El poder presidencial del peronismo

(Columna de María Matilde Ollier)

Estas notas intentan explicar, brevemente, dónde radica el poder presidencial del peronismo, ya que desde el retorno a la democracia la estabilidad de sus presidentes electos por el voto ciudadano constituye un dato saliente de la política nacional.

Ese poder, según mi perspectiva, se debe a una serie de rasgos y reglas propias del justicialismo que implican recursos político-institucionales y la adhesión de actores sociales de peso como el sindicalismo –al menos su gran mayoría– y en los últimos años numerosos grupos piqueteros. Además, desde 2001, la centralidad presidencial propia de la política argentina se desenvuelve en un sistema partidario fragmentado pero en el cual el conglomerado peronista funciona como una fuerza política predominante, pese a sus facciones. Veamos entonces cuáles son los hitos que otorgan ventajas a un presidente peronista. El primer rasgo radica en la fortaleza electoral-gubernamental del peronismo que, desde 1983, se expresa en dos dimensiones: a) su estabilidad; ningún presidente peronista electo por el voto ciudadano debió dejar el gobierno anticipadamente y aunque en forma diferente sí lo hicieron los dos mandatarios radicales, y b) su representatividad; el peronismo posee un piso de 30% de votos a nivel nacional. Si altos niveles de volatilidad electoral atraviesan varios países de la región, en la Argentina tal volatilidad se da menos en el peronismo aunque sí fuera de él.

La adscripción mayoritaria e histórica del sindicalismo al justicialismo, segundo rasgo, facilita al presidente las alianzas con, o el control de, los sindicatos. El sindicalismo ha sido, luego de 1955, un importante informal veto player de la política local. Llegada la democracia es un actor clave en la desestabilización del gobierno de Alfonsín con 13 paros generales y es parte del escándalo que sufre el presidente De la Rúa en su intento por cambiar la legislación laboral. Pese al poder que el presidente Menem le resta a los sindicatos durante su proceso privatizador, éstos no significaron un obstáculo para sus políticas públicas. Tan poderoso es el sindicalismo, que Levitsky y Murillo (2014: 209), advierten que las leyes laborales han probado ser más duraderas que otras instituciones argentinas. El tercer rasgo que otorga ventaja a los presidentes peronistas es poseer mayoría en el Senado, tener alta representación cuando no mayoría en la Cámara Baja y contar con numerosas gobernaciones. El presidente peronista posee entonces claras ventajas para armar una coalición parlamentaria y una coalición federal favorables. El cuarto rasgo yace en la desideologización y el pragmatismo del movimiento, lo cual le permite a sus presidentes virar de modelos socio-económicos estatista a otros neoliberales sin perder por ello el apoyo de su base electoral.

Una regla formal –altamente respetada– que beneficia al presidente peronista es el rol articulador y conductor del líder que ensambla liderazgo presidencial y jefatura partidaria (formal o informal) favoreciendo la disciplina hacia el presidente. El peronismo reemplaza su institucionalización inestable por su fortaleza organizativa estructurada en torno al liderazgo que funda su legitimidad última en el voto ciudadano. Así el quinto rasgo reside en su fortaleza organizativa que –bajo la tercera ola de democratización— se asienta en la constitución de una pirámide de liderazgos de gobierno que halla en su cúpula al líder máximo del movimiento. La columna vertebral del peronismo ha dejado de ser el movimiento obrero, como lo fuera luego de 1955; ahora son sus liderazgos de gobierno y estatales. El sexto rasgo remite a un comportamiento de sus direcciones que confieren a sus estrategias políticas una doble orientación: hacia la sociedad para ganar votos y hacia el estado para gobernar. Ambas son inseparables. Ello explica por qué cuando la facciosidad peronista no logra un único candidato a presidente, como en 2003, el que alcanza la presidencia consigue alinear detrás de sí a la mayoría de los dirigentes adscriptos en las facciones rivales.

El presidente peronista funda la disciplina partidaria en su popularidad, que garantiza votos, y en sus posibilidades de continuar al frente del ejecutivo, que otorga beneficios materiales y simbólicos; de ahí que llegado el fin del mandato se desata una disputa de formas imprevisibles entre los pretendientes a la presidencia. Al final del gobierno de Carlos Menem, varios gobernadores peronistas ante la posibilidad de que el candidato Eduardo Duhalde perdiese en las elecciones presidenciales de 1999, desdoblaron los comicios a gobernador para evitar su derrota en el distrito. Sin popularidad no hay votos, ni estado, ni recursos. Mientras garantiza su permanencia al frente de la Casa Rosada, la popularidad facilita al líder disciplinar al conjunto del movimiento. Un dirigente está inhabilitado para ser jefe si carece de aprobación ciudadana.

Si el ensamble liderazgo presidencial y jefatura partidaria y la pirámide de liderazgos territoriales favorecen la disciplina, la doble orientación (hacia el estado y hacia la sociedad) junto a la desideologización y al pragmatismo con que se orienta su accionar le da la flexibilidad necesaria para apelar a la ciudadanía según sus preferencias, sus demandas o sus necesidades y de navegar a favor de la corriente económica global (neoliberal acorde al consenso de Washington o estatista rentista merced al alto precio de las commodities).

La perdurabilidad de la democracia y la supervivencia del peronismo a la muerte de su fundador convierten al liderazgo eterno en uno carismático de situación. Según Tucker (1970) este carisma se constituye más por un estado de predisposición de la comunidad que por características mesiánicas del  líder, quien ofrece una salida a la situación de malestar, a “un estado de stress agudo en la sociedad, que inclina a sus miembros a seguir con lealtad entusiástica un liderazgo que ofrece una vía de salvación”. Este liderazgo, a diferencia del puro, de acuerdo a Panebianco (1990) se caracteriza por una inferior capacidad del líder para plasmar a su antojo los rasgos de la organización. El partido brota entonces de una pluralidad de impulsos. De ahí que otros actores se reservan grados de control en la organización. Ellos se hacen sentir al momento sucesorio. Juan Perón les enseñó que la jefatura no se hereda, se conquista en la lucha política. Por eso antes de morir pronunció aquella oración que sonó como una sentencia: “Me llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”. Advertir que su heredero era el pueblo equivalía a pronosticar que su jefatura recaería en aquel capaz de ganar la voluntad del pueblo y vencer en la lucha por el poder. Ambas iban de la mano.

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