenos Aires, no parece tener efectos definitivos tampoco sobre la elección de octubre. Contrariamente a lo que se dice, la candidatura boneaerense a gobernador ha sido siempre pasiva y no agrega votos a la candidatura presidencial. Y por otra parte, es probable que parte del voto peronista de Massa se oriente hacia el candidato del FpV, volviendo, cuanto menos, neutra la movida.

Así como están las cosas, al final de la nota, uno finalmente se da cuenta que ha tratado de sumar emoción en el relato a realidades menos atractivas (como el relator de TC, como todos los colegas). El lector dirá – si llegó a esta última línea- si ese metaobjetivo fue alcanzado o no.

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