Reseña y metáfora de una lucha desigual

(Artículo publicado en la edición Nº31)

Una explicación de por qué es más probable que las próximas elecciones las gane el peronismo.

Aunque conocida, una estadística formulada del siguiente modo puede impactar: si se considera el período de sesenta y cinco años que se extiende entre 1946 y 2011, y se repara en los lapsos en que hubo elecciones sin proscripciones, que en total suman cuarenta años, se observa que de ellos el peronismo gobernó treinta y uno, lo que equivale a más del 75% de la etapa analizada.

En efecto, con distintas orientaciones políticas y económicas, el justicialismo ocupó el gobierno entre 1946 y 1955, luego entre 1973 y 1976 y, durante el largo período democrático que gozamos, entre 1989 y 1999, y desde 2002 hasta la actualidad.
A este contundente recuento debe agregarse que en los últimos sesenta y cinco años solo dos gobiernos no peronistas fueron elegidos en comicios libres: el de Alfonsín y el de De la Rúa.

Sin embargo, este último llegó al poder mediante una coalición entre el radicalismo y una fuerza peronista escindida. Si faltaran evidencias del sesgo político argentino, hay que sumar una fatalidad: los dos gobiernos de origen radical trascurrieron en épocas
netamente desfavorables para la economía argentina y terminaron antes de tiempo en circunstancias críticas.

Todo esto es sabido, aunque tal vez las fuerzas políticas que compiten hoy con el Gobierno no terminan de dimensionarlo y de prever sus consecuencias. La sociología es una ciencia de regularidades y de ellas extrae sus inferencias. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que si hacemos un cálculo de probabilidades concluiremos que
lo más factible es que el próximo presidente sea peronista, esta vez bajo el rostro del kirchnerismo.

Para decirlo de otra manera: cuando se afirma que el peronismo es la única fuerza capaz de gobernar este país, la respuesta “científica” dirá: no es la única, sino la que más probablemente lo gobierne. Los números confirman hoy esa presunción. Pero quizás no es la cantidad, sino la cualidad, la clave del problema.

Más allá de los sondeos, se percibe una profunda asimetría argumental entre oficialismo y oposición. Desde 2003, el Gobierno domina con holgura la escena discursiva e impone los temas, a los que se ve arrastrada la oposición. Esta desearía que se discutieran cuestiones institucionales y de procedimiento. Resulta lógico. En la división del trabajo al que lo confinó la historia, el no peronismo es perito en república. Pero hoy la agenda se ciñe a empleo, producción y consumo. La debilidad de la idea republicana, cuyo exponente clásico es el radicalismo, resulta un corolario de esta reseña.

Pero es algo más que debilidad. El populismo se le escurre de las manos al republicanismo, que no logra descifrarlo. Lo tilda de transformista ideológico o de oportunista, no entiende cómo conviven en él expresiones políticas aceptables con “negros y feos” como Hugo Moyano y Luís D’Elia. Menem y Kirchner no caben juntos
en la racionalidad republicana.

Tal vez una metáfora arquitectónica ayude a entender este enredo. Podría decirse que el peronismo semeja a una casa de dos plantas. En la de abajo reside el propietario, que es el peronismoperonista (sindicatos, barones territoriales, punteros, etcétera); en la de arriba viven sucesivamente los líderes coyunturales del movimiento, que alquilan el piso.

El contrato de locación le permite al inquilino pintar la casa del color que quiera y hacerle arreglos a discreción, pero no modificaciones estructurales. El alquiler cotiza alto (el piso de arriba es muy buscado) y se paga en las especies más diversas:
dinero, dádivas, prebendas, fondos ingentes para infraestructura, planes sociales, clientelas y proselitismo.

La popularidad del inquilino determina la duración del contrato; si mantiene la aprobación renueva, si cae en desgracia debe irse. Ningún contrato alcanzó los once años. La casa peronista es dinámica y flexible, vence al tiempo. Otorga beneficios seguros a sus moradores y posee sabiduría mediática: sustrae de los flashes al dueño, que es impresentable y exhibe al inquilino, cuya gloria tiene plazo fijo.

Así se amasan el éxito y la perdurabilidad. Y se cobija al pueblo de sus enemigos.
Si se acepta esta imagen, se verá que el peronismo no es una ideología, sino una arquitectura y un contrato; o, dicho en términos académicos: una organización y un enunciado. Al liberalismo político argentino, que no habita una casa sino que venera
un mausoleo, se le hace difícil comprender esta configuración. Quizás esa ceguera tenga que ver con sus derrotas.

Si nos atenemos a las encuestas, la inquilina del piso de arriba renovará el contrato por cuatro años más. Las probabilidades están de su lado y la cultura política la impulsa. Aunque el propietario de la casa, al que ella en secreto abomina, exigirá cada vez más. Le cobrará caro el desprecio. Y también la osadía de superar, en sociedad con su marido, el decenio menemista.

En estas circunstancias, pedir lo imposible para conseguir lo posible, acaso pueda ser una divisa del no peronismo. Abajo en las apuestas y a la intemperie, alguno de sus representantes empieza a vislumbrar que muchos argentinos, antes que adorar ídolos, quieren pragmatismo y flexibilidad para vivir en otra casa.

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