El espacio (acotado) del progresismo

(Columna de Néstor Leone)

Sin Hermes Binner como candidato y sin la UCR como aliada, las fuerzas de centroizquierda no kirchnerista redefinen su estrategia.

La entente de espacios que se autodefinen como progresistas o de centroizquierda (así, de manera indiferenciada) y que, a su vez, se piensan como parte de la oposición al Frente para la Victoria transita por estos dí- as el terreno escarpado de las redefiniciones necesarias. Extinto ya el FAUnen, por lo menos tal como se lo conoció brevemente, y sin la visibilidad mediática que tienen otros, ese conjunto de fuerzas suma zozobras ante la posibilidad de quedar aprisionado en los márgenes del tablero político, fagocitado por la disparidad de recursos respecto de sus rivales y la pérdida del radicalismo como aliado clave. Pero también se permite expectativas variables ante el desafío de expresar el descontento que puedan sentir algunos segmentos del electorado (votantes tradicionales del radicalismo, incluidos) frente al corrimiento del mainstream opositor hacia posiciones más conservadoras o de centroderecha.

Entre esas redefiniciones, el conglomerado de fuerzas ya tiene (casi) resuelta la de su candidata a presidente. Será Margarita Stolbizer, dirigente del GEN, uno de los sellos que persisten en el acuerdo. Y no Hermes Binner, socialista santafesino y candidato “natural” del espacio hasta hace poco. La buena performance de Binner en las presidenciales de 2011, cuando obtuvo un tan alejado como meritorio segundo lugar, lo ubicaba como seguro aspirante para volver a intentarlo. Su dificultad para retener y ampliar aquella adhesión, algunas adversidades en la provincia que gobierna su partido y cierto desdibujo de su perfil entre un más acentuado ímpetu opositor y algunas definiciones reñidas con lugares comunes del credo progresista, produjeron un desgaste mayor al esperado y lo hicieron desistir del intento. Y esto, aun siendo el referente del espacio mejor ubicado en intención de votos.

Lo que no pudo redefinir todavía este conjunto de fuerzas (Partido Socialista, GEN, Libres del Sur, ¿Proyecto Sur?) es su contorno, ni qué tipo de campaña le conviene más para optimizar sus posibilidades. La decisión orgánica de la UCR de participar en una primaria común con el PRO de Mauricio Macri lo obligó a soltar amarras respecto de ese aliado intermitente. Y el juego de egos en un escenario de fragmentación no resuelta le impide ampliar sus acotados límites. Entretanto, la tensión permanente (implícita, casi siempre) que le provoca la disputa en desventaja con el kirchnerismo por una agenda de temas y de símbolos que considera propios lo despoja de argumentos posibles y lo arrincona a una oposición incómoda y acomplejada, culposa e impotente. Más liberalcentrista de lo que quisiese; menos nacionalprogresista de lo que pudiese. Tan anclada en la esfera de lo moral como alejada de la posibilidad de esbozar alternativas más o menos concretas.

ITINERARIOS

La relación entre kirchnerismo y universo progresista fue enrevesada, casi desde el vamos. Desde que Néstor Kirchner los convocara para ampliar su escueta fuerza y algunos de sus referentes se sintieran prontamente interpelados, atraídos por una inesperada “nueva oportunidad” tras la desazón que significara el itinerario del Frente Grande-Frepaso y el desbarranco de la Alianza. Otros, más distantes y desconfiados, se mantuvieron remisos a reconocer virtudes en esa novedad política, y más predispuestos a exigir una prórroga indefinida para caracterizaciones contundentes. Entre éstos últimos, la transversalidad propuesta por Néstor Kirchner en aquellos años iniciáticos sería un primer problema a conjurar. Y, quizá, el que contendría a todas las disyuntivas posteriores.

La convicción de ver simples engaños en cada decisión de gobierno o grandes desencuentros entre los discursos del kirchnerismo y sus hechos políticos se convirtió en el resguardo argumental preferido de aquellos que quedaron en la oposición. O de aquellos que, como Libres del Sur, mudaron hacia allí. Mientras la política concreta se empecinaba en colocarlos en aprietos y frente a opciones taxativas, lejos de la lógica de los simulacros. El apoyo legislativo a buena parte de las medidas que el kirchnerismo asumió como inescindibles de su ideario de cambio y radicalización política (del fin de las AFJP a la ley de Medios, de la nacionalización de Aerolíneas a la expropiación parcial de YPF) pondría en tensión ideología e identidad política entre sus filas. Y los colocaría, de manera no querida y contradictoria, como aliados tácticos y circunstanciales del Gobierno. A pesar de su rechazo consuetudinario, y de su propio estupor.

PERSPECTIVAS

Todo espacio político –bien lo saben los operadores de toda laya– puede ser portador de ideas-valores-motivaciones preclaros, transformadores y bienintencionados, pero si no están “materializados” en una organización con capacidad de incidir en el sistema de relaciones de fuerza pierden espesor, se desvanecen, y quedan deglutidos por las fuerzas realmente actuantes, que naturalizan ese estado de cosas que se pretende cambiar. Esa dificultad suele atravesar a las fuerzas autodenominadas progresistas. Sobre todo, a aquellas que quedan reducidas a personalismos mediáticos o testimoniales, confían demasiados en la productividad política del clivaje “corrupción versus transparencia” o no pueden hacer anclaje en territorios concretos.

El Partido Socialista, de alguna manera, pudo romper con esta lógica entre las fuerzas “progresistas” no K. En la provincia de Santa Fe, por ejemplo; y con una alianza de fuerzas consistentes y sostenida en el tiempo (radicales incluidos) que le permitió gobernar hasta aquí durante dos períodos consecutivos. Esa confluencia política, sin embargo, no pudo mantener su curso a nivel nacional. A pesar de varios intentos. El Acuerdo Cívico y Social, en 2009, y las variantes que darían forma a FA-UNEN, tras las elecciones de 2013, parecían mostrar un camino. Pero también conllevaban varias limitantes. Por un lado, cierta incapacidad para ofrecer una alternativa de poder concreta, cierta. Por el otro, la dificultad para hacer compatibles miradas disímiles sobre estrategias electorales (y no sólo) entre sus diversos socios.

Ya sin la UCR como aliada, resta saber cómo estas fuerzas “progresistas” intentarán revertir su capacidad decreciente para gravitar en los debates actuales. Y, de modo más concreto, cómo intentarán ampliar su base de apoyos para no quedar reducidos a una expresión marginal. Abrir intersticios entre los disconformes del acuerdo radicalPRO parece una vía posible. Explorar un campo de acción más acorde con su tradición política, quizá sea otra.

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