Los vaivenes del voto porteño y sus complejidades

(Columna de Facundo Matos)

¿Se trata de un electorado ininteligible, volátil e impredecible, como se ha dicho? ¿Cuáles son sus particularidades y cómo cambió el escenario local con la irrupción del PRO?

Mucho se ha dicho sobre el voto porteño: que es bipolar, incomprensible, irracional, esquizofrénico. Después de elegir dos veces al progresista Aníbal Ibarra, los porteños votaron también la elección y reelección del centroderechista Mauricio Macri. En 2011, el voto cruzado (la reelección para Cristina Fernández y para el jefe de Gobierno) despertó la curiosidad de analistas políticos y politólogos. ¿Es el voto porteño ininteligible, volátil, impredecible? ¿Cómo votan los porteños?

Para el sociólogo Artemio López, de la consultora Equis, el voto de los porteños “no es tan distinto al del resto de los centros urbanos, tiene comportamientos bastante predecibles en muchos casos y tiene comportamientos invariantes y pisos electorales, como en otros distritos. No es que se están reinventando en cada elección”.

Según Julio Burdman, «no es cierto que el voto porteño no tenga regularidades», aunque también tiene sus particularidades, entre las que destaca “la poca tradición en experiencias de política local” y la existencia de «una clase media-alta grande que deriva en una oferta política liberal conservadora siempre presente que no existió exitosamente en el resto del país».

QUÉ DIJERON LAS URNAS

Durante la primavera alfonsinista, los porteños acompañaron mayoritariamente al radicalismo. En 1983, la UCR obtuvo su porcentaje más alto (49 por ciento), en 1985 descendió a 43 por ciento y en 1987, cayó a 39 por ciento pero aun así fue uno de los pocos distritos del país en los que ganó. Mientras tanto, el Partido Justicialista osciló en torno al 25 por ciento. Es decir, al menos dos tercios del electorado optaron por alguno de los dos partidos tradicionales durante esa primera década posdictatorial.

Como contrapartida, la suma de las terceras fuerzas de centro izquierda (como el Partido Intransigente de Oscar Alende y el Partido Demócrata Cristiano de Carlos Auyero) mantuvieron un módico 13 por ciento y la de los partidos liberales (principalmente la Ucedé), fueron creciendo del 14 por ciento al 25 por ciento beneficiándose de un corrimiento del electorado radical conservador que apoyó a Alfonsín en los primeros años.

Tras los primeros años de supremacía alfonsinista en la Ciudad, llegó un breve lapso de éxito para el peronismo. Con el PJ volcado a la derecha, el peronismo sumó a su base electoral del 25 por ciento parte de los votos que habían ido al radicalismo y a las opciones liberales. A tal punto que en 1993, -el mejor año de la convertibilidad- la lista de diputados nacionales del peronista-menemista Erman González logró darle al PJ su primer triunfo en la esquiva Ciudad de Buenos Aires. Mientras tanto, el radicalismo mantuvo porcentajes altos, que oscilaban entre 20 por ciento y 40 por ciento, conservando para las fuerzas históricas los mismos dos tercios del electorado de años atrás.

La irrupción del Frepaso (en 1995) y la crisis del radicalismo a fines de siglo pasado y comienzos del actual, marcaron un antes y un después. La oferta electoral se fragmentó (llegó a haber 33 listas en 2003) y las fuerzas minoritarias por izquierda (ARI, el progresismo ibarrista y Proyecto Sur) y derecha (Recrear, PRO) empezaron a ganar terreno, al punto de llegar a desplazar al PJ y la UCR del primer plano.

Así, para fines de la década de los noventa y principios de la siguiente, ya se anticipaba lo que marcadamente existe hoy en día: la fuga hacia terceras fuerzas de esos dos tercios del electorado que se inclinaban por los partidos tradicionales.

Con el FpV el peronismo volvió a recuperar al cuarto del electorado que se optaba tradicionalmente por el justicialismo. Con UNEN, el radicalismo marcó en 2013 su mejor resultado en décadas. Pero la consolidación de PRO como oferta local exitosa en varias elecciones consecutivas, puso en apuros a los dos partidos tradicionales y volvió menos volátil al electorado porteño, que en 2003 (en primera vuelta), 2005, 2007, 2009 y 2013 le dio el triunfo al espacio encabezado por Mauricio Macri. Desde 2009, un 60 por ciento del electorado ya no vota por el PJ ni por la UCR.

En suma, confluyeron dos fenómenos. Por un lado, la crisis de los partidos tradicionales (básicamente la del radicalismo). Por el otro, el surgimiento de terceras fuerzas que fueron exitosas a la hora de representar a un porcentaje grande del electorado que en décadas previas servía para engrosar las filas del PJ o la UCR porque no encontraba un partido que los interpelara genuinamente.

“Hay un redescubrimiento de lo porteño –apunta Burdman-. Antes de PRO nunca se llegaron a plantear agendas locales y aunque Macri tampoco lo hace por completo, es cierto que hay un avance en el sentido de plantear algunas cuestiones como el traspaso de la policía o el subte”. En ello, probablemente jugó buena parte la apertura al voto popular del jefe de Gobierno, desde 1996.

HETEROGENEIDAD

Otro eje del análisis del voto porteño radica en la heterogeneidad del electorado en función de su distribución geográfica, y como consecuencia de ello, una respuesta disímil en las urnas.

El corte entre norte, centro y sur de la Ciudad, contradiciendo aquello del voto volátil, ha seguido una cierta lógica. Tradicionalmente, las comunas del norte apostaron mayormente a las ofertas liberales, las del centro se caracterizaron por la presencia de un voto progresista y antiperonista –durante buen tiempo radical- y las del sur marcaron los mejores resultados del peronismo en la Ciudad, pese a que tampoco allí se logró hacer verdaderamente fuerte el justicialismo.

Si bien es cierto –como remarca Burdman- que “a medida que se acerca al conurbano, el voto de la ciudad se parece más al de sus municipios de frontera”, distan de ser votos iguales. En las últimas décadas, por caso, se viene produciendo lo que Artemio López llama la “conurbanización del sur de la ciudad”, a pesar de la cual las preferencias de los electores del sur porteño no se han ido pareciendo más a los de los partidos bonaerenses lindantes sino que se mantuvieron en sintonía con el resto de las comunas.

«Teniendo indicadores demográficos, sociales y económicos más similares a los del conurbano que a los del resto de la ciudad, los sectores del sur porteño tienen como formato de representación política más probable a la proximidad que le da un intendente del conurbano bonaerense al estilo populista, y sin embargo, el que mejor pensó la Ciudad y mejor domina su heterogeneidad no es el peronismo sino el PRO, que aparece como una cultura política de representación eficaz muy por encima del progresismo de los noventa, de los cuales el kirchnerismo jamás se desprendió”, dice López.

El peronismo en la ciudad está lejos de obtener guarismos similares a los del justicialismo en el conurbano. Esto se vio con claridad en 2011, cuando la oferta nacional del kirchnerismo (la fórmula CFK-Boudou) se impuso tanto en las comunas porteñas del sur como en las zonas del conurbano sur lindantes con la CABA; la oferta bonaerense (Scioli-Mariotto) triunfó en el conurbano sur, y sin embargo, la fórmula porteña del kirchnerismo (Filmus-Tomada) no pudo quedarse con ninguna de las comunas del sur, donde triunfó el macrismo.

Otra prueba de las limitaciones del kirchnerismo encuentra en el sur de la ciudad se da analizando los números de Cristina en esas elecciones, de un lado y del otro de la General Paz. Si bien se impuso en las comunas sureñas, obtuvo números muy por debajo de los que logró en los barrios del conurbano bonaerense lindantes con esas comunas. Mientras en la comuna 9 (Parque Avellaneda, Liniers y Mataderos) el FpV logró el 41 por ciento de los votos y una diferencia del 18 por ciento respecto al FAP, a pocos metros de allí, en La Matanza, Cristina triunfó con el 68 por ciento de los votos, contra apenas 10 por ciento de Hermes Binner (ver cuadro).

Desde su aparición, el espacio encabezado por Mauricio Macri se consolidó como oferta local exitosa. “El PRO ha resuelto bastante bien la heterogeneidad de la Ciudad. Es más compleja la cultura política del PRO, porque ha dado cuenta de la heterogeneidad del electorado. Piensa integralmente la Ciudad y es más capaz de adaptarse: tiene un discurso en el norte, otro en el centro y otro en el sur”, reconoce Artemio López.

Otro de los logros, ha sido sin duda saber expresar una agenda local e incorporar a su discurso las preocupaciones de los porteños, que en muchos casos difiere de las de buena parte de los habitantes del resto de los distritos del país, como la cuestión cultural, los derechos individuales, los Derechos Humanos y la institucionalidad.

De ese modo, como señala Gabriel Vommaro, sociólogo y autor de Mundo PRO, “a la alianza menemista de buenos resultados en el norte y sur, PRO le fue sumando adhesiones en la franja central de la ciudad”, donde se concentra el voto progresista pero antiperonista de clase media.

De cara a las próximas elecciones, las encuestas muestran poca volatilidad, con cerca de la mitad del electorado volviendo a elegir al macrismo en todas las comunas, sea con Horacio Rodríguez Larreta o Gabriela Michetti. La novedad, en este caso, pasará más por las internas que definirán al candidato del espacio oficialista.

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Pensando en presente y futuro | Facundo Matos
5 años atrás

[…] – Desperonizar la boleta del peronismo es un favor a la oposición. La Ciudad de Buenos Aires está lejos de ser la más peronista, lo sabemos todos. Pero el justicialismo logró históricamente un piso del 20-25 por ciento y cierta adhesión en el sur porteño. Ni el progresismo K ni La Cámpora pueden reemplazar al peronismo. Lo decíamos acá. […]

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