Cisne Negro

Luego de la muerte del fiscal Nisman cambió el escenario y la confrontación electoral se dará entre el Frente para la Victoria y la Gran Coalición.

La teoría del Cisne Negro es una metáfora desarrollada hace algunos años por el físico y profesor de la Universidad de Columbia Nassim Nicholas Taleb en un libro de vasta repercusión mundial (N.N. Taleb The Black Swan, 2da. Ed. Londres: Penguin, 2010). Teleb incorporó una hipótesis de trabajo de venerable tradición en el pensamiento occidental, generalizada desde entonces a muy diversos campos de la epistemología y el análisis social.

La teoría de los Eventos del Cisne Negro trata de explicar lo que nadie pudo prever. Es decir un hecho sorpresivo y no previsto, que impacta con fuerza extraordinaria sobre la conciencia colectiva, generando efectos que comienzan a ser racionalizados ex post, a través de un proceso de reconstrucción retrospectiva. Taleb suministra en apoyo de su tesis algunos ejemplos tales como la aparición de Internet, la computadora personal, el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial o, más recientemente, el ataque terrorista al World Trade Center del 11 de septiembre. El Cisne Negro –explica Taleb– es un evento sorpresivo ajeno por completo al marco de expectativas normales. Sus notas esenciales serían las siguientes: en primer lugar, es un caso atípico que se encuentra fuera del ámbito de las expectativas regulares, porque no hay nada en el pasado que pueda explicar de forma convincente su súbita emergencia; en segundo lugar, implica una experiencia extrema, que conmueve y desestructura toda explicación convencional; en tercer lugar, el evento pone en marcha un encadenamiento de explicaciones retrospectivas, al cabo del cual, la sociedad descubre que lo sucedido era hasta de algún modo previsible. Sus elementos básicos, propone Taleb son los siguientes: rareza, impacto extremo y búsqueda retrospectiva de una explicación razonable. (Cfr. Taleb, N.N. ‘The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable’». The New York Times. 22 de abril de 2007).

La extraña muerte del fiscal Alberto Nisman ofrece un caso que bien puede ser explicado a través de la teoría del Cisne Negro. La noticia sacudió y ha dejado paralizada a la opinión pública y a todos los principales actores de la política argentina. Su impacto sobre el proceso político marca un antes y un después en las visiones y concepciones explicativas del funcionamiento de la política y las instituciones hasta ahora dominantes. Una vez registrado, el evento ha desencadenado un proceso inédito de explicaciones, debates y confrontaciones, que por mucho tiempo ocupara un lugar central en el proceso social de racionalización de las condiciones bajo las cuales se desarrolla el proceso político.

A un mes de la muerte de Nisman, la marcha en su memoria agregó un componente que acentúa su papel disruptivo. Más que una marcha, la movilización podría ser clasificada como una plaza de características muy parecidas al Maidan ucranio o a las plazas que en todo el mundo han conmovido a dictaduras y democracias, cambiando la lógica evolutiva de la relación entre la sociedad y el poder político. La sociedad argentina busca explicaciones que bucean retrospectivamente en la historia de las últimas décadas. La demanda de justicia y verdad ha desplazado a cualquier otro de los temas que hasta ahora ocupaban el centro de la agenda pública. Por primera vez desde 1983, la sociedad ha vuelto a ubicar los temas institucionales por sobre cualquier otra prioridad y urgencia. Al día de hoy, todo argentino avizora una explicación propia, basada en datos que ya estaban de diversas formas disponibles aunque no contabilizados de un modo sistemático, hasta el punto de tornar casi explicable y previsible lo sucedido. El debate en torno a los servicios de inteligencia y su accionar sin límites bajo todos los gobiernos, o el submundo de operadores que pululan por debajo de la institucionalidad formal de los gobiernos son buenos ejemplos de esta nueva agenda, que convierte en héroes colectivos a figuras hasta hace poco sospechados como los jueces y fiscales.

LA RESPUESTA

El desconcierto del propio Gobierno y las dificultades evidentes de nuestro maltrecho sistema de justicia para hacerse cargo del caso, suministran factores adicionales que acentúan el impacto social de lo sucedido. De un día para otro, la sociedad ha redescubierto cosas que ya estaban en su umbral de percepciones y que de alguna manera se conocían, aunque no formaran parte de las explicaciones corrientes acerca del funcionamiento de la política. Ese 80% de la opinión pública que manifiesta que la muerte de Nisman plantea la existencia de una crisis de legitimidad del sistema político contrasta con el esfuerzo torpe de muchos analistas políticos empeñados en imponer la idea de que el caso Nisman no producirá efectos importantes sobre el proceso político o con la rapidez con la que los bandos en pugna han acudido a explicaciones triviales. Así por ejemplo, por el lado del Gobierno el recurso paranoico a las teoría conspirativas de signo diverso y el esfuerzo desesperado por polarizar a la sociedad ante el riesgo de un presunto “golpe blando” o la emergencia de un “partido judicial” con intenciones “destituyentes”. Por el lado de la oposición, la denuncia de las “cloacas de la democracia” – la lucha entre las bandas de los servicios de inteligencia, la conspiración de agentes extranjeros o la presencia de una red de intereses vinculados a aquello que Norberto Bobbio llamó, en sus célebres escritos de su última época acerca de los peligros del sottogoverno mafioso que amenaza el libre desarrollo de las democracias establecidas.

El caso Nisman ha operado como un agente catalizador, acelerando, ralentizando, coartando y generando proceso políticos de sentido muy diverso. El más importante ha sido tal vez la pérdida por parte del Gobierno de cualquier posibilidad de continuar monopolizando el control sobre la agenda política, algo que desde 2003 hasta ahora le otorgo una ventaja decisiva sobre las dispersas fuerzas de oposición. A pesar de un nivel destacable de control sobre la mayor parte de las variables de la economía, el Gobierno carece de aquí en más de posibilidades ciertas de controlar la fijación de la agenda política. La cuenta regresiva de su gestión paal margen del proceso de deterioro generalizado–, rece haber comenzado. El desarrollo vertiginoso de los calendarios electorales impedirá cualquier efecto sorpresa. Su posición ha pasado a ser básicamente defensiva. Otro proceso de similar importancia es el desencadenamiento de una ofensiva por parte de sectores diversos de la Justicia, lo cual acentuará este sesgo defensivo que caracterizará los últimos meses de la gestión gubernamental.

En el plano político, la lucha interna por la candidatura presidencial del Frente para la Victoria parece haber llegado a su fin. A excepción de Daniel Scioli –prácticamente el resto de los candidatos han perdido toda capacidad de iniciativa y posibilidad electoral.

LA OTRA VEREDA

En el frente opositor, los efectos adquieren similar importancia. El súbito ascenso de Mauricio Macri y el PRO al liderazgo en las intenciones de voto ha acelerado el tránsito hacia la ampliación de la coalición electoral opositora. A la incorporación inicial de la Coalición Cívica se suma el avance de las negociaciones con el radicalismo e incluso la llegada igualmente inesperada de apoyos hasta ahora imprevisibles como es el caso de la adhesión en Santa Fe de Carlos Reutemann. Para las próximas semanas se anuncia una lista importante de nuevas adhesiones, que incluye a referentes del justicialismo, hasta ahora potencialmente incluidos en el Frente Renovador, que pasarán a integrar la Gran Coalición encabezada por el PRO. La lista de adhesiones es amplia y con una buena presencia de notables con poder territorial. El descenso en las encuestas del Frente Renovador es otra evidencia del proceso de realineamiento que ha comenzado a desarrollarse. Sus posibilidades parecen haberse limitado al establecimiento de alianzas electorales con fracciones poco importantes del radicalismo en las provincias.

Bajo estas condiciones, todo indica que tendera a acentuarse el proceso de polarización entre la Gran Coalición y el FpV encabezado por Daniel Scioli. La pérdida de gravitación del gobierno nacional sugiere la posibilidad de una triple división del voto peronista, lo cual abre las puertas de un cambio político de fondo, algo que hasta enero pasado, antes de la súbita emergencia del Cisne Negro, era algo poco menos que impensable. El caso Nisman golpeó al sistema de partidos en la línea flotación y los efectos hasta ahora previsibles comenzaran a tornarse, a impulsos de este proceso de reconstrucción, en tendencias cada vez más comprensibles y hasta en cierto sentido esperables para una sociedad que redescubre su hasta ahora no tan evidente vocación por cambios institucionales profundos e irreversibles.

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2 Comentarios
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gustavo piazza
5 años atrás

Qué bueno!!! Un lugar en donde las notas pueden ser comentadas!!!
Me pareció muy interesante la referencia, efectivamente, me parece que el caso Nisman puede encuadrarse en la teoría del cisne negro.
Asimismo, coincido en que lo sucedido nos pone como sociedad en la tarea de priorizar la “institucionalidad” por encima de banalidades discutibles, que, como la famosa “inseguridad” depende de quién la mida y cuántas veces el mismo asesinato es pasado en horarios centrales sin comparar cifras con el resto del planeta.
Discrepo con el autor en un par de cuestiones.
“Así por ejemplo, por el lado del Gobierno el recurso paranoico a las teoría conspirativas de signo diverso y el esfuerzo desesperado por polarizar a la sociedad ante el riesgo de un presunto “golpe blando” o la emergencia de un “partido judicial” con intenciones “destituyentes”.”
Resulta que a Maduro se lo acusa de paranoico y de instalar teorías conspirativas, a Dilma, de instalar teorías conspirativas, a Putin, de instalar teorías conspirativas, a Cristina, de instalar teorías conspirativas.
A todos ellos, salvo a la Rousseff, les han tirado cadáveres.
Por lo demás, todos los procesos se inscriben en la teoría del “golpe blando”. Separar el proceso por países negándose a admitir un movimiento conjunto es de miope, o de miope interesado en confundir, no de explicar.
Por otro lado, me da cierta “cosa”, “cosquillas”, o directamente náusea, que el autor asuma (por su cuenta y riesgo) que el candidato del oficialismo tendría fatalmente que ser Scioli. Por mi parte, Cristinista fanático, si hay que votar a Scioli o a Macri prefiero votar en blanco.
Digo, como sindicalista militante, voy a hacer lo posible por oponerme a todas sus políticas, sean cuales sean, no por idiota ni por fanático, sino por defender a mi base. Por defender nuestro sueldo y nuestra jubilación.
Citando a los trotkystas, los dos son lo mismo.
Para terminar, si bien creo que es cierta la descripción de que lo de Nisman ha pegado en la línea de flotación de todos los partidos… veremos qué dicen las urnas en Octubre.

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