“El PRO fue una respuesta diferente de algunos sectores al 2001”

(Entrevista a Gabriel Vommaro, sociólogo y autor del libro Mundo PRO junto a Sergio Morresi y Alejandro Bellotti. Por Facundo Matos)

¿Con qué se encontraron al investigar el mundo PRO?

Cuando comenzamos nos interesaba pensar qué tipo de organización era PRO y cómo había reclutado a cuadros técnico–políticos que habían hecho en los ‘90 un recorrido por el mundo de las ONG, y en qué sentido el partido había sido una manera de canalizar esas energías entre militantes y técnico–expertos hacia la política. En ese sentido, nuestro primer hallazgo fue ver a PRO como una respuesta diferente de ciertos sectores políticos, sociales e ideológicos a la crisis de 2001. Estos actores habían formado la Fundación Creer y Crecer con la idea de trabajar en un sentido tradicional de los think tank y con Mauricio Macricomo una figura política creciente, que parecía ser un posible candidato no político de alguna forma del peronismo. Sin embargo, la coyuntura crítica de fines de 2001 llevó a una escisión en la fundación y a Macri a la idea de que tenían que crear una fuerza política propia, para evitar ser fagocitados por los partidos tradicionales (sobre todo por el peronismo) y con la vía municipal como ingreso. Y también nos encontramos con un tipo de militancia compuesta por jóvenes voluntarios de sectores altos y medios altos más vinculados a una idea de voluntariado, que como los sectores de las ONG y think tanks, ingresaron a la política no con un discurso de rechazo a la política sino con la idea de una renovación desde una lógica eficientista, vinculada a las virtudes del mundo privado.

Sin embargo, en el despliegue territorial, por ejemplo, PRO comparte muchos aspectos con los partidos convencionales.

Esa era la matriz fundacional del PRO. Lo que sucede es que pronto se suman retazos de los partidos mayoritarios del peronismo y el radicalismo, que le dan ese “saber hacer” políticoterritorial más clásico, que no tenía esa fundación más expertocéntrica. De hecho, a pesar de que PRO se presenta como el partido de lo nuevo, la mitad de la muestra que nosotros tomamos eran políticos de larga data e hijos de familias políticas.

¿Y llega finalmente un momento desde el que podemos hablar de una identidad PRO?

Sí, termina de consolidarse en 2005, cuando se afirma el sello PRO, el logo de play, se impone el amarillo y hay una modernización de la presentación pública y la mercadotecnia y se termina de hegemonizar el espacio de centroderecha cuando PRO se fagocita a Recrear, con el que competía por el mismo electorado. En esos años Macri se convierte en Mauricio: esa figura fría, distante, un poco frívola, se convierte en una persona cercana que escucha, que tiene una dimensión espiritual y afectiva. Y se consolida esa combinación entre política tradicional y una imagen de buena onda y moralidad política, junto con un fuerte anclaje en la eficiencia y la gestión. Tres patas atravesadas por un cuidado en la presentación pública y una trabajada imagen de partido.

En Argentina hubo muchas experiencias de terceros partidos. ¿Este es el más trascendente?

Es un poco apresurado decir eso. Lo que sabemos hoy es que es un partido de fuerte arraigo en la ciudad de Buenos Aires con una incipiente implantación en Córdoba, Santa Fe, Mendoza, pero creo que es un poco pronto para decir que ha sido el más trascendente. Hay que diferenciar la estructura partidaria de la intención de voto que puede llegar a tener su candidato.

¿Cuál es el electorado PRO?

En sus inicios, PROen la CABA recreó la ‘alianza menemista’ de buenos resultados en el sur y muy buenos en el norte, pero sin poder hacer pie en los barrios de clase media. El cambio que se da entre 2007 y 2009 es que el PRO empieza a obtener buenos resultados en las comunas de clase media donde está el voto no peronista mientras el voto en los barrios populares se estanca. Eso es muy claro en la CABA y uno pensaría que se reproduce en los demás centros urbanos del país. Y hay una segunda cuestión que tiene que ver con el posicionamiento político del PRO. Nosotros usamos el esquema de Pierre Ostiguy del doble espectro político argentino, o sea, junto al eje izquierda–derecha, pensar lo alto y lo bajo, como popular abajo, y lo elitista y republicano arriba. En ese contexto, PRO se ubica del centro a la derecha y tiende a ocupar el lugar más alto, lo que se ve claramente en su decisión de privilegiar las alianzas con el espacio no peronista y en su anclaje en un electorado conformado por facciones sociales que tienen menos necesidad del Estado o un vínculo más negativo con él.

¿Hasta qué punto es un partido personalista? ¿Podría perdurar más allá de Macri?

PRO gira en torno a la figura de Macri. Es el primus inter pares, el que ordena las internas, y articula las distintas facciones en tanto líder exitoso. ¿Qué puede pasar si ese liderazgo no está más o deja de ser exitoso? No lo sabemos, pero ese rasgo lo comparte con el resto de los partidos. Es un partido con mucha informalidad en su vida interna, con primacía de los circuitos de toma de decisión informales, sin un padrón de afiliados claro, con un sostenimiento desde el Estado y es fuertemente dependiente de la popularidad de su líder. En ese sentido es hijo de la cultura política argentina.

Macri cometió dos errores por los que tuvo que pagar un costo político: la designación de Abel Posse y la de Jorge “Fino” Palacios. ¿Hubo un aprendizaje en el PRO a lo largo del tiempo?

Sí, en los inicios primaban algunos reflejos más ideológicos como lo de Posse. Pero entre 2003 y 2015 hay un gran aprendizaje en Macri en su forma de hablar y en los valores que moviliza, y hay un cambio en su relación con lo público, surgido del hecho de tener que gobernar. El discurso macrista de la campaña de 2007 era que se iban a llevar puestos a los sindicatos porque los empleados públicos no hacían nada y una de las primeras cosas que hace el PRO cuando asume es sellar un acuerdo con el sindicato de los municipales. Hay un pragmatismo político que se aprendió durante la gestión, aunque ciertas directrices básicas se mantienen, como una línea pro mercado y una idea clara de alineamiento geopolítico, por ejemplo.

Por la interna Michetti–Larreta, se visibilizaron algunas divisiones en PRO que parecían inexistentes. ¿Hay líneas internas en el partido?

Claramente hay competencia por espacios en las listas y en el Estado. De hecho, en cada elección, siempre hay una mesa chica que asigna los lugares pensando en compensar a cada una de las cinco facciones que nosotros identificamos: la peronista, la radical, la vinculada con los partidos de derecha, la del mundo empresario y la de las ONG y los think tank. En estos años diría que perdieron dos líneas: la que quería hacer del PRO un partido más marcadamente de centroderecha y la que quería que fuera una especie de satélite del peronismo. Pero esas internas siempre son resueltas por Macri. La novedad de estas PASO sería que por primera vez el PRO iría a una interna.

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