Massa y el síndrome Lole

(Columna de Néstor Leone)

Las dificultades del Frente Renovador para concretar acuerdos de peso más allá de la provincia de Buenos Aires. El caso Reutemann.

La provincia de Buenos Aires fue su plataformade lanzamiento. Una victoria con cierta contundencia por sobre los candidatos del kirchnerismo en las legislativas de 2013 colocó al Frente Renovador con posibilidades reales para extender ese predominio a nivel nacional. Y puso a Sergio Massa, su mayor referente, como uno de los candidatos más aventajados en el camino hacia las presidenciales. El carácter de distrito más poblado del país y las resonancias múltiples que tuvo aquel triunfo habían hecho lo suyo. Y parecían anticipar realineamientos en cadena en su favor. Desde un variado espectro de sectores sin representación definida, por cierto. Pero, sobre todo, desde un peronismo–justicialismo crecientemente disconforme y en ruptura con el Frente para la Victoria.

Transcurrido casi un año y medio, aquel vaticinio combina matices y varios reveses. Massa continúa en el lote de los favoritos (las encuestas de opinión así lo atestiguan), pero sin haber recogido en el trayecto las adhesiones territoriales con las que pensaba contar a esta altura. Y su espacio persiste en el intento por ampliar su coalición de fuerzas, pero sin haber establecido acuerdos de peso más allá de los límites de la provincia de Buenos Aires. Un sinuoso juego de suma cero con el kirchnerismo, a su vez, parece confirmarse en el camino y complica las cosas. La candidatura de Massa es la que más necesita de un deterioro real del Gobierno para ampliar sus posibilidades. Pero hasta aquí, las defecciones y cambios de veredas intraperonistas de las que esperaba hacer usufructo resultaron escasas, bastante localizadas territorialmente y algunas, incluso, en sentido contrario.

La oficialización del apoyo del senador Carlos Reutemann a Mauricio Macri de los últimos días condensa, de alguna manera, muchas de estas dificultades. Más aún si se tiene en cuenta que el ex intendente de Tigre cortejó en reiteradas ocasiones al santafesino. Y, más todavía, si se repara en los ecos que esta jugada podría tener en ese universo no muy definido, de contornos móviles y de lealtades lábiles que suele llamarse peronismo disidente o federal, uno de las bases de sustento con las que Massa pensaba consolidar su candidatura. Sumada a algunos preacuerdos territoriales del PRO con el radicalismo, esta movida amenaza con dejarlo en desventaja frente a Macri, con menos posibilidades de establecer una disputa abierta al interior del peronismo y a merced de clivajes que puedan desdibujarlo aún más. Que en la mesa de Mirtha Legrand haya despotricado contra Macri por “neoliberal” quizá hable de ello.

GENEALOGIAS

La ruptura de los Kirchner en 2005 con el aparato duhaldista, aquel que le había permitido llegar al Ejecutivo, generó la primera compulsa al interior del peronismo durante el ciclo K, luego de los atisbos de recomposición partidaria y de los aprestos de transversalidad que dispusiera ese kirchnerismo primigenio. Eduardo Duhalde quedaría desde entonces como mero espectro, como amenaza velada, pero sin posibilidades de revertir el avance del santacruceño sobre la estructura del PJ. La segunda, a su vez, sería más lesiva, aunque no tanto como para parecía suponer. El conflicto con el “campo” y las legislativas de 2009 habían profundizado algunos intersticios al interior del PJ y presagiaban una sangría mayor. Pero bastó que el Gobierno recuperara la iniciativa, con dosis mayores de decisionismo “a todo o nada” y mucha audacia, para que esos ensayos quedaran neutralizados.

Disidente, federal, díscolo, ese peronismo no pudo constituir una unidad de sentido diferenciada y, menos aún, algún programa mínimo que lo alejase de esa imagen ceñida a liderazgos con limitado anclaje territorial y a una impronta más ligada al pasado que a alguna expectativa de futuro posible. Francisco De Narváez, el tótem de aquellas jornadas, encontraría pronto sus limitaciones. Y algunos otros, como el mismo Reutemann, no mostrarían la decisión suficiente para enfrentarse a los Kirchner en su remontada. En un mismo movimiento de pinzas, el Gobierno había reordenado las fugas presentes, evitado la sangría presagiada y dejaba en estado flagrante la vacancia de liderazgos de ese peronismo ya residual.

DISYUNTIVAS

Aquel bienio adverso para el kirchnerismo, Massa lo atravesó como parte de su elenco de Gobierno. Es más, sería su jefe de Gabinete luego del voto “no positivo” de Julio Cobos y candidato testimonial en aquella legislativa. Cortocircuitos con la mesa chica del kirchnerismo, algún pase de factura por cierta actitud considerada desleal en los momentos más críticos y no demasiada consustanciación con medidas de corte más radical del Gobierno precipitaron su alejamiento. Que, sin embargo, no se cristalizó hasta poco antes de las elecciones de medio término del segundo mandato de Cristina. En ese contexto, Massa no sólo se convirtió en canal para expresar el descontento de los bonaerenses con el kirchnerismo. También se pertrechó de buena parte de su base de apoyos. Social, y partidario. La veintena de intendentes que logró que dieran el salto hacia el Frente Renovador era una muestra.

No obstante eso, la acumulación fue más lenta de lo esperado y más zigzagueante. Logró sumar otros intendentes en distintos puntos del país (ninguno de ciudades con gran peso demográfico) y delineó un bloque considerable en el Congreso Nacional. Pero muy lejos estuvo de aquella aspiración de máxima por esbozar los trazos de una eventual liga de gobernadores justicialistas, reeditada toda vez que el peronismo anclado en lo local pide pista para los cambios. Solo Alberto Weretilneck, mandatario rionegrino, cambió de vereda. Pero su misma pertenencia de origen en el Frente Grande y en contraposición con la estructura del PJ local grafican ese reverso.

Es cierto, en los últimos meses sumó a De Narváez a la lista de expectantes candidatos a gobernadores en Buenos Aires que ya formaban Darío Giustozzi, Felipe Soláy, quizás, Martín Insaurralde. Y tiene en el dirigente radical Gerardo Morales algún anclaje en el norte del país y un guiño hacia algún sector de ese partido que pretenda sumarlo a una gran primaria. Sin embargo, quedó claro que flaquea demasiado en distritos clave como la ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba o Mendoza, donde o todavía no tiene candidatos, o los que tiene (¿Pino Solanas?, Eduardo Buzzi) no le aseguran una buenaperformance.El riesgo de perder definitivamente a manos de Macri cierta consideración positiva (y recursos de campaña) de parte del establishment lo enfrenta a un escenario donde el golpe de timón aparece como opción a evaluar. Mientras espera que el Gobierno le prodigue, con algún deterioro mayor, otra oportunidad.Las dificultades del Frente Renovador para concretar acuerdos de peso más allá de la provincia de Buenos Aires. El caso Reutemann.

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