¿Industria estás?

(Artículo publicado en la edición Nº31)

El sector industrial vive su mejor momento desde la década del ’70. Empero, los desafíos del sector, vital para el desarrollo nacional, son grandes aún.

Hay abundante literatura económica e histórica que atestigua que los países ricos son, predominantemente, industriales. A diferencia de la agricultura, la industria emplea a más personas, brinda mejores salarios, especializa la mano de obra, genera más riqueza y le permite al Estado recaudar más, entre otros motivos.

Inglaterra lo entendió hace más de 200 años, luego los europeos continentales y EE.UU. En América Latina es un tema de larga data pero con obstáculos de todo tipo. Los asiáticos lo aprendieron hace poco y todo indica que son buenos alumnos.

“Hay un vínculo necesario entre el desarrollo del sector industrial y la integración social y una mayor calidad de vida para la población”, reflexiona Marcelo Rougier, investigador del Conicet. Los vaivenes de la industria argentina, ya conocidos, no son el objeto de esta nota.

La intención, más bien, es analizar su desempeño durante el kirchnerismo. Desde la recuperación económica posterior al colapso de 1998-2001, la industria argentina ha visto incrementar su producción hasta niveles récord. Esta evolución ha configurado el
modelo productivo de matriz diversificada, la pomposa definición que le ha dado el Gobierno Nacional.

“Me encantaría vivir en un país donde los mayores ingresos tal vez los produjera la
industria. Seguramente estaríamos viviendo en los grandes países desarrollados, donde la industria siempre ha subsidiado al campo”, dijo la Presidenta cuando asumió en 2007. A los pocos meses, refundó el Ministerio de Producción.

Pero, más allá del discurso, cabe realizar dos preguntas: ¿Se industrializó el país en los
últimos ocho años? ¿Qué se hizo desde el Gobierno Nacional para favorecer ese proceso? “Desde la salida de la convertibilidad, se ha logrado revertir la tendencia de las últimas tres décadas a desindustrializar la estructura productiva. Además, el empleo industrial volvió a crecer, subieron los salarios, aumentó la productividad y se incrementaron las exportaciones del sector”, manifiesta Fernando Peirano, docente de la UNQ, la UBA y miembro de la Asociación Económica para el Desarrollo Argentino (AEDA), un conglomerado de economistas de impronta heterodoxa.

Según Peirano, esto se debió a decisiones políticas. “Aquí sobresalen tres elementos. En primer lugar, hay un tipo de cambio que está a favor de la producción nacional, a diferencia del de los ’90. Antes era negocio importar y vender. Ahora, producir y vender. En segundo lugar, hay una tasa de interés negativa en términos reales. Esto alienta el consumo y desincentiva la especulación financiera. La mejor manera de reinvertir las ganancias hoy es expandir las actividades productivas. Por último,
hubo un estímulo al fortalecimiento de la demanda, que amplió el mercado interno”,
dice. Rougier coincide con estos tres impulsos, y más allá del crecimiento de la industria, “que es innegable”, cree que “hay muy pocas medidas de política industrial”.

Miguel Braun, director ejecutivo de la Fundación Pensar, think tank del macrismo,
expresa que “el modelo no es productivo sino rentístico”. La economía argentina es muy dependiente de la bonanza internacional, como el alto precio de la soja y la fuerte apreciación del real, que le da competividad a la industria local con su principal socio comercial.

“El Estado captura estos ingresos, que no van a durar para siempre, y los reparte para
sostener el consumo”, reflexiona y menciona que la Argentina está lejos en el ranking
de países de la región que más inversión extranjera directa atraen. “Nos recuperamos del desastre de la convertibilidad, pero no hay nuevas industrias ni hubo inversión privada de magnitud”, dice y agrega: “No hay diversificación. La proporción de productos primarios sobre el total de exportaciones está básicamente estancada en
22%: ese fue el nivel en 1997, en 2003 y en 2010”.

DESAFIOS
En lo que sí coinciden los tres es en que las limitaciones del modelo son cada vez mayores y que los desafíos que ello plantea requerirán más audacia por parte de las autoridades. “Hay un cambio del 2007 hasta ahora. Es necesario sofisticar las herramientas para que el crecimiento se transforme en un cambio estructural en pos del desarrollo”, dice Peirano. Los motivos, como señala Braun, son dos: “Desde
el 2007, el desempleo y el salario real están prácticamente estancados”. La macroeconomía, agrega, ya no es tan sólida como en los primero años kirchneristas: “Cristina recibió la economía con alto crecimiento, inflación relativamente controlada y superávit fiscal, y la va a entregar con un crecimiento mediocre, inflación descontrolada, un tipo de cambio poco competitivo, déficit fiscal y una cuenta corriente deteriorada”.

Rougier, autor de “Estado y empresarios de la industria del aluminio en la Argentina.
El caso Aluar” (UNQ, 2011), entiende que hacen falta más “políticas de crédito e impositivas para favorecer a las pymes”, entre otras cosas, aunque reconoce que los tiempos de la política también juegan su rol aquí. “Hay momentos políticos más propicios que otros, pues la industrialización requiere de una base social y política que la sustente”.

“Hay una estructura industrial que aún no está del todo integrada. Prueba de ello es
la dependencia de los insumos y maquinarias del exterior. El sector de la industria sigue siendo deficitario a nivel comercial: se importan más bienes industriales de los que se exportan. Otro carencia es la poca presencia de empresas nacionales, en comparación con las extranjeras, entre las grandes firmas industriales”, adiciona Rougier.

Según Peirano, “para extender por otros diez años el ciclo de expansión industrial parece conveniente ampliar las herramientas de política industrial, tanto para sofisticar la intervención y lograr objetivos tales como convertir a las actividades satélites en parte del núcleo consolidado de sectores industriales”. Los sectores consolidados son la industria alimentaria, automotriz, petroquímica, siderúrgica y del papel. Por otro lado, las industrias satélites, dinámicas e intensivas en conocimiento, que han crecido en los últimos años y que deberían seguir haciéndolo son la del software, la biotecnología y ciertos bienes de capital.

Los tres economistas creen que se necesita una línea de créditos de largo plazo para el
desarrollo productivo. En una reunión que la Presidenta mantuvo con la cúpula de la UIA días atrás se habló de crear una banco de desarrollo abocado al fondeo de ese tipo de proyectos. “La ministra de Industria, Débora Giorgi, me acaba de acercar un proyecto para un banco de desarrollo, y lo estamos analizando”, dijo CFK.

Es una idea que viene circulando hace varios años ya. ¿Habrá un anuncio antes de octubre?

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