¿Regreso de “la causa contra el régimen”?

La competencia electoral será también sobre los significados de la continudad y el cambio.

Raúl Alfonsín solía explicar que el gran daño producido en la Argentina por la división entre peronismo y antiperonismo no era solo por los odios y enconos que generó sino porque, en esencia, dicha divisoria de aguas había partido de un gigantesco equívoco que había escindido el campo de las mayoría populares, obligándolas a elegir entre la justicia social en desmedro de las libertades o las libertades en desmedro de la justicia social. Eso contribuyó a que quedaran conformadas dos grandes constelaciones en la política nacional, las que juntaban por izquierda y por derecha a quienes se distinguirían de sus contrincantes por razones bien diferentes cuando no opuestas entre sí.

Nacionalistas, conservadores, socialistas y laboristas; pobres y ricos, gente de la clase media convergieron en el peronismo y otros tantos en el antiperonismo. El peronismo abarcaría el más amplio espectro, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, y aunque llevaría el sello de su representación de la causa de los trabajadores y de sus políticas de justicia social, no dejaría de llevar en su marca identitaria los rasgos de un populismo autoritario. Y el radicalismo, en un rango mucho menor, contendría también un ala tradicional de centroderecha y otra más avanzada, de centroizquierda. Nos encontramos así –recordaba Alfonsín en tono autocrítico– oponiéndonos al peronismo junto a quienes lo hacían no tanto por lo malo sino por lo bueno que tenía.

La evocación viene a cuento del rumbo que empieza a tomar la política nacional con vistas a las elecciones presidenciales de octubre, especialmente a partir de la Convención de la UCR en Gualeguaychú, y la posible conformación de dos grandes coaliciones competitivas pivoteando en el peronismo y el radicalismo. Para empezar, el acuerdo de la UCR con el PRO y la Coalición CívicaARI para dirimir candidaturas entre Macri, Sanz y Carrió transformó la perspectiva de una competencia despareja –que venía mostrando la fragmentación de las fuerzas de la oposición y la iniciativa del lado del oficialismo, también con diferencias y tensiones internas–, en una carrera electoral más competitiva.

La arena de competidores dividida en tres tercios o cuatro quintos se recompondría en otra de dos grandes coaliciones electorales, una representando al oficialismo y otra a la oposición, lo cual vendría a representar la disputa entre populismo y republicanismo o entre centroizquierda y centroderecha, según las variables que se escojan. Esto cambia las perspectivas y estrategias del kirchnerismo, que apuntaban a un triunfo en primera vuelta, jugando con la diferencia que podrían sacar entre el primero y segundo más votados, y hace más verosímil y probable que el próximo presidente se defina en la segunda vuelta electoral.

No es la primera vez que el radicalismo cambia su rumbo en una dirección inesperada y aún en situación de debilidad relativa, obliga a torcer el rumbo que parecía tomar la política nacional. Ocurrió hace veinte años, cuando el ex presidente Alfonsín firmó el Pacto de Olivos y le dio al entonces presidente Carlos Menem la reelección, a cambio de la reforma constitucional de 1994, que entre otras cosas le limitó esa reelección a un solo período. Volvió a ocurrir, años más tarde, en 1997, cuando la UCR selló su alianza con el Frepaso y derrotó a un justicialismo dividido en las presidenciales del ’99. En ambos casos fueron decisiones personales de sus líderes, pero fueron sometidas a la deliberación, el debate interno y la resolución de sus órganos partidarios, refrendadas por la misma Convención nacional que le dio mandato a Ernesto Sanz para acordar con Mauricio Macri esta “convergencia” electoral. Otro asunto es cómo les fue a los radicales, y al país, en aquellas oportunidades con esas apuestas mayores, sobre todo recordando la fallida experiencia del gobierno de la Alianza y el final de la presidencia de De la Rúa. Hubo aciertos tácticos y errores estratégicos en esas opciones; o a la inversa, aciertos estratégicos y errores tácticos. De una u otra manera, luego de la crisis de 2001 la historia condenó a los radicales a permanecer lejos de la Presidencia y seguir sufriendo diásporas y sangrías internas, pese a lo cual siguen siendo el segundo partido político nacional, con una dotación de 14 senadores, 40 diputados, presencia en las 24 legislaturas y gobiernos provinciales y más de 580 intendentes en todo el país.

Las encuestas anticipan que un eje central que definirá esta competencia es la relación entre continuidad y cambio, algo previsible en una elección presidencial como ésta. Lo interesante del caso es que la superficie ideológica sobre la que se planteará esta batalla electoral es tan amplia y difusa que permitirá a los contendientes dirimir sobre los propios significados de esa “contradicción fundamental” ¿Quiénes representan la continuidad y quiénes al cambio? ¿Quiénes “el progresismo” y quiénes “el conservadorismo”? ¿Quiénes la defensa del statu quo y quiénes la posibilidad de modificar las actuales relaciones de poder fortaleciendo las libertades y los derechos? En palabras de vieja resonancia yrigoyenista: ¿Dónde está “la causa popular” y dónde “el régimen falaz y descreído”? Hay, por supuesto, quienes ya lo tienen claro. Pero de seguro no serán quienes definan las próximas elecciones.

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