Patologías del presidencialismo

(Artículo publciado en la edición Nº30.  Aclaración: fue escrito antes de las decisiones, ya conocidas, de Pino Solanas y Mauricio Macri de competir en la Ciudad de Buenos Aires)

La creciente personalización de la política sigue debilitando a los mecanismos de representación más duraderos

Pocos disimulan ya la desazón que provoca el declive final del proceso electoral hacia
niveles desconocidos de penuria institucional. Políticos, periodistas, analistas y
ciudadanos comparten en lo esencial sensaciones combinadas de estupor, desencanto y fracaso. Lo que hasta hace un tiempo era un proceso vital con más de doce candidatos presidenciales disputando la pole position y una recuperación notable del tono interior de los partidos, amenaza hoy con un final nebuloso e incierto.

Sólo una media docena de candidatos, obsesionados por un combate retórico sin cuartel, parecen ajenos a este clima de fin de ciclo político que parece adueñarse del pais. Por el lado del oficialismo, Cristina Fernández de Kirchner parece haber entendido la magnitud de lo que ocurre. Es natural: su superioridad estratégica sobre el resto sigue siendo notable y el apoyo de una campaña de alta profesionalidad suplen cualquier carencia interpretativa. De allí su resistencia a asumir la condición formal de “candidata” y su celo constante por mantener altas las banderas de la gestión gubernamental, por sobre cualquier otra consideración.

Por el lado de la oposición, la situación es catastrófica. Mauricio Macri, Pino Solanas y Eduardo Duhalde buscan alternativas para abandonar una elección carente para ellos de cualquier posibilidad de éxito. Ricardo Alfonsín y Elisa Carrió persistirán, en cambio, hasta el final. Sus proyectos no pasan por las buenas noticias, los sondeos favorables o el éxito electoral. El resto de aquéllos que alguna vez acariciaron la posibilidad de competir, se mimetizaron hace ya tiempo en un paisaje gris y carente de relieves.

Con poco más de un 37% de la tendencia de voto nacional –apenas el nivel del piso electoral histórico promedio del justicialismo- el oficialismo protagoniza casi en solitario la recta final de las elecciones. De concretarse, la candidatura de Cristina Kirchner podría adquirir una proyección similar al de su elección en el 2007. Aun así, esta vez podría llegar a triplicar o cuadruplicar a las principales candidaturas, garantizándose un triunfo en primera vuelta que opera como factor disuasorio de casi todos los proyectos de la oposición.

LOS MOTIVOS
¿Cómo explicar lo ocurrido? ¿Cómo entender la impotencia electoral de una oposición
que, desperdigada, representa a más del 60% del electorado? Existen muchas razones y no es este el lugar para analizarlas en amplitud. Baste, por el momento, con señalar algunas de ellas, referidas más bien a las enfermedades y patologías de fondo de un sistema políticoelectoral que sigue gozando de pésima salud.

Casi todas ellas tienen que ver con los males del presidencialismo en su fase agonal
de hiperpersonalización de la política. En la Argentina, como en casi todas las democracias contemporáneas, hace tiempo que se votan personas y no partidos. Los
candidatos concentran la totalidad de las expectativas, los sentimientos y las actitudes
de los votantes. Son los actores únicos y exclusivos de la competencia política. Sus
ideas, propuestas, equipos, son lo de menos. Reclaman el voto para ellos mismos, más
allá del partido o alianza que ocasionalmente representen.

Toda adhesión debe ser ciega e incondicional. Rodeados de amigos políticos y equipos de campaña, caminan hacia delante, sin argumentar ni mirar hacia atrás. Sin aceptar opciones ni destinos alternativos. En la Argentina de 2011, las reformas legislativas
pactadas entre radicales y peronistas para reconducir el sistema al bipartidismo
han terminado de antemano por producir un efecto exactamente opuesto al buscado.

Seis o siete individuos despachan por sí y ante sí, en solitario, la totalidad del trámite
electoral. Sin más herramientas que los sondeos electorales y los titulares de los diarios, definen y levantan candidaturas, tejen y destejen alianzas y coaliciones, asumen o no compromisos de la magnitud de una candidatura presidencial. Su lenguaje es abierto y ambiguo. Sus posicionamientos eluden cualquier compromiso definitivo. Si bien en elecciones como las de octubre próximo se votan miles de candidaturas nacionales, provinciales, locales y comarcales la política se reduce a una competencia retórica, cerrada y exclusiva, entre no más de media docena de candidatos.

Visto en perspectiva comparada, el de la Argentina puede ser visto como un caso extremo, casi terminal, de espectacularizacion y personalización de la política, con rasgos patológicos que nada tienen de diferentes de los excesos de la Italia de
Berlusconi, la Francia de Sarkozy, la Rusia de Putin o los Estados Unidos de Bush u Obama.

EL PAPEL DE LOS MEDIOS
Sin compartir las exageraciones de quienes atribuyen todas las culpas a la telepolítica,
cabe subrayar la incidencia en este proceso del nuevo papel de los medios de comunicación. Los diarios y la TV medios ya no sólo fijan la agenda publica, monopolizan sobre todo la determinación de qué sucesos cobran la condición de “eventos o acontecimientos políticos”. Los medios asumen una posición militante, que deriva de su nueva condición de actores políticos.

Sea por la ideología o por los compromisos económicos de sus propietarios, los medios inauguran un nuevo papel, que amplía y reproduce los males de una política en la que están definitiva e irreversiblemente ausentes las estructuras de la representación colectiva. La dramatizacion, simplificación y personalización de los eventos seleccionados para “representar” a la política es parte de una lógica perversa, destinada a vaciar de contenido a la política y a convertirla en una suerte de cáscara vacía, susceptible de ser usada y descartada sin mayores escrúpulos ni dificultades.

No podría explicarse el súbito eclipse de la oposición sin tener en cuenta la íntima debilidad del sistema de representaciones políticas y la extrema vulnerabilidad de las estructuras que procuran sustituir, con suerte diversa, el papel de los partidos tradicionales. La nueva comunicación enfatiza el papel de la imagen por sobre las ideas y las propuestas, la apariencia sobre la pertenencia, la polémica exagerada entre individuos por sobre la confrontación de posiciones.

Sin un vínculo sustantivo con sus electores los nuevos líderes, son simplemente candidatos. No representan a nadie más que a sí mismos. Ni siquiera al “establishment” –como pregona cierta crítica resentida al interior de lo que queda de los partidos tradicionales–. De allí que las alternativas se evaporan, en un paisaje
social cada vez más difuso y evanescente, en el que seguramente nadie extrañará ni
su ausencia ni su presencia.

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